La chica invisible del colegio soporta el bullying del más lindo hasta que él se enamora de ella por celos, que pasará con ellos???
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Capítulo 6: Lo que no dije
Después del beso en el baño todo se puso raro. No raro de “ahora salimos juntos y me lleva la mochila”. Raro de que nos evitábamos y nos buscábamos al mismo tiempo, como si los dos tuviéramos miedo de lo que había pasado pero ninguno lo quisiera borrar.
Thiago no me dijo “Cuatro ojos” nunca más. Tampoco me dijo “hola”. Me decía “Ríos” cuando no le quedaba otra —“Ríos, pasame la hoja” en Plástica, “Ríos, ¿tenés lapicera?” en Historia—. Y cada vez que lo decía yo sentía el “¿puedo?” atrás, como un eco.
Yo no le conté a nadie. Ni a mamá, ni a Santiago, ni a Valentina que un día me preguntó por qué estaba tan callada. Si lo decía en voz alta se iba a volver real, y no sabía si quería que fuera real todavía.
Lo que sí pasó fue que Santiago se dio cuenta de algo. No del beso —nadie vio el beso— pero sí de que Thiago me miraba.
Fue el martes en Literatura. Susana nos hizo leer un fragmento de Rayuela en voz alta. Me tocó a mí y después a Thiago. Yo leí bajito. Él leyó arrastrando las palabras, pero no me cargó. Cuando terminó, Santiago me pasó un papelito: “¿Todo bien con Benítez?”
Le puse que sí. Me miró raro pero no insistió.
A la salida, Thiago me esperó en el portón. Sin Ramiro. Sin Lautaro. Solo.
—¿Podemos hablar? —me dijo.
Tenía la campera bien puesta por primera vez en meses. No la colgando del hombro.
—No acá —le contesté.
Caminamos dos cuadras en silencio, hasta la plaza que está frente a la terminal. Nos sentamos en el banco de cemento, lejos de los chicos que andaban en bici.
—¿Te arrepentís? —me preguntó.
Me quedé mirando las baldosas rotas.
—No sé —le dije—. ¿Vos?
—No.
—Bueno.
Silencio otra vez.
—Yo nunca besé a nadie —dijo después, mirando para adelante—. O sea, en joda sí, en los cumpleaños de quince cuando juegan a la botella. Pero así no.
—Se notó.
Se rio bajito. —Gracias.
—No fue gracias. Fue mal.
—Ya sé. —Se pasó la mano por el pelo—. ¿Querés que lo intente de vuelta?
Casi me ahogo. —No.
—Bueno. —Se quedó callado—. ¿Puedo igual… no sé… caminar con vos a veces?
—Thiago, me decías Cuatro ojos hace un mes.
—Ya sé que fui un pelotudo. No me lo repitas cada cinco minutos.
—Te lo repito porque todavía no entiendo qué querés.
Me miró de frente. —No sé lo que quiero. Sé que cuando Santiago te habla me da bronca. Sé que cuando no te veo en el recreo te busco. Sé que me acuerdo cómo tenés la trenza cada día. Eso sé.
Me ardió la cara.
—No podés pasar de cargarme a… eso —le dije.
—No quiero cargarte más.
—Entonces no lo hagas.
—No lo hago.
Nos quedamos ahí un rato. No me agarró la mano. No me besó. Solo se quedó.
Cuando me paré para irme me dijo: —Ríos.
—¿Qué?
—Nada. Chau.
—Chau.
Esa noche no me hice la trenza. Me dejé el pelo suelto y me miré al espejo con los anteojos puestos. Me pasé la lengua por los frenillos y pensé en el “sé que me acuerdo cómo tenés la trenza cada día”.
En el cuaderno de Literatura escribí abajo del liquid paper: me besó mal y me dijo perdón y después me dijo que se acuerda de mi trenza. Lo encerré en un círculo y al lado puse un signo de pregunta.
Al otro día Thiago me esperó en la puerta del aula. No dijo nada. Solo me dejó pasar primero.
Santiago me preguntó si quería hacer el trabajo de Historia con él. Le dije que sí.
Thiago nos vio desde el fondo. No dijo nada tampoco. Pero cuando terminó la hora y yo guardaba la carpeta, me dejó un papel doblado en cuatro arriba del banco. No lo vi dármelo. Apareció ahí.
Lo abrí en el baño.
Decía: no me gusta verte hacer trabajos con él pero no te voy a decir nada porque te prometí no ser un pelotudo. Benítez.
No tenía corazón. No tenía nada dibujado. Era su letra fea, apretada.
Lo guardé en el bolsillo de adentro de la cartuchera. No lo tiré.
me gustaría una segunda parte
si quisiera saber de Lautaro pero que no intervenga en la vida de ellos el ya fue historia