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CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: Tres metros

La voz era idéntica.

No parecida. Idéntica.

—Lía. Mi amor. Llegaste tarde.

Lía dio un paso hacia la puerta negra sin pensar. El cuerpo le respondió antes que la cabeza. Diez años de escuchar esa voz en videos viejos del celular, en notas de voz que no borró nunca.

—¡Mamá!

Damián la agarró del brazo y la tiró hacia atrás con fuerza. No suavidad. Fuerza de verdad.

—¡No! —le gritó, y por primera vez no sonó a CEO ni a demonio. Sonó a pánico.

Lilith ya estaba delante de los dos, la mano levantada. Entre sus dedos se formó algo que no era luz: era ausencia de luz, como un cuchillo hecho de sombra.

La figura salió del altar.

Tenía el pelo de Elena. La cara de Elena. El mismo lunar al lado de la boca. Incluso el suéter verde que usaba el día del accidente.

—Mi niña —dijo, y extendió la mano—. Ven. Te estuve esperando.

Lía sintió que las piernas le fallaban.

—Eso no es ella —dijo Damián contra su oído, sin soltarle el brazo—. Es un eco. Malphas usa lo que más duele.

—¿Cómo sabés?

—Porque yo lo inventé.

Lilith no esperó. Lanzó la sombra. Atravesó a la “Elena” de lado a lado.

No hubo sangre. La figura se deshizo como humo, pero al hacerlo gritó con la voz de su mamá.

—¡Lía!

Y después otra voz encima, grave, burlona:

“Tres metros, hermano. Hoy no puede alejarse tres metros de vos sin que el sello la queme. Divertite.”

La puerta negra se cerró de golpe sola. La máscara de hierro cayó del altar y se partió a la mitad contra el piso.

Silencio.

Lía temblaba. No lloraba. Temblaba.

Damián seguía agarrándola del brazo. Cuando se dio cuenta, la soltó como si quemara.

—Lo siento.

—¿Eso era…?

—Un anzuelo. —Lilith pateó los restos de la máscara—. Y funcionó. El sello se abrió del todo en la gala. Ahora están vinculados en serio. Si se separan más de tres metros antes del amanecer, el anillo la marca a ella y la mía a mí.

—¿Qué marca? —Lía se miró la mano. El anillo estaba rojo tenue, como brasa viva.

—Quemadura. —Damián se arremangó. En la muñeca, el símbolo ya no era una marca: era una cicatriz reciente, en carne viva—. No mortal. Pero duele lo suficiente para que no quieras intentarlo.

Lilith los miró a los dos.

—Felicidades por la luna de miel forzada. Yo vigilo el pasillo. Si algo respira cerca de la puerta, lo mato. —Se fue.

Se quedaron solos.

Tres metros. Lía dio un paso atrás para probarlo.

El anillo se calentó al instante. No como antes: esto era una aguja. Siseó y retrocedió. El dolor paró en cuanto volvió al radio.

Damián no se movió.

—Dijiste que nunca íbamos a querer lo mismo.

—Y no queremos —dijo él—. Yo quiero que vivas. Vos querés que tu hermano viva. Eso alcanza para el contrato.

—Basta.

—¿Basta qué?

—Basta de hablar como si fueras un contrato con patas.

Se miraron. La ciudad brillaba detrás de los ventanales, indiferente.

—Mi cuarto está blindado —dijo él al final—. El tuyo no. Dormís en el mío.

—No.

—Lía. —Dio un paso hacia ella, y ella retrocedió por instinto hasta que la espalda le tocó la pared. Justo tres metros. El anillo se encendió—. No es invitación.

00:47 am – Habitación de Damián.

No era una habitación. Era un búnker elegante. Sin ventanas. Paredes de piedra negra, cama enorme baja, un solo sillón. En la pared, estantes con libros en idiomas que no existían. Y en la mesita, la máscara de porcelana blanca mirándolos.

Damián se sacó el saco y se sentó en el sillón. No en la cama. Dejó espacio.

Lía se quedó de pie junto a la puerta.

—No voy a…

—No vamos a nada —cortó él—. Acostate. Yo me quedo acá.

—Ni dormido te creo.

—Entonces no duermas.

Se quedaron así veinte minutos. El silencio pesaba más que los gritos.

