Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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No soy el mismo sin ella
...CAPÍTULO 6...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ...
Han pasado cuatro días. Cuatro días en los que el mundo ha seguido girando, pero yo me siento atrapado en el esqueleto de una obra abandonada. Supongo que los papeles ya están en curso, que algún abogado ya le puso un sello a nuestro final y que, legalmente, somos dos extraños compartiendo una historia que ya no existe.
Me instalé en la habitación de huéspedes de Doña Antonia. Ella no me ha preguntado nada, y se lo agradezco; se limita a dejarme un café cargado en la mañana y a mirarme con esa seriedad compasiva que me dice que sabe que estoy mal. Ya no hay chistes al entrar a la cocina. No hay bromas sobre su sazón. Solo hay un silencio pesado que me acompaña mientras me anudo la corbata frente al espejo empañado.
La oficina es un desastre. Luciana está ausente; Gabriel le dio días no remunerados sin cuestionarla, y su ausencia se nota en cada aspecto, en cada llamada y en el aire viciado de la firma. Sin ella, el caos se ha multiplicado y nos ha tocado quedarnos hasta tarde tratando de tapar agujeros que solo ella sabía gestionar.
Iba de camino al trabajo, con las ojeras marcadas y la radio apagada, cuando mi celular vibró. Era mi madre.
—¿Hola? —respondí. Mi voz sonó plana, gélida, incluso para mis propios oídos.
—¡Hola, hijo! —la voz de mi madre llegó con su alegría habitual, esa que suele contagiarme, pero que hoy me rebotaba en el pecho como un estorbo—. Qué milagro que contestas. ¿Cómo vas? ¿Cómo va todo por allá?
—Bien, mamá. Trabajando mucho. Voy camino a la oficina —contesté, seco.
Hubo un silencio del otro lado. Ella me conoce. Sabe que el Sebastián que responde con una sola frase no es el Sebastián que ella crió.
—Te noto... diferente, Sebas —dijo, y su tono cambió a uno de preocupación—. No has soltado ni una sola de tus bobadas en tres minutos. ¿Pasó algo? ¿Cómo está tu esposa? ¿Cómo está mi nuera favorita?
Me apreté el puente de la nariz, cerrando los ojos con fuerza mientras esperaba que el semáforo cambiara a verde. El nombre de Luciana dolió como una herida abierta que alguien decide tocar sin avisar.
—Ella está bien, mamá. Escucha, tengo que colgar, estoy entrando a una zona de mucho tráfico y tengo una reunión importante. Hablamos después, ¿sí?
—¡Espera! No me cuelgues todavía —se apresuró a decir—. Solo quería recordarte que este fin de semana es mi cumpleaños. ¿Vas a venir, cierto? Yo sé que la relación con tu padre es... complicada, por decir lo menos, pero hazlo por mí. Necesito a mi hijo aquí.
Suspiré, derrotado. Lo último que quería era encerrarme en una casa con mi padre y su mirada de desaprobación constante, pero no podía decirle que no a ella. No ahora.
—Está bien, mamá. Ahí estaré.
—¿Vendrás tú solo? —preguntó ella con una esperanza mal disimulada—. ¿No vienes con Luciana? Ella siempre ilumina la casa cuando vienen.
Me quedé mudo. Decirle "nos divorciamos" o "me echó de la casa" se sentía como admitir un fracaso que todavía no terminaba de digerir. La cobardía o la inercia me ganaron el pulso.
—Digo... vamos —mentí, y la palabra se sintió como ceniza en mi boca—. Le diré a Lu. Nos vemos el fin de semana.
Colgué antes de que pudiera hacerme otra pregunta. Me quedé mirando el volante, sintiéndome el mentiroso más patético del mundo. Le había dicho que iríamos, cuando en realidad no sabía si ella me dirigiría la palabra si la llamaba, o si simplemente me colgaría el teléfono en cuanto escuchara mi respiración.
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Llevaba dos horas fingiendo que revisaba unos cálculos, pero mis ojos no hacían más que saltar de la puerta de la entrada al reloj de la pared. Sabía que Luciana vendría hoy; Gabriel me había comentado que pasaría por unos archivos antes de su "regreso oficial". Mi corazón latía con una arritmia estúpida, una mezcla de miedo y esa esperanza patética que no termina de morir.
Cuando la puerta se abrió, el aire se volvió pesado. Luciana entró sin mirar a nadie, vestida de un vestido azul riguroso que la hacía ver tan distante. Se dirigió directo a su escritorio. Me levanté, sintiendo que las piernas me pesaban una tonelada, y caminé hacia ella.
