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Un Buen Amor

Un Buen Amor

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Yaoi / Amor a primera vista
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: valeria isabel leguizamon

León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar

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Capitulo 6

La noche había caído sobre la ciudad cuando Mateo acompañó a León hasta la puerta de su edificio. Era un ritual que se había instalado entre ellos sin necesidad de palabras: después de cada encuentro, Mateo insistía en llevarlo hasta casa. El barrio no era seguro, y aunque León sabía defenderse, algo en la forma en que Mateo fruncía el ceño y negaba con la cabeza cuando él protestaba le hacía ceder siempre.

—No es seguro que un Omega ande solo a estas horas —decía Mateo cada vez, con esa determinación suave que lo caracterizaba.

Y León, aunque rodaba los ojos y murmuraba algo sobre lo bien que sabía cuidarse, en el fondo agradecía cada segundo de más a su lado.

Pero esa noche, cuando la puerta se cerró tras él y el silencio del apartamento lo envolvió, las dudas regresaron con más fuerza que nunca.

Se sentó en la cama, abrazando sus rodillas, y dejó que los pensamientos lo devoraran.

Mateo. Siempre Mateo.

No podía dejar de pensar en él. En su sonrisa, en su forma de mirarlo, en cómo se había interpuesto entre él y el peligro una y otra vez. Pero también en lo que Caín había dicho. En esas palabras que se negaba a aceptar pero que no podía olvidar.

"Parece un Alfa protegiendo a su Omega."

León tomó su teléfono y, con manos temblorosas, comenzó a buscar. "Parejas de Omegas." "Relaciones entre Omegas." "¿Pueden dos Omegas estar juntos?"

Los artículos aparecían, algunos positivos, otros cargados de prejuicios. Leyó historias de parejas que habían encontrado la felicidad a pesar de las miradas, a pesar de lo que la sociedad consideraba "normal". Pero también leyó comentarios crueles, burlas, desprecio.

¿Podríamos ser felices si fuéramos una pareja de Omegas?

La pregunta lo atormentaba. Porque sí, quería responder. Quería creer que sí. Pero el miedo era más fuerte.

Y si él es un Omega... ¿Podría abandonarme por un Alfa algún día?

Las inseguridades brotaron como malas hierbas. Los recuerdos de su infancia, de cómo los Alfas habían tomado todo de él sin pedir permiso, de cómo su propia madre le había enseñado que los Omegas eran solo objetos desechables. ¿Por qué iba a ser diferente con Mateo? ¿Por qué él iba a querer quedarse con otro Omega pudiendo tener a un Alfa "de verdad"?

Quizás si yo fuera más fuerte... si fuera más Alfa... no se alejaría de mí.

Pero no lo era. Y esa conciencia le rompía el corazón.

¿Por qué estoy pensando en esto? se preguntó, enterrando el rostro entre las manos. No estoy seguro de si le gusto. Esto es una locura. Una locura completa.

La noche se alargó infinita, y el sueño nunca llegó.

---

Cuando el sol de la mañana filtró sus primeros rayos por la ventana, León ya estaba de pie. No había dormido ni un minuto. Sus ojos tenían ojeras profundas, y su piel, siempre pálida, parecía aún más transparente.

Llegó a la universidad arrastrando los pies, el cuerpo pesado por el agotamiento, la mente aún más pesada por las dudas.

—Buenos días, León.

La voz de Mateo llegó como un bálsamo y un tormento al mismo tiempo. Levantó la vista y lo vio acercarse, con esa expresión preocupada que siempre aparecía cuando algo no estaba bien.

—¿No pudiste descansar? —preguntó Mateo, acercándose para mirar mejor sus ojeras—. Tienes un aspecto...

Pero no terminó la frase. Porque al acercarse, su rostro quedó a centímetros del de León. Tan cerca que podía sentir su respiración, su calor, su aroma.

León sintió que el corazón le daba un vuelco. El sonrojo le subió por el cuello, le tiñó las mejillas, le quemó las orejas. Dio un paso atrás tan brusco que casi tropieza.

Mateo parpadeó, confundido. Luego, su expresión cambió a una de preocupación genuina.

—Lo siento —dijo rápidamente, levantando las manos en señal de paz—. ¿Hice algo que te incomodó? No quería...

—No, no —lo interrumpió León, intentando controlar los latidos de su corazón—. No es eso. Es solo que... tuve insomnio, eso es todo. No te preocupes.

Pero la cara de preocupación de Mateo no desapareció. Al contrario, se intensificó. Y verlo así, verlo preocupado por él, hizo que algo cálido se expandiera en el pecho de León.

Le importo. Realmente le importo.

Y entonces, sin pensarlo, sin medir las consecuencias, la pregunta escapó de sus labios.

—Por cierto... dime, ¿qué opinas de los Omegas que tienen pareja a otros Omegas?

El mundo se detuvo.

Mateo se quedó inmóvil, como si el tiempo se hubiera congelado a su alrededor. Sus ojos se abrieron ligeramente, sus labios se separaron, pero no salió ningún sonido.

Esa pregunta... pensó Mateo, el corazón latiéndole con fuerza. ¿Esa pregunta es porque siente algo por mí?