Al final, Lía se sentó en la punta de la cama, lo más lejos de él que los tres metros permitían. El vestido rojo seguía puesto porque no pensaba cambiarse delante de él.

—¿Mi mamá te conocía? —preguntó al fin.

Damián tardó en contestar.

—Sí.

—¿La querías?

—No como estás preguntando. La respetaba. Ella no firmó por codicia. Firmó porque estaba embarazada de vos y el padre se fue. Mi padre le ofreció salud a cambio de una cosa: que cuando cumplieras 25, si yo seguía sin ancla, fueras candidata. —Se miró las manos—. No te eligieron al azar. Te fabricaron para esto.

Lía sintió que algo se le rompía adentro y no supo si era el corazón o el orgullo.

—¿Y si digo que no?

—Ya dijiste que sí. —Levantó la muñeca y mostró la cicatriz—. Y yo también.

Se hizo otro silencio. Más largo.

Lía se recostó sin querer. Estaba agotada. El día la había masticado y escupido.

Damián apagó la luz con un gesto. No interruptor: pensó y se apagó.

La oscuridad era total. Solo el brillo tenue de las dos marcas.

—Damián.

—¿Qué?

—¿Por qué elegiste el trono y no a ella?

Silencio.

—Porque pensé que si tenía el trono, podía traerla de vuelta. No se puede. —La voz le salió más baja—. Y después pasaron trescientos años y me convencí de que no me importaba.

—¿Y ahora?

—Ahora me importa que no te pase lo mismo.

Lía no contestó. No porque no tuviera qué decir. Porque si hablaba, iba a llorar. Y no quería darle eso.

Se quedó dormida sin darse cuenta. De lado, mirando hacia la pared.

Se despertó porque tenía frío. Y porque algo pesaba sobre ella.

Era la manta. Y Damián estaba sentado en el suelo al lado de la cama, de espaldas al colchón, la cabeza apoyada en el borde. Dormido. O fingiendo muy bien. Tenía la mano a diez centímetros de la de ella, dentro del radio, sin tocarla.

El anillo estaba tibio. No latía. Respiraba con ellos.

Lía no lo movió. No lo tocó.

Solo lo miró. La línea de la mandíbula, las pestañas oscuras, la cicatriz roja en la muñeca que brillaba muy poco. No parecía un demonio. Parecía un tipo cansado que eligió mal y no sabe cómo pedir perdón en ningún idioma.

Sin querer, estiró la mano y le acomodó un mechón de pelo que le caía en la frente.

Él no se despertó. Pero giró la cara apenas hacia su palma, como un animal que busca calor.

Lía retiró la mano rápido. El corazón le iba a mil.

Se volvió a dormir.

Cuando abrió los ojos eran las 6:12 am. Damián ya no estaba en el piso. Estaba sentado en el sillón, mirando la máscara de porcelana.

—Buen día —dijo sin girarse.

—¿Dormiste?

—No. —Se levantó—. El radio se rompió a las seis. Ya podés alejarte.

Lía se sentó. El anillo estaba frío otra vez. Normal.

—Gracias por… la manta.

—No fue nada.

Se miraron un segundo. A plena luz —una luz amarilla que salía del techo sin lámparas—, se notaban las ojeras de los dos. Y algo más: el sello en la muñeca de él ya no estaba en carne viva. Era cicatriz vieja. Como si el contacto la hubiera curado más rápido.

Lía bajó de la cama y caminó hacia la puerta. Pasó al lado de él.

No se tocaron.

Pero cuando estuvo a punto de salir, él dijo en voz baja:

—Lía.

Se giró.

—Anoche no te toqué porque el contrato me obligara. No te toqué.

Lía asintió. No supo qué decir.

Salió.

En el pasillo, la puerta negra seguía cerrada. Pero en el piso, justo delante, había dos plumas negras más. Ya no ceniza. Plumas reales.

Y más allá, apoyada contra la pared como si siempre hubiera estado ahí, una foto vieja polaroid: Elena, su mamá, embarazada, sonriendo a la cámara. Detrás de ella, desenfocado, un hombre alto de traje negro sin cara.

Lía la levantó con dedos que temblaban.

Detrás, escrito con la misma tinta plateada del contrato:

“Lo siento. – D.”

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