Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Consecuencias.
El comedor de la mansión Sotomayor estaba en completo silencio.
Doña Elena dejó la taza sobre el plato, mirando a todos los presentes como si quisiera recuperar el control del ambiente.
—Ya basta —dijo—. Este no es un circo para estar discutiendo a estas horas de la mañana. Vamos a desayunar tranquilos, como corresponde.
Nadie respondió de inmediato.
Diego seguía de pie, con la mandíbula apretada.
Estefany evitaba mirarlo.
Y Luisa no levantaba la cabeza.
—Siéntense —ordenó Don Guillermo con tono autoritario—. Los problemas personales se arreglan en privado, no delante de todos.
Diego volvió a su asiento lentamente.
—Y tú —continuó su padre, mirándolo fijamente—, ponte pilas en la universidad y en la empresa. Ya es hora de que empieces a asumir lo que te corresponde. Porque tengo pensado irme al extranjero con tu madre.
Doña Elena asintió, apoyando las palabras de su esposo.
—Tu padre y yo hemos trabajado toda la vida para construir lo que tienes hoy —añadió—. Queremos descansar, viajar, disfrutar. Y eso significa que tú debes empezar a hacerte cargo.
Diego no respondió de inmediato.
Tomó la taza de café, pero no bebió.
Su mente estaba en otro lugar. Completamente.
La noche anterior no dejaba de repetirse en su cabeza.
La confusión. El calor.
Ese momento sin control.
Y Luisa.. su mirada se desvió hacia ella por un segundo.
Luisa estaba rígida, con la mirada fija en el plato, como si quisiera desaparecer.
—¿Me estás escuchando? —preguntó Doña Elena, molesta.
—Sí —respondió Diego finalmente—. Estoy escuchando.
Pero no lo estaba. No realmente.
Luisa sentía que no podía respirar con normalidad. La vergüenza la estaba consumiendo por dentro. No solo por lo que había pasado, sino por lo que significaba.
No había sido un momento de amor.
No había sido algo que él quisiera.
Y eso dolía más que cualquier otra cosa.
Apretó las manos bajo la mesa, intentando mantener la compostura.
Pero su mente ya estaba tomando una decisión.
No puedo arriesgarme otra vez.
Más tarde tenía que hablar con Rosa.
El desayuno terminó sin más discusiones.
Cada uno se levantó por su lado, como si nada hubiera pasado.
Como si todo estuviera bien.
Luisa salió primero.
Caminó por el pasillo despacio. Al llegar a la cocina, encontró a Rosa organizando algunas cosas.
—Rosa —llamó en voz baja.
La mujer levantó la mirada de inmediato.
—Señorita, ¿se siente mejor? Ayer la vi muy mal.
Luisa dudó unos segundos.
—Necesito que me ayudes con algo, pero no quiero que nadie más se entere.
Rosa frunció el ceño, preocupada.
—Dígame.
Luisa bajó la mirada.
—Necesito que vayas a la farmacia a comprarme una pastilla de emergencia. No quiero salir embarazada otra vez. No puedo volver a pasar por lo mismo otra vez.
Rosa no preguntó. No juzgó. Solo asintió.
—Entiendo, no se preocupe. Yo me encargo.
—Gracias de verdad.
Mientras tanto, en el jardín trasero, Estefany caminaba de un lado a otro. Molesta. Frustrada. Apretando el teléfono con fuerza.
—No puede ser —murmuró—. No puede ser que todo haya salido mal.
La imagen de Diego defendiendo a Luisa en la mesa le daba vueltas en la cabeza.
Eso no estaba en sus planes.
Nada de eso.
—No —susurró—. Esto no se va a quedar así.
Levantó la mirada.
—Si crees que ganaste, Luisa, estás muy equivocada.
Se cruzó de brazos.
—Esto apenas empieza, y yo siempre consigo lo que quiero.
Diego estaba en su habitación.
Solo. Sentado en la cama.
Con las manos apoyadas en la cabeza, intentando ordenar sus pensamientos.
Pero no podía.
Nada encajaba.
—¿Qué fue lo que pasó anoche? —murmuró.
Recordaba partes. Sensaciones.
Pero no tenía control de lo que había hecho.
Eso lo incomodaba. Lo irritaba.
Se levantó de golpe.
—Esto no puede volver a pasar.
Horas después.
Luisa estaba en la habitación del bebé, observándolo dormir. Tranquilo. Ajeno a todo.
Se acercó lentamente y lo tomó en brazos.
—Tú eres lo único claro en mi vida —susurró—. Lo único que no me hace dudar lo único que es real.
Lo abrazó con cuidado, cerrando los ojos.
—No voy a permitir que nada ni nadie nos haga daño. Te lo prometo.
Rosa llegó con las pastillas.
—Tome, señorita, aquí está.
Luisa, sin dudar, se tomó una de esas pastillas.
—Puedes irte, Rosa. Gracias quiero estar sola con mi bebé.