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Pasado Y Caos

Pasado Y Caos

Status: En proceso
Genre:Maldición / Terror / Mundo de fantasía
Popularitas:230
Nilai: 5
nombre de autor: Reylocura@2004

Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.

NovelToon tiene autorización de Reylocura@2004 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: Donde los niños no sueñan

(Precuela – Año 1950)

San Jerónimo del Río

28 de febrero de 1950 – 21:34 hs

El orfanato de San Jerónimo del Río no estaba en ningún mapa.

Un edificio húmedo, con muros de piedra, rodeado de montes grises y un río que olía a hierro.

Algunos decían que había sido convento, otros que antes fue cárcel. Pero los más viejos del pueblo

aseguraban que siempre había estado ahí, incluso antes de que alguien escribiera su nombre.

Los pasillos parecían torcidos.

Las puertas no siempre llevaban a la misma habitación.

Las ventanas estaban clavadas desde dentro, como si quisieran que algo no escapara.

Los niños recibían reglas que se repetían como oraciones:

“Las pesadillas no se comentan.”

“Los sueños deben olvidarse antes del desayuno.”

“Nunca mires por el ventanal del ala sur.”

“Si sentís que te hablan mientras duermes, no respondas.”

Nadie entendía su origen. Pero todos las obedecían.

Elena y el cuaderno negro

01 de marzo de 1950 – 00:17 hs

Elena Varessi, 13 años, guardaba un secreto.

Había encontrado en el altillo, detrás de un piano roto, un cuaderno negro sin dueño.

En la primera página había una frase escrita con tinta oxidada:

“Las cosas que se escriben no se pueden matar.”

Desde entonces, Elena escribía cada noche.

Sobre todo, los sueños.

Se repetían:

Una casa oscura, sin cielo, que respiraba como un cuerpo.

Pasillos que se movían.

Una voz que no sonaba, pero que decía su nombre.

Una madrugada, al despertar, encontró en el cuaderno una frase que no recordaba haber escrito:

“Gracias por soñarme.”

Elena comprendió que alguien más estaba usando su mano.

El comedor en silencio

02 de marzo de 1950 – 07:10 hs

El comedor del orfanato era amplio, pero frío.

Mesas largas de madera astillada, un crucifijo torcido en la pared y un olor a sopa aguada que nunca

cambiaba.

Los niños desayunaban en silencio. Nadie hablaba. Era la norma.

Elena observaba a Jacinta, de ocho años, sentada dos bancos más allá.

La niña apenas probaba el pan duro, concentrada en doblar una servilleta. Con manos temblorosas fue

marcando pliegues hasta darle forma de pájaro.

Un pájaro de papel.

Elena sonrió. Pero cuando Jacinta levantó la figura, sus ojos se abrieron de golpe: el papel tenía un

dibujo que antes no estaba.

Un ojo cerrado. Con lágrimas alrededor.

Jacinta lo apretó fuerte, como si quisiera esconderlo.

Al fondo del comedor, las monjas vigilaban. Sus hábitos negros parecían sombras más que ropas. Una

de ellas —Sor Inés— caminó entre las filas. Su mirada se clavó en el pájaro de papel.

Sor Inés —¿Qué tenés ahí, niña?

Jacinta bajó la cabeza. No respondió.

La monja le arrancó el origami de las manos. Lo deshizo con torpeza. Pero en cada pliegue había

trazos oscuros, como si alguien hubiese escrito desde dentro del papel.

Frases torcidas, imposibles de leer del todo.

Sor Inés palideció. Rompió el papel en pedazos y lo tiró al fuego de la estufa.

El crujido del papel ardiendo sonó demasiado parecido a un suspiro.

Elena notó que Jacinta sonreía apenas, como si el fuego no lo hubiese borrado en absoluto.

Jacinta y los dibujos del cuerpo

03 de marzo de 1950 – 06:42 hs

Jacinta dormía cada noche con una hoja en blanco bajo la almohada.

Al amanecer, siempre aparecía un dibujo.

Primero, la casa oscura.