—Luciana —la llamé en voz baja.
Ella se tensó, pero no levantó la vista de los papeles que guardaba en su bolso.
—Si es de trabajo, habla con Gabriel. No estoy en horario todavía —respondió, y su voz fría fue como un tajo en el silencio de la oficina.
—No es de trabajo. Es... es mi mamá —solté de golpe. Ella se detuvo—. Es su cumpleaños este fin de semana. Me llamó hoy... está muy ilusionada. Tú sabes que ella te adora.
Por fin me miró, y ver el cansancio en sus ojos me dolió.
—¿Y qué le dijiste, Sebastián?
—Le dije que iríamos —admití, bajando la cabeza—. Sé que soy un idiota, sé que no tengo derecho a pedirte nada después de lo que nos dijimos, pero te lo ruego... hazlo por ella. Mi papá va a estar ahí, y ya sabes cómo es el ambiente con él. Si llego solo y les digo la verdad ahora, le voy a arruinar el único día del año en que está feliz. Por favor... acompáñame solo este fin de semana. Como un favor personal. Una tregua.
Luciana soltó un suspiro largo, cargado de una resignación amarga. Miró hacia la ventana, procesando la petición. Mi madre siempre había sido su refugio cuando nosotros peleábamos, y sabía que le costaba decirle que no a ella.
—Solo por tu mamá, Sebastián —sentenció finalmente—. Pero bajo una condición: después de la celebración, se lo diremos. No voy a seguir manteniendo una farsa más allá de ese fin de semana. ¿Te queda claro?
—Claro —asentí, sintiendo un alivio momentáneo que sabía a derrota—. Gracias, de verdad.
Me quedé ahí, de pie, mientras ella cerraba su bolso. La duda que me carcomía desde hacía cuatro días salió de mi boca antes de que pudiera frenarla.
—¿Y…los papeles, Lu? ¿Ya los entregaste? Ella se quedó estática un segundo. No me miró. Fue un gesto fugaz, casi imperceptible, pero esquivó la pregunta con una maestría que me dejó descolocado.
—Tengo que hablar con Gabriel sobre mi regreso el lunes —dijo simplemente, dándome la espalda—. Regresaré a trabajar a primera hora.
Caminó hacia la oficina de Gabriel sin decir una palabra más, dejándome con la pregunta en el aire.
Pensé que verla no me haría nada. Me engañé pensando que, después de cuatro días de silencio y una firma estampada con rabia, mi corazón ya se había acostumbrado a estar vacío. Pero en cuanto la vi caminar hacia el ascensor, con esa seguridad fingida y los hombros tensos, sentí que la estructura completa de mi orgullo se venía abajo.
No puedo. Sinceramente, no puedo dejar que cruce esa puerta. La amo tanto que el aire en la oficina me empezó a faltar en cuanto ella me dio la espalda.
Casi corrí por el pasillo. La intercepté justo cuando las puertas metálicas estaban por cerrarse. Puse la mano para frenarlas y el sensor las obligó a abrirse de nuevo con un sonido mecánico.
—Luciana, espera —le dije, entrando al cubículo con ella.
Ella retrocedió un paso, apretando su bolso contra su pecho. Sus ojos, que antes me miraban con dulzura, ahora me miraban con una mezcla de cansancio y una chispa de defensa.
—Ya acepté lo de tu madre, Sebastián. No hay nada más que hablar —dijo, intentando presionar el botón de la planta baja.
Le bloqueé el botón con la mano, con una desesperación que ya no podía ocultar. Ya no había rastro del Sebastián "payaso", ni del "orgulloso". Solo quedaba el hombre que se estaba ahogando.
—No me ignores con lo de los papeles, Lu. Te pregunté si ya los pasaste y me cambiaste el tema. ¿Por qué? —la miré fijamente, buscando una grieta, un rastro de duda en su mirada—. Sé que nos dijimos cosas horribles. Sé que te herí de la forma más estúpida posible, pero dime la verdad... ¿de verdad quieres que nos divorciemos?
El ascensor se quedó estático entre pisos. El silencio era tan pesado que podía escuchar los latidos de mi propio corazón golpeándome las costillas. Luciana bajó la vista, y vi cómo sus nudillos se ponían blancos de tanto apretar el bolso.
—No los he pasado —susurró por fin, tan bajo que casi no la escucho.
