Lian es un omega recesivo con un aroma tan tenue que casi nadie lo nota. Y así lo prefiere. En el Conglomerado Valerius es el mejor analista del área de ventas y, al mismo tiempo, el padre soltero de dos gemelos de seis años con cabello blanco como la nieve y ojos de un gris imposible de olvidar.
Hace siete años, una noche de tormenta y un alfa dominante sin rostro lo cambiaron todo. Por la mañana, Lian despertó solo. Desde entonces ha guardado ese secreto con uñas y dientes.
Hasta que llega Dominic Valerius, el heredero del imperio: frío, implacable, de ojos de tormenta y un aroma a tierra mojada que Lian conoce demasiado bien.
Dominic sospecha de él. Lian le huye. Pero hay olores que el cuerpo no olvida, y una noche de lluvia, en la habitación 408 de un hotel, ya no habrá modo de seguir fingiendo.
Cuando la verdad salga a la luz, también saldrán a la luz los enemigos que esperan en la sombra de la familia Valerius. Porque proteger a los hijos de un alfa poderoso tiene un precio... y no todos están dispuestos a que esa familia siga unida.
¿Podrá un omega que lo perdió todo defender la familia que nunca se atrevió a soñar?
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Capítulo 19
La brisa suave del mar traía una frescura agradable que contrastaba con la iluminación cálida e íntima del restaurante. El local, situado en un punto elevado frente al mar, había sido escogido con esmero por Dominic por su sofisticación y, sobre todo, por su privacidad.
Lian caminaba despacio por el salón de piso de madera noble, con los deditos de Ren entrelazados a los suyos. El niño miraba a todos lados con los ojos muy abiertos, fascinado por las lámparas de cristal y el sonido suave del piano que sonaba de fondo. A su lado, Dominic lucía una postura relajada que Lian rara vez había visto en la oficina: llevaba un suéter azul marino de cuello alto bajo un abrigo elegante y cargaba a Yuri con toda comodidad. El pequeño alfa de cabello blanco apoyaba la cabeza en el hombro de su papá, agarrado con una manita al cuello del abrigo, mientras observaba las luces de la ciudad reflejadas en las olas.
El mesero los guio hasta una mesa discreta al fondo del salón, resguardada por paneles de madera labrada y con una vista panorámica impresionante del océano oscuro, donde la luna llena trazaba un camino de plata sobre el agua.
—Pónganse cómodos —dijo Dominic con su voz grave y acogedora, y ayudó a Yuri a sentarse en la silla acolchada junto a Lian antes de acomodarse en la cabecera.
—¡Mira, mamá! ¡El agua está brillando! —señaló Ren, pegando la nariz al vidrio del gran ventanal de la terraza.
—Es precioso, mi amor —sonrió Lian, acomodando la servilleta en el regazo de su hijo. El rubor de los recuerdos del sótano de la empresa ya había dado paso a un brillo sereno y tranquilo en su mirada verde—. Pero siéntate bien, por favor.
Yuri miró el menú y después a Dominic, y le jaló con suavidad la manga del suéter.
—Papá... ¿puedo pedir esa pasta con queso que salía en la foto del papel?
La palabra «papá», pronunciada con tanta naturalidad por Yuri, le llenó el pecho a Dominic de un calor abrumador. El alfa sonrió, con una sonrisa abierta y genuina, y se inclinó para cubrir con su mano la manita de su hijo sobre la mesa.
—Puedes pedir lo que quieras, Yuri. Esta noche es toda de ustedes.
La cena transcurrió en un clima de ligereza y magia que Lian nunca había imaginado vivir. Entre las risas por las travesuras de los gemelos en la escuela y el cariño silencioso de las manos de Dominic y Lian que se encontraban bajo la mesa, la sensación de que se pertenecían se había vuelto sólida e incuestionable. Durante unas horas, el miedo a Carlos, las presiones del conglomerado y los rumores de los pasillos simplemente dejaron de existir.
Mientras los niños se entretenían con el postre de helado (gelato) de fresa, Dominic se recargó en la silla y contempló el rostro de Lian, iluminado por la luz suave de las velas sobre la mesa.
—Estás distante —comentó Dominic en voz baja, aprovechando que los niños discutían animadamente sobre cuál era el helado más rico.
—No estoy distante —respondió Lian, haciendo girar despacio la copa de agua. Miró a Dominic con una sonrisa tímida y sincera—. Solo estoy... intentando guardar cada detalle de este momento en la memoria. Durante siete años soñé con el día en que ellos tendrían esto. En que nosotros lo tendríamos.
Dominic extendió el brazo sobre la mesa, tomó los dedos de Lian y los apretó con firmeza y devoción.
—Esto no es un sueño pasajero, Lian. Es nuestra vida a partir de ahora. Te prometo que nada ni nadie va a quitarnos esta paz.
Lian asintió, dejándose llevar por la mirada gris oscuro que tanto lo fascinaba. Por un instante, la felicidad pareció completa e inquebrantable.
Pero al otro lado del salón, oculto en la penumbra de la entrada principal del restaurante, el flash discreto de una cámara fotográfica silenciosa se disparó dos veces y capturó la imagen perfecta de aquella mesa familiar: el director del Conglomerado Valerius, el analista sénior del área de ventas y los dos niños de cabello blanco y ojos grises sonriendo juntos.