La culpa lo golpeó como un tsunami. Porque si León sentía algo por él, si estaba confundido y buscando respuestas sobre la posibilidad de una relación entre Omegas, todo era culpa suya. Él estaba permitiendo que León se ilusionara con algo que no era real. Él estaba jugando con sus sentimientos, aunque no fuera su intención.

Y no podía hacerle eso. No a León. No a su Omega.

—Bueno —respondió finalmente, su voz más grave de lo habitual—. Yo creo que mientras ames a alguien, mientras seas bueno y te traten bien... poco importa si es Omega, Beta o Alfa. El amor no debería tener etiquetas.

León sintió que el corazón se le expandía. Esa respuesta... era perfecta. Era todo lo que necesitaba escuchar.

Mateo tomó aire. Lo había decidido. No podía seguir así. Tenía que decirle la verdad, aunque doliera, aunque significara perderlo.

—León, yo quiero decirte que soy...

Pero no pudo terminar.

Un grito desgarrador atravesó el aire del campus. Un grito de terror, de súplica, de dolor.

Ambos giraron la cabeza al unísono.

A unos metros, junto a los viejos robles, una joven Omega estaba en el suelo, forcejeando desesperadamente contra Kim. Pero no era la Kim que conocían. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su cuerpo temblaba con violencia, y de su garganta salían gruñidos profundos, primitivos.

Su rut. Había llegado de repente, y la había descontrolado por completo.

—¡Kim, detente! —gritó Mateo, comenzando a correr.

Pero Kim no escuchaba. La fiebre del celo la cegaba, la consumía, y su instinto Alfa solo buscaba una cosa: marcar. Poseer.

La joven Omega logró zafarse y salir corriendo, pero Kim, en su frenesí, giró y sus ojos se posaron en León. En ese momento, él estaba cerca, intentando ayudar, sin saber que se había convertido en el nuevo objetivo.

Kim se abalanzó sobre él con una velocidad sobrenatural. La sorpresa inmovilizó a León por una fracción de segundo, y esa fracción fue suficiente. Kim lo sujetó del brazo, lo giró, y su boca se dirigió hacia su cuello, hacia el lugar donde una marca cambiaría su vida para siempre.

León forcejeó, pero Kim era más fuerte. Siempre lo eran.

No. Otra vez no. Por favor, otra vez no.

El pánico lo invadió. Los recuerdos de la infancia regresaron como cuchillos. Las manos, las risas, el dolor. Iba a pasar otra vez. Iba a ser marcado contra su voluntad, usado como un objeto, roto una vez más.

Pero entonces, todo se detuvo.

Un rugido, bajo y terrible, resonó en el aire. Y cuando León parpadeó para enfocar la visión, vio algo que nunca olvidaría.

Los ojos de Mateo eran rojos. Rojos como el fuego, como la sangre, como la furia de mil batallas. No había rastro del Omega dulce y amable. Lo que había frente a él era un Alfa en su estado más puro, más primitivo, más aterrador.

Mateo se movió con una velocidad que parecía imposible. En un instante estaba a varios metros; al siguiente, su pie impactaba contra el estómago de Kim con una fuerza brutal. El cuerpo de la Alfa salió disparado varios metros, rebotando contra el suelo como un muñeco de trapo.

Quedó noqueada. Inconsciente. Derrotada.

Mateo se quedó allí, de pie sobre ella, su pecho subiendo y bajando con respiraciones agitadas, sus ojos aún ardiendo con ese rojo sobrenatural. Y en su mente, solo una idea, un pensamiento, una certeza absoluta:

Nadie. Nadie puede marcar a mi Omega.

León observaba la escena desde el suelo, sin poder moverse, sin poder respirar. Había visto a Mateo protegerlo antes, pero nunca así. Nunca con esa ferocidad. Nunca con esos ojos.

Ojos de Alfa.

—Yo... —la voz de Mateo salió ronca, rota. Parpadeó y el rojo comenzó a desvanecerse, dejando paso a sus ojos marrones habituales, pero ahora llenos de terror—. León, yo...

No sabía qué decir. La verdad estaba allí, expuesta, evidente. No podía ocultarla más.

Pero León no dijo nada. Solo lo miraba, con una expresión que Mateo no podía descifrar. ¿Miedo? ¿Confusión? ¿Ira?

Mateo se obligó a moverse. Se agachó junto a Kim, la tomó del cabello sin suavidad, y comenzó a arrastrarla hacia la enfermería.

—Voy a llevarla para que le pongan inhibidores —dijo, su voz aún temblorosa—. Ella no... no es ella misma cuando está así. No es su culpa.

León asintió, todavía sin palabras.

En la enfermería, mientras esperaban a que el médico preparara los inhibidores, Mateo perdió el control por completo. Miró a Kim, inconsciente en la camilla, y recordó sus brazos alrededor de León, su boca acercándose a su cuello, el terror en los ojos de su Omega.

Y algo dentro de él se rompió.

—¡Maldita perra! —gritó, y sus manos comenzaron a abofetear a Kim sin control—. ¡Quisiste marcar a mi Omega! ¡Esas cosas no se le hacen a los amigos! ¡No a él! ¡A NADIE!

