Completa
Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.
Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.
Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.
Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.
Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:
Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.
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Capítulo 11 — La mañana después
La luz entró antes que el ruido.
Sofía abrió los ojos despacio — una vez, dos — y tardó un segundo en recordar dónde estaba. El techo era diferente al de su cuarto en casa de Doña Carmen. La almohada olía diferente. Todo olía diferente.
Olía a él.
Se quedó quieta.
A su lado, Andrés dormía boca arriba con un brazo sobre los ojos y el pecho subiendo y bajando con esa calma absoluta de quien duerme sin culpa y sin miedo. Las sábanas le llegaban a la cintura. La ventana dejaba entrar la luz del amanecer en franjas doradas que le cruzaban el torso — ese torso que Sofía había estudiado con las manos la noche anterior con una atención que nunca le había dado a ningún arrecife de coral.
Sonrió sola.
Y dejó que los recuerdos llegaran.
Habían empezado despacio.
Así era Andrés — despacio en todo, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo y hubiera decidido usarlo completo. La había besado en el porche hasta que el vino se enfrió y el mar se oscureció y ninguno de los dos recordaba de qué habían estado hablando, y luego la había llevado adentro con esa facilidad suya que hacía que todo pareciera natural — inevitable, casi — como si no hubiera otra dirección posible.
En la habitación la había mirado.
Nada más. Solo mirado.
Con los ojos azules oscurecidos y las manos quietas en su cintura, como tomándose un momento para guardar eso — ella, ahí, en su cuarto, mirándolo de vuelta sin esconderse.
—Sos increíble — había dicho, en voz baja. No como un cumplido. Como una constatación.
Y entonces había empezado a besarla.
En la boca primero — profundo, sin prisa — con las manos recorriéndole la espalda como si necesitara aprendérsela de memoria. Sofía había sentido ese calor suyo expandiéndose desde cada punto de contacto hacia adentro, hacia abajo, hacia todas partes.
Luego el cuello.
Andrés había encontrado el punto exacto bajo su oído — ese que Sofía no sabía que existía hasta que él lo encontró — y se había quedado ahí con los labios y el aliento cálido hasta que ella tuvo que apoyarse en él porque las rodillas tomaron la decisión de no seguir funcionando solas.
—Andrés — había susurrado.
—Acá estoy — había respondido él, contra su piel.
Y esas dos palabras habían sido suficientes para que Sofía entendiera que con este hombre — con este específicamente — no había nada que temer.
Lo que vino después fue lento y ardiente a la vez.
Sus manos — esas manos grandes que manejaban lanchas y redes y tormentas — resultaron ser capaces de una delicadeza que Sofía no esperaba. La recorrieron completa con una atención que la hacía sentir vista de una manera que iba más allá de lo físico. Cada curva, cada centímetro, cada parte de ella que alguna vez había querido esconder — Andrés las encontraba y se quedaba ahí, sin apuro, como diciéndole sin palabras que todo lo que ella era le parecía exactamente suficiente.
Más que suficiente.
La besó en el hombro. En la clavícula. En el nacimiento del cuello.
Y cuando Sofía pensó que no podía querer más — que el deseo ya había llegado a su límite posible — Andrés demostró que ese límite era mucho más lejos de lo que ella creía.
Se tomó su tiempo.
Con cada parte de ella.
Con una paciencia que era en sí misma una forma de decirle algo que todavía no había puesto en palabras.
Sofía había enterrado los dedos en su pelo — oscuro, espeso — y se había dejado llevar completamente. Porque con Andrés dejarse llevar no se sentía como perder el control. Se sentía como confiar. Y confiar en ese hombre, descubrió esa noche, era la cosa más fácil que había hecho en mucho tiempo.
Después habían quedado enredados — ella con la cabeza en su pecho, él con el brazo rodeándola — escuchando el mar afuera y sin necesidad de decir nada.
Había sido él quien habló primero.
—¿Estás bien? — había preguntado, en voz baja.
—Más que bien — había respondido ella.
Había sentido más que visto su sonrisa.
—Bien — había dicho él. Y en esa sola palabra había tanta satisfacción tranquila que Sofía se había reído sola contra su pecho.