Sentí un alivio tan violento que casi pierdo el equilibrio. Pero antes de que pudiera decir algo, ella levantó la vista, y esta vez sus ojos estaban llenos de lágrimas que se negaba a dejar caer.
—No los he pasado porque no he tenido tiempo de ir a la notaría, Sebastián. No busques esperanzas donde no las hay. Mi decisión no ha cambiado, solo mis horarios. No me hagas esto más difícil de lo que ya es.
—No te creo —le dije, dando un paso hacia ella, acortando esa distancia que nos estaba matando—. Si estuvieras tan segura, habrías sacado tiempo hasta de debajo de las piedras. Me amas, Lu. Y yo te amo tanto que me duele respirar desde que me fui de la casa. Por favor, mírame...
Me quedé ahí, esperando. El ascensor dio un pequeño tirón y empezó a bajar de nuevo. Estábamos a segundos de que las puertas se abrieran y me devolvieran a la realidad de una vida sin ella. No podía permitirlo. No podía dejar que se fuera así, con la verdad a medias flotando entre nosotros.
No aguanté más.
Antes de que pudiera pronunciar otra palabra o que las puertas se abrieran, acorté la distancia entre nosotros en un solo paso y la besé. Mis labios buscaron los suyos con una desesperación que no recordaba haber sentido en años. Fue un beso torpe, salado por las lágrimas contenidas de ambos, pero lleno de todo el arrepentimiento y el miedo que me consumían.
Por un segundo eterno, ella no me apartó. Sus labios respondieron con una suavidad apenas perceptible, una micro-reacción que me dio una brizna de esperanza en medio de la tormenta. Fue solo un instante, un respiro en el colapso, antes de que sus manos se posaran en mi pecho y me empujaran suavemente hacia atrás.
Las puertas del ascensor se abrieron con un siseo, revelando el vestíbulo de la oficina, pero ninguno de los dos se movió.
Luciana tenía los ojos cerrados. Cuando los abrió, estaban llenos de una tristeza profunda, pero también de una chispa de conflicto.
—Sebastián... —dijo con la voz ronca, casi inaudible.
—Tenemos que hablar, Lu —la interrumpí, con la voz ahogada por la emoción. El beso había roto la barrera, la última capa de hielo entre nosotros—Tienes razón. Fui un idiota. Actué como un idiota egoísta, te herí y te empujé hasta el límite. Lo sé y lo siento con todo mi ser. Pero esto... — nos señalé a los dos—... tomar esta decisión así, sin hablar de verdad, sin intentar arreglar lo que se rompió, sin dejar las cosas claras... sabes que no es lo mejor. Sabes que no es la forma en que tú y yo siempre hicimos las cosas, amor.
Ella bajó la mirada, mordiéndose el labio inferior. Sabía que tenía razón. Siempre fuimos de "hablar hasta el cansancio", de "dejar todo sobre la mesa" aunque doliera.
El vestíbulo estaba vacío; nadie nos había visto. El ascensor sonó su pequeña alarma, indicando que las puertas se cerrarían si no salíamos.
Luciana levantó la vista y me miró a los ojos. Había una batalla librándose en su interior: la rabia y el dolor contra los años, los recuerdos y, quizás, lo que aún quedaba de nuestro amor.
—Está bien —dijo finalmente, con un tono más suave, pero aún cargado de incertidumbre—. Hablaremos. Pero no aquí. Y no ahora. Vamos a casa de tus padres este fin de semana. Haremos la tregua por tu mamá. Y después de eso... hablaremos. De verdad.
No dijo "volveremos a intentarlo", ni "hay una oportunidad". Pero tampoco dijo "no". Y para mí, en ese momento, que ella quisiera hablar era la única luz en el túnel.
—Gracias, Lu —susurré, sintiendo un nudo en la garganta.
Ella asintió, me hizo un leve gesto para que saliéramos del ascensor y caminó hacia la salida del edificio.
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...GABRIEL MÉNDEZ ...
El silencio en la oficina es, por primera vez en años, absoluto. No hay música de fondo, no hay nadie silbando sintonías de comerciales viejos y, lo más inquietante, no hay chistes de doble sentido rebotando en las paredes. Es un silencio artificial, denso, de esos que te hacen sentir que el aire pesa más de lo normal.
Caminé hacia el cubículo de Sebastián con una carpeta de planos bajo el brazo y una sensación de extrañeza que no lograba sacudirme. Normalmente, acercarme a su puesto implica prepararme mentalmente para una ráfaga de comentarios sarcásticos o alguna anécdota absurda sobre lo que desayunó. Pero hoy, Sebastián ni siquiera notó que estaba ahí.