Smack. Smack. Smack.

Cada bofetada era un golpe de impotencia, de miedo, de culpa. Porque él había estado ahí. Él había visto el peligro. Y por un instante, por un terrible instante, había llegado tarde.

—¡León es mío! —continuó, su voz quebrada—. ¡Mío! ¡Nadie lo toca! ¡NADIE!

Las bofetadas seguían lloviendo sobre el rostro ya hinchado de Kim. Mateo no podía parar. La imagen de León, indefenso, a punto de ser marcado, lo quemaba por dentro.

Hasta que las manos del enfermero lo sujetaron y lo apartaron.

—¡Ya basta! —gritó el hombre—. ¡Ya recibió los inhibidores, está fuera de peligro! ¡Cálmate!

Mateo forcejeó un momento, pero luego el agotamiento lo invadió. Se dejó caer en una silla, enterró el rostro en las manos y comenzó a temblar.

---

Una hora después, Kim despertó. Sus ojos estaban confusos, su rostro hinchado y amoratado. Se tocó las mejillas con cuidado y gimió.

—¿Qué... qué pasó? —murmuró, su voz pastosa—. No recuerdo nada. Solo sé que... que me duelen las mejillas. Mucho.

Mateo, que seguía sentado en la silla, la miró con una mezcla de furia residual y culpa.

—Sí, bueno... —dijo, y aunque intentó sonar calmado, la ira aún vibraba en su voz—. Yo te di unos golpes. Pero fue porque quisiste marcar a mi Omega.

El mero recuerdo hizo que la furia regresara como un latigazo. Se levantó, cruzó la distancia en dos zancadas, y agarró las mejillas de Kim entre sus dedos, pellizcándolas sin piedad.

—¡Mi Omega! —insistió, pellizcando más fuerte—. ¿Entiendes? ¡Casi lo marcas! ¡A él!

—¡Au, au, au! —gritó Kim, intentando zafarse—. ¡Lo siento, lo siento, no era yo! ¡Era el rut! ¡No sabía lo que hacía!

—¡Pues deberías controlar tu rut! —replicó Mateo, pero sus pellizcos fueron perdiendo fuerza hasta que finalmente la soltó.

Kim se masajeó las mejillas, ya rojas por los pellizcos además de los golpes, y lo miró con una expresión complicada.

—Mateo... —dijo en voz baja—. Dijiste "mi Omega". Y tenías los ojos rojos cuando me golpeaste. Los enfermeros me lo contaron.

Mateo se quedó helado.

—León no sabe que eres Alfa, ¿verdad? —continuó Kim—. Y ahora... después de esto... ¿cómo vas a explicarle lo que vieron sus ojos?

Mateo no respondió. No podía. Porque sabía que Kim tenía razón. León lo había visto. Había visto sus ojos rojos. Había visto su fuerza. Había visto al Alfa que siempre había escondido.

Y ahora, todo lo que habían construido, todo lo que habían sentido, pendía de un hilo.

Salió de la enfermería con el corazón en un puño. Necesitaba encontrar a León. Necesitaba explicarle. Necesitaba...

Pero cuando levantó la vista, allí estaba.

León, apoyado contra la pared del pasillo, los brazos cruzados, la mirada fija en él. Y en sus ojos, una tormenta de emociones que Mateo no podía descifrar.

Confusión. Dolor. Y algo más. Algo que parecía... esperanza.

—Mateo —dijo León, y su voz temblaba—. ¿Qué fuiste... qué eres?

El silencio se alargó, eterno.

Y Mateo supo que no podía huir más.

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Yudiela Arboleda
no pienso que halla sido orgullo por qué Mateo dejó de lado quien era para estar a la altura de león el no lo supo apreciar y todo por la falta de comunicación que le costaba decir lo que estaba pasando
Samuel Hernández
Porfa reúnelos sip🙏 aquí me tienes triste y con el moco tendido 😭solo los quiero ver felices pero siempre tiene que haber alguien que arruina todo 😤 aquí estaré esperando más capítulos 👋
Bunny 🐇: 😭 Es que nuestro León no Pudo con sus inseguridades
total 1 replies
Samuel Hernández
Que hermoso amor 😍 yo quiero un Alfa así de amoroso como Mateo 😗ya dale su merecido a Cala que entienda lo que no le pertenece no lo debe de tocar😤
Ji Sang
si lo protege hasta el final
Marleni Pacheco aguilar
me puse triste es la realidad de muchas mujeres 😿
espero el siguiente capítulo
Marleni Pacheco aguilar
gracias estuvo muy bueno actualización más rápido si plis
Marleni Pacheco aguilar
el capítulo de hoy autora esta super dónde se quedó quiero ver el tema de celos de nuestro Omega
Marleni Pacheco aguilar
Gracias por el capítulo estuvo muy bueno la verdad me gustó mucho pero porfis actualiza el día de hoy 14 de febrero día del amor y la amistad gracias que son para tus seguidoras
Marleni Pacheco aguilar
cuando sale el próximo autora
♥️Lisseth♥️
Excelente gracias
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