En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21
Bajo la guía de Nimue y con la ayuda de los artefactos recolectados, Astrid y Mason se prepararon para el ritual que uniría sus almas reencarnadas.
El lugar elegido para el rito final no era de este mundo, ni del todo del otro. Nimue, la Dama del Lago de los Ecos y guardiana de las aguas primordiales, los había conducido a través de un sendero de niebla hasta la Isla de la Convergencia. Era un santuario de mármol blanco y raíces plateadas que flotaba en el centro de un lago cuyas aguas no reflejaban el cielo, sino las constelaciones de una era ya olvidada.
Nimue los esperaba en el centro de un círculo de menhires que vibraban con una nota baja y constante. Su figura era etérea, vestida con telas que parecían hechas de espuma de mar y luz de luna. Sus ojos, antiguos como el tiempo mismo, observaron a Astrid y a Mason con una mezcla de piedad y esperanza.
—Habéis caminado por el valle de la muerte siete veces —dijo Nimue, su voz resonando como el choque de dos glaciares—. Habéis guardado el dolor, el miedo y la pérdida en los pliegues de vuestras almas. Pero para que el equilibrio regrese, debéis dejar ir quiénes creéis que sois para recordar quiénes fuisteis antes de que el primer sol se apagara.
Astrid dio un paso adelante. En sus manos sostenía el Cristal de los Gnomos y la Hoja Dorada. A su lado, Ronan depositó la Espada de los Giff, cuyo metal estelar brillaba con una impaciencia casi viva.
—Estamos listos, Nimue —dijo Astrid. Aunque su voz era firme, sus dedos temblaban ligeramente. Miró a Mason, quien permanecía a su lado como una sombra protectora, sus ojos ámbar fijos en ella—. Lo estamos, ¿verdad?
Mason guardó silencio por un momento. El viento de la isla agitaba su capa negra, y las cicatrices en sus brazos, marcas de batallas de vidas pasadas, parecían brillar bajo la luz de los menhires.
—Si esto significa que dejaré de verte morir cada cien años, Astrid, quemaría mi propia alma en este altar —respondió él con una intensidad que le encogió el corazón—. Pero temo... temo que, al unirnos, lo que queda de este hombre que te ama desaparezca para dar paso a un dios que no conozco.
Astrid le tomó la mano, entrelazando sus dedos. —Ese hombre es el que ha mantenido mi alma a salvo durante milenios, Mason. El "Arquitecto" no es un extraño; es la esencia de tu sacrificio. No vamos a desaparecer. Vamos a completarnos.
Nimue hizo un gesto y los artefactos comenzaron a flotar. El Cristal de los Gnomos se situó sobre sus cabezas, emitiendo pulsos de luz blanca. La Espada de los Giff se clavó en el suelo, actuando como un pararrayos para la energía arcana. La Hoja Dorada se desintegró en miles de partículas de luz que formaron un mapa tridimensional de sus líneas de sangre y destinos.
—Colocaos en el centro —instruyó Nimue—. Debéis abrir vuestras mentes por completo. No puede haber secretos entre vosotros. Debéis mostrarle al otro vuestras partes más oscuras, vuestros arrepentimientos más profundos y el amor que habéis intentado ocultar para no sufrir.
El ritual comenzó.
Astrid cerró los ojos y, de repente, sintió que el suelo desaparecía. Ya no estaba en la isla. Estaba dentro de la mente de Mason. Fue como ser golpeada por una marea de dolor puro. Vio la cara de Mason mientras la sostenía en una vida donde ella era una humilde campesina alcanzada por la peste; sintió su rabia impotente mientras el mundo se oscurecía para ella. Sintió el frío de los siglos que él pasó solo, caminando por tierras baldías, esperando su próxima reencarnación, odiando su propia inmortalidad porque solo servía para recordar su ausencia.
—Lo siento tanto... —sollozó Astrid en el plano mental.