Llevo años conociendo a Sebastián Vélez. Lo vi en la universidad siendo el tipo que hacía bromas mientras entregábamos proyectos finales sin dormir; lo vi en su boda radiante de felicidad y hasta lo he visto esconderse de las arañas como un niño pequeño. Pero este hombre que tengo sentado frente a mí, en la penumbra de su oficina, me resulta un completo desconocido.
Estaba inclinado sobre su monitor, con la espalda rígida y la mirada fija en la pantalla. Sus dedos se movían con una precisión mecánica, casi violenta.
—Aquí tienes los cortes de la fachada y los planos estructurales que pidió el cliente para el lunes —dije, dejando los documentos sobre su escritorio.
Él no se movió. No levantó la vista. Solo estiró una mano, tomó la carpeta y la puso a un lado con una frialdad que me erizó la piel.
—Los revisaré en cuanto termine con esto —respondió. Su voz era un hilo monótono y seco.
Me quedé de pie, esperando esa chispa de inmadurez que suele ser su marca registrada, pero Sebastián solo siguió trabajando, moviendo el mouse con precisión.
—¿Estás bien? —pregunté finalmente, cruzándome de brazos.
Él detuvo el movimiento de la mano un segundo, pero no despejó la mirada del computador.
—¿Tú cómo crees? —me devolvió la pregunta. No había ironía en su tono, solo una seriedad cortante que me puso los pelos de punta.
—Mira, Sebastián... —suspiré, apoyándome en el borde de su escritorio—. No me puedo acostumbrar a este Sebastián triste, melancólico y…serio. Es perturbador. De verdad, has hecho tu trabajo estos cuatro días sin un solo problema, sin hacer un maldito chiste, sin hartarme la paciencia como sueles hacerlo cada diez minutos. Y te lo digo en serio: es muy raro en ti. Ni siquiera en la universidad, cuando estuvimos a punto de perder aquel proyecto final, actuaste así. Siempre tenías una estupidez que decir para romper la tensión.
Sebastián soltó un suspiro pesado, soltó el mouse, se echó hacia atrás en su silla y me miró. Pero no era la mirada de mi amigo bromista; era la mirada de un hombre que se había endurecido por dentro.
—No entiendo cuál es el problema ahora —dijo con una calma venenosa—. Durante años, tú, Luciana, los socios y hasta el vigilante del edificio se han quejado de mi sarcasmo y de mi inmadurez. Me dijeron que fuera profesional, que me tomara las cosas en serio, que creciera. Bueno, aquí lo tienes. Estoy actuando exactamente como todos querían que lo hiciera. ¿Ahora también está mal?
—Sebastián, creo que estás mezclando las cosas... —empecé a decir, sintiendo un nudo de preocupación. Esto no es madurez, es resentimiento—. Una cosa es ser profesional y otra es convertirte en esta versión robótica y amargada de ti mismo.
Él volvió a mirar la pantalla, ignorando mi comentario con indiferencia.
—¿Lo de los planos ya era todo? —preguntó, volviendo a poner las manos sobre el teclado—. ¿No hay algo más que me quieras decir? De trabajo, por supuesto. Mi tiempo es limitado.
Sentí una punzada de frustración. El Sebas gracioso me sacaba de quicio, pero este Sebas pedante ya me tenía hasta el límite. Estaba cerrando todas las puertas, blindándose contra el mundo para no sentir que se estaba desangrando por dentro.
—¿Sabes qué? Mejor no te hago caso y me voy antes de que te diga algo de lo que me arrepienta —dije, tratando de mantener la calma—. Ya llevo convenciéndote toda esta semana de que te calmes y me he aguantado tu actuar extraño toda esta semana porque entiendo por lo que estás pasando, pero no creo que aguante más este ambiente. Ve mejor a tu casa, Sebastián. Tómate el resto de este jueves y mañana viernes. Descansa, despeja tu mente.
Él hizo un amago de protesta, pero le puse una mano en el escritorio.
—Es una orden, no una sugerencia. Trata de hablar con Luciana. Traten de arreglar las cosas, ¿sí? No dejes que este... lo que sea que estés construyendo alrededor de ti, termine por demoler lo que queda de tu vida.
Sebastián me sostuvo la mirada un largo tiempo. Cerró la sesión de su computador con un golpe seco y empezó a recoger sus cosas sin decirme siquiera "hasta luego".