Después, fragmentos: un brazo, un ojo, una boca con demasiados dientes.

Hasta que una mañana el dibujo estuvo completo:

Una figura alta, flaca, torcida.

Un cuerpo hecho de sombra, con una costura abierta en el pecho.

Y dentro de esa costura… algo que latía.

Cuando Elena lo vio, se le secó la garganta.

Elena —¿Qué es esto? —susurró.

Jacinta escribió en su pizarrita: “Cuerpo.”

Elena —¿De quién?

Jacinta levantó la pizarra de nuevo: “De la cosa.”

Las primeras grietas

05 de marzo de 1950 – 03:11 hs

Ese mes, el orfanato empezó a romperse.

Un niño despertó con las uñas arrancadas, asegurando que “alguien lo miraba desde adentro de la cama”.

Una monja se arrojó por la escalera y sobrevivió, pero con la lengua mordida hasta el muñón. Nunca

volvió a hablar.

Puertas aparecían en muros donde antes había piedra lisa.

El padre Mauricio, el director, quemó el colchón del niño y colgó crucifijos nuevos en cada cuarto.

Pero nadie volvió a dormir tranquilo.

Jacinta dibujó otra vez.

Esta vez no era un monstruo.

Era el orfanato mismo.

Pero dentro del cuerpo de la criatura:

las ventanas eran ojos, las puertas, bocas.

Y los niños, pequeñas figuras atrapadas en las paredes.

El espejo y el altar de papel

07 de marzo de 1950 – 23:55 hs

Elena bajó al baño común. El espejo estaba cubierto con una tela.

Lo destapó.

No se reflejó a sí misma.

Vio la casa oscura.

Y en la puerta, la figura que Jacinta había dibujado.

En el vidrio empañado apareció una palabra:

“Gracias por recordarme.”

Mientras tanto, en la capilla, Jacinta colocaba sus dibujos en el altar, uno por uno.

Formaron un cuerpo completo.

Las hojas ya no parecían papel, sino piel seca, temblando con un latido imperceptible.

La vela más cercana se apagó sola.

Y desde las paredes se oyó un susurro colectivo:

“Solo falta que lo escuchen.”

Jacinta sonrió.

Jacinta —Él ya está en nosotros.

Diario de Elena

08 de marzo de 1950 – 02:00 hs

En su cuaderno negro, Elena escribió por última vez esa noche:

“La entidad no vino con forma.

Fue creada.

Soñada.

Primero fue una casa en el silencio de los niños rotos.

Jacinta le dio un cuerpo.

Y ahora solo necesita alimentarse.

En San Jerónimo del Río, donde nadie sueña pero todos sufren,

hay alimento suficiente para despertar un dios hecho de dolor.”

Cerró el cuaderno.

Lo guardó bajo la cama.

Y sin saberlo, había dado inicio a una cadena que se repetiría siglo tras siglo.

La primera grieta.

El primer cuerpo.

El primer recuerdo del mal.

El registro que no debía existir

08 de marzo de 1950 – 05:47 hs

Padre Mauricio entró a la oficina del orfanato con una vela temblorosa.

El suelo aún olía a cera quemada y a humedad rancia.

Sobre su escritorio había un cuaderno distinto a los demás: tapas grises, con la inscripción “Oscura Memoria”.

No lo había escrito él.

Las páginas aparecieron esta madrugada, llenas de frases retorcidas, como si manos de distintos

niños hubieran escrito a la vez:

“Él no duerme.”

“Si lo soñás, vuelve.”

“Nosotros somos su cuerpo.”

“No olviden el 31 de febrero.”

Padre Mauricio, temblando, cerró el libro y lo guardó en una caja de madera marcada con una cruz.

Rezaba mientras la sellaba, pero no podía dejar de leer lo que estaba escrito en la última página:

“Nos van a recordar en la grieta.

Nos van a escuchar en sus sueños.

Nos van a despertar en los recuerdos.”

El cura sintió un escalofrío y dejó caer la vela.

Las sombras en la pared parecían reír.

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