¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?
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capitulo 14
El silencio que siguió a la entrada triunfal de Vanessa y Elena no fue un silencio ordinario; fue una onda expansiva que pareció succionar el oxígeno de todo el vestíbulo. Me quedé petrificada, con los dedos todavía entumecidos por el frío de la biblioteca, mirando mi propio rostro reflejado en la mujer que acababa de entrar.
Elena se veía impecable, radiante, con esa sonrisa de suficiencia que siempre usaba para recordarme que ella era el diamante y yo solo la roca que lo sostenía. A su lado, Vanessa Sterling mantenía una mano posesiva sobre el brazo de mi hermana, como si acabara de presentar un trofeo de guerra.
Dante no se movió. Su mirada, clavada en nosotras, era una tormenta de acero. No había sorpresa en sus ojos, solo una confirmación lenta y dolorosa de que el mundo en el que había empezado a confiar era, de nuevo, un castillo de naipes.
—Dante, amor —la voz de Elena rompió el cristal del silencio, perfecta en su imitación de afecto—. Sé que ha sido confuso, pero ya estoy aquí. Siento mucho que mi pobre hermana haya abusado de tu hospitalidad de esta manera. Zoe siempre tuvo una imaginación demasiado vívida para su propio bien.
Caminó hacia él con la gracia de una pantera. Yo quise gritar, quise decirle que Elena era quien lo había abandonado, quien lo despreciaba en sus cartas a sus amantes, pero las palabras se me atascaron en la garganta como trozos de vidrio.
—Aléjate de mí —dijo Dante. Su voz no fue un grito, fue un susurro cargado de tal violencia que Elena se detuvo en seco, a pocos metros de él.
—Dante, no seas así —intervino Vanessa, dando un paso adelante con una elegancia depredadora—. Deberías agradecerme. Te he traído a la mujer que realmente firmó tu contrato. La que está aquí —me señaló con la barbilla, con un asco evidente— es solo una estafadora que ha estado viviendo de tus rentas y, por lo que me han dicho, metiéndose en tu cama bajo falsas pretensiones.
Dante giró la cabeza hacia mí. Por un segundo, el Glaciar se quebró y vi al hombre que anoche me había tocado con una ternura que me hizo creer que el mundo podía ser bueno. Pero ese hombre desapareció en un parpadeo, reemplazado por un muro de granito impenetrable.
—¿Es cierto? —me preguntó. Su tono era tan plano que me asustó más que si me hubiera insultado.
—Dante, yo... ella huyó. Papá me obligó porque si no, tú hundirías a la familia. Yo solo quería salvar a mamá...
—¡Mentira! —chilló Elena, fingiendo un sollozo que no llegó a sus ojos—. Ella me drogó y me envió lejos para quedarse con mi lugar. Zoe siempre me tuvo envidia, Dante. Quería tu dinero, quería tu posición. Ella sabía que yo te amaba y quiso destruirlo todo.
La audacia de su mentira me dejó sin respiración. Mi propia hermana, la que me había enviado mensajes burlándose de la "frialdad del magnate", ahora actuaba como la víctima perfecta.
—Fuera —dijo Dante, mirando al vacío—. Todos fuera.
—Dante, tenemos que hablar de los documentos de 2022 —insistió Vanessa, tratando de aprovechar el caos—. Ahora que la verdad ha salido a la luz, podemos arreglar esto. Elena firmará lo que sea necesario para limpiar tu nombre, a cambio de que esta... intrusa... desaparezca permanentemente.
—He dicho que fuera —Dante caminó hacia Vanessa y Elena, su estatura y su aura de poder obligándolas a retroceder—. Julian se encargará de ustedes mañana. Arthur, acompaña a las "invitadas" a la salida. Si alguna de ellas vuelve a poner un pie en mi propiedad antes de que yo lo autorice, llamen a la policía.
Vanessa abrió la boca para protestar, pero la mirada de Dante la silenció. Con un gesto de desprecio, se giró y arrastró a Elena consigo. Mi hermana me lanzó una última mirada de triunfo antes de cruzar el umbral. Había logrado lo que quería: plantar la duda definitiva, destruir el puente que yo había construido con tanto miedo y esperanza.
Cuando la puerta principal se cerró, el vestíbulo se sintió más grande y más frío que nunca. Arthur y los demás empleados se desvanecieron en las sombras, dejándome a solas con el hombre que acababa de ser traicionado por partida doble.
—Dante, por favor, escúchame —me acerqué a él, pero él levantó una mano, deteniéndome como si mi mera cercanía fuera tóxica.
—No digas ni una palabra más, Zoe. O como sea que te llames realmente.
—Me llamo Zoe. Lo sabías. Lo escribiste en tu cuaderno.
—Escribí el nombre de una fantasía —dijo, dándose la vuelta para mirarme. Sus ojos estaban inyectados en sangre—. Escribí el nombre de la mujer que pintaba en mi jardín y que parecía tener un alma limpia. Pero resulta que esa mujer es la mejor actriz de los de la Vega. Me engañaste mejor que Vanessa. Ella al menos tuvo la decencia de traicionarme por dinero a plena luz del día. Tú me traicionaste en mi propia casa, en mi propia cama, robándome la única pizca de paz que me quedaba.
—¡Yo no te robé nada! —exclamé, las lágrimas cayendo finalmente—. Te di todo lo que soy. Todo lo que Elena nunca te daría. Me quedé cuando pude haberme ido con el dinero porque... porque me importas, maldita sea.
Dante soltó una carcajada amarga que me heló la sangre.
—¿Te importo? ¿O te importa asegurar el próximo pago para la clínica de tu madre? Qué noble de tu parte usar tu cuerpo como moneda de cambio para lavar tu conciencia.