—No lo sientas —respondió la voz de Mason, envolviéndola—. Fue mi elección. Cada segundo de soledad valió la pena solo por volver a escuchar tu risa.
Entonces, fue el turno de Mason. Él entró en el alma de Astrid y vio la carga de la esperanza. Vio cómo ella, en cada vida, sentía que algo le faltaba, un vacío en el pecho que solo se llenaba cuando él aparecía. Vio su valentía al aceptar destinos atroces con tal de que él sobreviviera. Vio que ella lo amaba no por su protección, sino por la nobleza de su espíritu atormentado.
La energía en la isla alcanzó un punto crítico. Un rayo de luz dorada descendió del cenit, golpeando el cristal y dividiéndose en dos hilos que penetraron en los pechos de Astrid y Mason.
—¡Ahora! —gritó Nimue—. ¡Aceptad la unión!
Un grito desgarrador escapó de los labios de ambos. No era un grito de agonía, sino de expansión. Las barreras físicas entre ellos comenzaron a difuminarse. El aura oscura de Mason, cargada de sombras y remordimientos, se fundió con la luz pura y vibrante de Astrid. Donde se tocaban, la energía se volvía de un color índigo profundo, la verdadera señal del equilibrio.
Ronan y Faelan observaban desde el borde del círculo, protegiéndose los ojos. Vieron cómo los cuerpos de sus amigos se elevaban, rodeados por una espiral de poder que parecía conectar el centro de la tierra con el corazón de las estrellas.
En ese estado de trance celestial, Astrid y Mason vieron a Balin. Lo vieron en su fortaleza, rodeado por Silvanie y sus legiones de gnolls. Balin sintió el pulso de la unión y su rostro se contrajo en una mueca de odio absoluto. El Anclaje de Eterio en sus manos comenzó a vibrar con una nota discordante, intentando contrarrestar la armonía que ellos estaban creando.
—No podréis vencerme —susurró la voz de Balin a través del nexo—. Yo soy el orden. Vosotros sois solo un error en la ecuación que me propuse corregir hace eones.
—El amor no es un error, hermano —respondió Astrid, su voz ahora duplicada, resonando con la fuerza de dos almas en una—. Es la única constante en un universo que tú intentas congelar.
La luz estalló. Una onda de choque de energía pura barrió la isla, cruzó el lago y se extendió por todo el continente. Los árboles que habían marchitado por la influencia de Balin volvieron a brotar. Las aguas contaminadas se aclararon. Las criaturas de la oscuridad retrocedieron, cegadas por una claridad que no habían sentido en mil años.
Cuando la luz se desvaneció, Astrid y Mason descendieron lentamente. Sus pies tocaron la hierba plateada de la isla. Seguían siendo ellos, pero algo había cambiado en su mirada. La sombra de Mason ya no era un peso; era una parte elegante y poderosa de su ser. Los ojos de Astrid ahora tenían destellos de ámbar, y la piel de ambos emitía un tenue resplandor.
Nimue cayó de rodillas, agotada por el esfuerzo de canalizar tanta energía.
—Se ha hecho —susurró ella—. El sello de la traición se ha roto. El equilibrio ya no es un mito; es una realidad que fluye por vuestras venas.
Astrid miró sus manos y luego a Mason. Él se acercó y la besó, un beso que sabía a eternidad y a batallas ganadas. En ese momento, la naturaleza misma pareció suspirar de alivio. El aire se volvió más dulce y la presión constante que había oprimido al mundo durante el reinado de Balin se disipó.
—Siento que puedo mover montañas —dijo Mason, su voz ahora más profunda, con un eco celestial—. Pero también siento que el mundo está despertando.
—Lo está —asintió Astrid, mirando hacia el horizonte oscuro—. Pero no todos se alegran de este despertar. El equilibrio ha traído la luz, pero también ha atraído la atención de aquello que vive en los espacios entre la luz y la sombra.
La energía liberada por el ritual se extendió, trayendo consigo una nueva era de equilibrio entre la luz y la oscuridad.