—¿Qué? — había preguntado él.
—Nada — había dicho ella —. Que sos exactamente como imaginé que ibas a ser.
Una pausa.
—¿Me imaginaste?
—Andrés.
—Solo pregunto.
—Desde la segunda semana — había admitido ella.
Él había apretado el brazo que la rodeaba. Apenas.
Pero ella lo sintió.
De vuelta en el presente, con la luz del amanecer creciendo y el mar sonando afuera, Sofía miró el techo y sonrió de una manera que no había sonreído en años.
Completa. Sin reservas. Sin la parte de atrás del cerebro calculando riesgos.
A su lado, Andrés se movió.
Bajó el brazo de los ojos. Parpadeó. La miró.
Y lo primero que hizo — antes de hablar, antes de moverse — fue buscar su mano bajo las sábanas y tomarla.
—Buenos días — dijo, con la voz ronca del sueño.
—Buenos días — respondió ella.
La miró durante un momento con esa expresión nueva que Sofía había descubierto la noche anterior — abierta, sin paredes, sin el peso de todo lo que normalmente cargaba.
—¿Te arrepentís de algo? — preguntó.
Sofía lo miró.
—De nada — dijo.
Andrés asintió despacio. Le llevó la mano a los labios. La besó. comenzaron de nuevo el se prendió al instante ella correspondió ella tomó la iniciativa se monto encima de el, el la tomó por la cintura ella beso el pecho grande y musculoso de andres hasta llegar abajo el la tomó y la puso abajo de inmediato le beso el cuello y bajo a su pecho las beso mientras besaba una acariciaba la otra ella gemía sentía que el corazón se le iba a salir del pecho, el entró en ella su miembro era grande ella sentía mucho ardor y dolor al mismo tiempo el le daba duro con movimientos ella lo disfrutaba hasta que los dos llegaron el término dentro de ella, se quedaron unos minutos descansando hasta que el salio de ella.
Y afuera el mar de Puerto Sereno amaneció completamente tranquilo — como si supiera, como si siempre hubiera sabido, que algo importante acababa de encontrar su lugar.
Fue el ruido de la puerta lo que los sacó del momento.
Un golpe. Pequeño. Impaciente.
Y luego una voz agudísima que atravesó la casa entera:
—¡PAPÁÁÁÁ! ¡Abuela me trajo temprano! ¡Papá! ¡PAPÁ! ¿Estás dormido todavía? ¡Son las siete y media!
Andrés cerró los ojos.
Sofía se envolvió en las sábanas.
—Valeria — dijo él, en un tono que era mitad resignación mitad amor absoluto.
—Sí — confirmó Sofía, con risa y nervios a la vez.
Andrés la miró. Y se rió — de verdad, completo, con los ojos cerrados — antes de levantarse a buscar su ropa con la eficiencia de un hombre que claramente había aprendido a moverse rápido desde que tenía una hija de siete años.
—Quedáte — le dijo a Sofía, ya en la puerta —. Voy a hablar con ella.
—¿Y qué le vas a decir?
Se detuvo. La miró.
—La verdad — dijo, simplemente —. Que tengo una amiga muy especial que. Encontré a dormir.
Sofía lo miró.
—¿Amiga? — dijo, arqueando una ceja.
Andrés sonrió — esa sonrisa completa, sin reservas.
—Algo más que amiga — corrigió.
Y salió a recibir a su hija.
Sofía se quedó en la cama escuchando — la voz aguda de Valeria haciendo preguntas, la voz grave de Andrés respondiéndolas con paciencia, y en algún momento una risita de la niña que le llegó directo al corazón.
Miró la ventana. El mar. El cielo azul de Puerto Sereno amaneciendo sobre todo.
Y escribió mentalmente — porque el cuaderno estaba en casa de Doña Carmen — las palabras que pondría después:
Vine al mar a estudiar los arrecifes.Encontré algo que no estaba en ningún mapa. Y por primera vez en mucho tiempo no quiero irme cuando termine el trabajo.
Por primera vez quiero quedarme.
Fin del Capítulo 11 ✨