La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.
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Capítulo 19
Malakor finalmente firmó. Pero mientras el plomo se enfriaba, sellando las promesas con un color grisáceo y mortuorio, Helios sintió una perturbación en el aire. No era magia, era el instinto que había desarrollado en los fosos de combate del exilio.
—Caius, abajo —ordenó Helios en un susurro.
Antes de que Malakor pudiera reaccionar, la puerta del pabellón se hizo añicos. Una lluvia de flechas con punta de obsidiana silbó a través de la sala. Elara gritó cuando una flecha le rozó el hombro. Los hombres de Malakor, en lugar de proteger a los gobernadores, desenvainaron sus armas y se dirigieron hacia Helios.
—¡Traición! —rugió Caius, interponiéndose con su escudo entre Helios y los atacantes.
Malakor se echó hacia atrás, con una sonrisa cruel deformando su rostro.
—Lo siento, Helios. Pero Valerius hizo una oferta mejor esta misma mañana. No solo impuestos... me ofreció el título de Gran Almirante de la Flota que Selene Serath cree que aún controla. Un reino desmembrado no me sirve si puedo tener una parte del corazón.
Helios sintió una furia helada recorrerle las venas. La traición era el pan de cada día en Solis, pero que ocurriera sobre los contratos que acababa de forjar era una ofensa que su sangre no podía perdonar.
—Mirea tenía razón —gruñó Helios para sí mismo—. Las redes de Solis no se desenredan, se cortan.
La magia de Helios estalló. No fue un brillo sutil, sino una explosión de luz blanca que cegó a los atacantes. El calor en la sala se volvió insoportable; las jarras de vino estallaron y los mapas se prendieron fuego. Helios se lanzó hacia adelante, su mano derecha envuelta en una llama dorada que cortaba el aire como una espada de plasma.
El primer guardia que lo alcanzó no tuvo tiempo de gritar. Helios le puso la mano en el pecho y el acero de la armadura del hombre se ablandó instantáneamente, hundiéndose en su carne. El príncipe era un torbellino de destrucción, una manifestación física del sol en su cenit.
Malakor intentó escapar hacia la salida trasera, pero Helios fue más rápido. Usando el calor para impulsarse, saltó sobre la mesa ardiente y derribó al gobernador. Ambos rodaron por el suelo de piedra, entre cenizas y sangre.
Helios se situó sobre él, con una rodilla presionando el pecho de Malakor y su mano encendida a centímetros del rostro del traidor.
—El plomo es tóxico, Malakor —siseó Helios, su voz vibrando con el poder solar—. Te dije que te envenenaría.
—¡Mátame entonces! —escupió Malakor, aunque el sudor le corría por la frente—. ¡Valerius tiene a miles como yo! ¡Nunca te sentarás en ese trono!
Helios no lo mató de inmediato. En su lugar, tomó la placa de plomo que Malakor acababa de firmar, todavía tibia. Con una crueldad deliberada, presionó el metal contra el antebrazo del gobernador. El plomo se fundió con la piel en un siseo de carne quemada, marcando a Malakor para siempre con el sello de la traición.
—No te mataré hoy —dijo Helios, apagando su llama pero dejando que el humo saliera de sus dedos—. Volverás con Valerius. Le llevarás este mensaje en tu propia carne. Dile que los Contratos de Plomo han sido firmados. Dile que el sol no viene a iluminar su reino, viene a convertirlo en cenizas.
Los jinetes restantes de Malakor, viendo a su líder derrotado y aterrorizados por la exhibición de poder de Helios, bajaron las armas. Elara y Aris, pálidos y temblorosos, miraban a Helios como si fuera una deidad antigua y colérica.
—¿Seguís con el pacto? —preguntó Helios, volviéndose hacia ellos. Su rostro estaba manchado de hollín y sangre, y sus ojos aún conservaban un brillo antinatural.
—Sí... sí, mi señor —balbuceó Aris, arrodillándose sobre los restos del mapa quemado—. El Sur es vuestro.
—Y las cosechas del Norte —añadió Elara, sujetándose el brazo herido—. Pero ten cuidado, Helios. Has demostrado que puedes destruir. Ahora tendrás que demostrar que puedes gobernar sobre las ruinas.
Helios no respondió. Caminó hacia la salida, donde Caius lo esperaba con los caballos. El estallido de magia lo había dejado exhausto, una debilidad que no podía permitirse mostrar. En su mente, la imagen de Mirea apareció de nuevo. Ella había previsto esto. Ella conocía la naturaleza podrida de los hombres de poder.
Mientras cabalgaba de regreso, el peso de los lingotes de plomo restantes en su alforja se sentía como una condena. Había comprado lealtades, sí, pero lo había hecho a través del miedo y la coacción mágica. No era el comienzo de un reinado de luz, sino de una tiranía de necesidad.
Al llegar a las afueras de la capital, un mensajero oculto entre los árboles le entregó un pequeño rollo de pergamino. Tenía el aroma de las flores blancas y la salitre.
*“Selene te espera al anochecer. Ha oído lo del Pabellón de Hierro. Los hombres fuertes la asustan, pero los hombres peligrosos la excitan. Ten cuidado, Helios. El plomo se funde, pero el hielo de los Serath corta hasta el alma.”*
Helios apretó el mensaje en su mano hasta que se convirtió en polvo. La noche de pasión con Mirea se sentía ahora como un recuerdo de otra vida, una breve tregua en una guerra que apenas comenzaba. Había firmado contratos de plomo, pero sabía que el verdadero precio de la corona se pagaría con algo mucho más precioso que el metal.
Se pagaría con la poca humanidad que le quedaba.
—A la ciudad —ordenó Helios a Caius—. Tenemos una cita con la Reina del Mar. Y esta vez, no llevaré plomo. Llevaré fuego.
El poder era inestable, lo había comprobado hoy. Pero la inestabilidad era una herramienta si sabías cómo dirigir la explosión. Helios ya no buscaba ser un rey amado; buscaba ser un rey inevitable. Y en Solis, lo inevitable siempre venía precedido por una traición y seguido por una ejecución.