La bofetada emocional me dejó aturdida. Quise defenderme, quise decirle que yo no era la cómplice de mi padre, pero recordé lo que acababa de descubrir en la biblioteca. Mi apellido era el sello de su ruina.
—Vete a tu habitación —ordenó Dante, su voz volviéndose de nuevo ese susurro letal—. Mañana, Julian vendrá con los papeles finales. No quiero volver a verte. Si cruzas mi camino de nuevo, te haré responsable legalmente de cada centavo que tu padre me ha robado.
Se retiró a su despacho y el clic de la cerradura fue como el disparo de gracia.
Subí las escaleras arrastrando los pies, sintiendo el peso de la mansión aplastándome. Entré en mi cuarto y cerré la puerta, pero el aire se sentía viciado. Fui al estudio, buscando el consuelo de mis pinturas, pero allí solo encontré los restos del lienzo que había rajado antes. El desastre de mi realidad estaba esparcido por todo el suelo: óleos secos, trapos sucios y el aroma a trementina que Dante tanto odiaba.
Me senté en el rincón, abrazando mis rodillas. ¿Cómo habíamos llegado a esto? Diez días. Solo habían pasado diez días desde que entré en esta casa con el corazón en la garganta y una peluca que me picaba en la frente. En diez días había pasado de ser una herramienta de supervivencia a ser el centro del odio de un hombre que, por un breve momento, me había mirado como si yo fuera su salvación.
La noche avanzó lenta y cruel. Escuché el sonido de cristales rompiéndose en la planta baja. Dante estaba bebiendo de nuevo. La imagen del "Glaciar" desmoronándose me dolía más que mi propio destino. Quise bajar, quise cuidarlo en la oscuridad como decía mi propia hoja de ruta, pero sabía que esta vez no habría murmullos de otros nombres. Esta vez, el nombre que él maldeciría sería el mío.
A las tres de la mañana, un ruido en el balcón me puso en alerta. Me levanté, pensando que quizás era el viento, pero vi una sombra moviéndose tras el cristal. Abrí la puerta con cautela y me encontré con Julian Miller. Estaba empapado por la lluvia y se veía agitado.
—Zoe, tienes que salir de aquí —dijo, entrando en la habitación sin pedir permiso—. Ahora mismo.
—¿Qué pasa, Julian? Dante dijo que vendrías mañana.
—Vanessa se ha adelantado. Ha llamado a la prensa. Mañana por la mañana, la noticia de la "esposa impostora" estará en todos los tabloides. Ella quiere forzar a la junta directiva a destituir a Dante alegando inestabilidad mental y escándalo público. Y lo peor... Elena ha entregado pruebas falsas de que tú la chantajeaste para que se fuera.
—Eso es mentira. Yo no tengo nada.
—No importa la verdad, Zoe. Importa lo que la gente crea. Si te quedas aquí, Dante será arrastrado por tu caída. Si te vas ahora, él podrá decir que te descubrió y te expulsó, salvando su reputación.
—¿Me estás pidiendo que lo abandone cuando más me necesita?
—Te estoy pidiendo que lo salves de sí mismo. Él no te va a perdonar, no ahora. Su trauma con Vanessa es demasiado profundo. Pero si te quedas, serás el clavo final en su ataúd corporativo. Vete, Zoe. Por él.
Julian me tendió un pequeño bolso con algo de dinero y un billete de tren. Me quedé mirando el bolso, sintiendo que el corazón se me partía en dos. Irme significaba aceptar la derrota, significaba dejar que Elena y Vanessa ganaran. Pero quedarme significaba destruir al hombre que amaba.
Caminé hacia la puerta de comunicación que unía mi cuarto con el de Dante. La abrí suavemente. El dormitorio estaba en penumbra, pero el olor a alcohol era abrumador. Dante estaba tirado en la cama, todavía vestido, con un brazo cubriéndole los ojos. Parecía un guerrero caído en una guerra que no pidió luchar.
Me acerqué a la cama y me arrodillé a su lado. No lo toqué. Solo me quedé allí, respirando su mismo aire una última vez.
—Lo siento, Dante —susurré, con la voz ahogada por las lágrimas—. Lo siento por no haber sido lo suficientemente valiente para decirte la verdad desde el primer día. Lo siento porque te amo en un mundo donde el amor es solo otra forma de chantaje.
Él se movió en sueños, murmurando algo ininteligible. Por un segundo, su mano se deslizó por la sábana, buscando algo que no estaba allí. El dolor de verlo así me dio la fuerza que necesitaba.
Me levanté, regresé a mi habitación y tomé el bolso de Julian. No empaqué los vestidos de seda ni las joyas de los Volkov. Solo tomé mi cuaderno de bocetos pequeño y los pocos pinceles que eran realmente míos.
—¿Estás lista? —preguntó Julian desde las sombras.
—No —respondí, secándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Pero no importa.
Salimos de la mansión por la puerta de servicio, la misma por la que solía entrar Rosa con las flores frescas. La lluvia nos envolvió de inmediato, lavando el rastro de mi presencia en esa casa de oro. Mientras el coche de Julian se alejaba por la avenida, miré hacia atrás. La luz del despacho de Dante seguía encendida, un faro solitario en medio de la tormenta.
Yo era Zoe de la Vega. La artista que había intentado pintar sobre un lienzo roto. La esposa que nunca fue, pero que lo dio todo. Y mientras el tren me alejaba de la ciudad, solo podía pensar en una cosa: el contrato decía cien días, pero mi corazón acababa de firmar una sentencia de por vida. El capítulo trece terminaba con el sonido rítmico de las vías y la certeza de que, a partir de hoy, yo sería la reina de un reino de cenizas, esperando que algún día, el hielo volviera a derretirse para dejar paso a la primavera.