ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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LA VERDAD DETRÁS DE LA OSCURIDAD
—¡Sebastián!
Valentina corrió por el pasillo sin detenerse. Alejandro iba detrás de ella, y el sonido de sus pasos resonaba contra las paredes del garaje.
Al doblar la esquina, encontró una puerta abierta y varias herramientas esparcidas por el suelo. Más adelante, Sebastián estaba de rodillas junto a un hombre vestido de negro.
—¡Sebastián! —gritó ella, acercándose—. ¿Estás bien?
Él levantó la cabeza. Tenía el labio partido y una pequeña herida en la ceja.
—Te dije que no me siguieras.
—¡Y yo no estoy acostumbrada a obedecerte!
—Valentina, no es momento de discutir.
—Pues deja de darme motivos.
Sebastián estuvo a punto de responder, pero Alejandro llegó hasta ellos y miró al hombre que permanecía en el suelo.
—¿Lo atrapaste?
—Intentó escapar por la puerta trasera —contestó Sebastián—. Cuando lo alcancé, me golpeó. No esperaba que supiera pelear.
El desconocido soltó una risa burlona.
—Deberías haber aprendido a no meterte en asuntos que no te corresponden, Montenegro.
Sebastián lo agarró de la chaqueta.
—¿Quién te envió?
El hombre no respondió.
—¡Te hice una pregunta!
—Sebastián, suéltalo —intervino Alejandro—. No conseguirás nada golpeándolo.
—¿Ahora vas a darme lecciones de moral?
Alejandro apretó los labios, pero no contestó.
Valentina observó al desconocido. Llevaba guantes negros y una máscara que le cubría parte del rostro. En una de sus manos había un pequeño dispositivo electrónico.
—¿Qué buscabas aquí? —preguntó ella.
El hombre giró la cabeza hacia Valentina.
—Tú debes de ser la hija de Clara.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Cómo sabes el nombre de mi madre?
El desconocido sonrió.
—Pregúntale qué hizo hace seis meses.
Sebastián se puso de pie de inmediato.
—No vuelvas a mencionar a su madre.
—¿O qué? ¿Vas a hacer conmigo lo mismo que hiciste con tu padre?
El rostro de Sebastián cambió.
Durante un instante, Valentina creyó que iba a golpearlo.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó Sebastián con una voz tan fría que resultaba aterradora.
El hombre aprovechó la distracción para lanzar el dispositivo contra una pared. El aparato se rompió con un chasquido y, antes de que pudieran detenerlo, sacó algo pequeño del bolsillo y lo arrojó al suelo.
Una nube de humo llenó el pasillo.
—¡Maldita sea! —gritó Alejandro.
Valentina comenzó a toser. Sintió que alguien la sujetaba por la cintura y la apartaba de los restos del dispositivo.
—¡Ven conmigo! —ordenó Sebastián.
Cuando el humo empezó a disiparse, el desconocido había desaparecido.
Sebastián golpeó la pared con el puño.
—¡Mierda!
—¿Estás loco? —Valentina lo tomó de la mano y vio que tenía los nudillos enrojecidos—. ¡Te vas a hacer daño!
Él la miró como si acabara de recordar que ella estaba allí.
—Estoy bien.
—No, no lo estás.
Sebastián intentó apartarse, pero Valentina no lo soltó.
—Déjame ver la herida de tu ceja.
—No hace falta.
—Sebastián.
—¿Qué?
—Por una vez, deja de comportarte como un idiota y siéntate.
Alejandro soltó una pequeña carcajada.
—Tengo que reconocer que nadie te habla así.
Sebastián lo fulminó con la mirada.
—Ni una palabra más.
—Como quieras.
A pesar de la tensión, Valentina no pudo evitar sonreír. Sebastián lo notó, y durante un segundo su expresión se suavizó.
—¿Te estás riendo de mí?
—Un poco.
—Eres insoportable.
—Y tú me adoras.
La frase salió de sus labios antes de que pudiera detenerla.
Los tres guardaron silencio.
Valentina sintió que se le calentaban las mejillas.
—Era una broma —aclaró rápidamente.
Sebastián se acercó un paso.
—Claro. Una broma.
Sus ojos se encontraron y el mundo pareció detenerse por un instante. Él tenía una pequeña herida en el rostro, el cabello desordenado y una mirada que hacía que Valentina olvidara todas las razones por las que debía mantenerse alejada.
Alejandro carraspeó deliberadamente.
—Me alegra saber que seguimos vivos. Ahora, ¿podemos averiguar quién demonios acaba de entrar en el garaje?
Valentina se apartó de Sebastián.
—Sí. Y alguien va a empezar a darme respuestas.
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Unos minutos después, los tres estaban en el pequeño despacho que Alejandro Montenegro utilizaba para revisar los asuntos de la casa. Sebastián había limpiado su herida, aunque Valentina insistió en colocarle una pequeña venda.
Él se quedó sentado mientras ella trabajaba.
—No sabía que también eras enfermera —comentó.
—Y yo no sabía que eras tan quejica.
—Me estás apretando demasiado.
—¿Quieres que te la quite?
—No.
Valentina sonrió discretamente.
—Eso pensaba.
Alejandro, que examinaba los restos del dispositivo recuperado antes de que se rompiera por completo, los observó de reojo.
—¿Siempre son así?
—Peor —respondió Sebastián.
—Él empezó —dijo Valentina.
—¿Ves? —Alejandro señaló a Sebastián—. Te lo advertí. Esa chica va a acabar contigo.
Sebastián dejó de sonreír.
—No tienes ni idea.
La respuesta sonó más seria de lo que pretendía.
Valentina terminó de colocar la venda y retiró las manos.
—Listo.
—Gracias —murmuró él.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Acabas de darme las gracias?
—No te acostumbres.
Valentina negó con la cabeza, divertida, y se sentó frente a Alejandro.
—Ahora sí. Quiero saber qué relación tenía ese hombre con mi madre.
Alejandro dejó el dispositivo sobre el escritorio.
—No podemos asegurar que tenga una relación directa con ella.
—Sabía su nombre. Sabía quién era yo. Y dijo que debía preguntarle qué hizo hace seis meses. ¿Te parece poca cosa?
—No —admitió él—. Pero necesitamos pensar antes de actuar.
Sebastián apoyó los codos sobre las rodillas.
—Ese hombre no vino a robarnos. Sabía exactamente dónde encontrarme y estaba buscando algo.
—¿La llave? —preguntó Valentina.
Sebastián sacó la pequeña pieza metálica del bolsillo.
—Puede ser.
Alejandro se inclinó para observarla.
—Entonces debemos averiguar qué abre.
—¿Y dónde está el taller antiguo? —preguntó Valentina.
Sebastián levantó la cabeza.
—¿Cómo sabes lo del taller?
—Porque Alejandro lo mencionó antes de que se apagaran las luces. ¿Recuerdas? Estaba escuchando.
Alejandro asintió.
—Está en una propiedad que pertenecía a tu padre. Lleva años cerrada.
—¿Y por qué no hemos ido antes? —preguntó ella.
Sebastián guardó la llave.
—Porque no sabemos qué encontraremos allí.
—¿Y no crees que después de lo que acaba de pasar deberíamos averiguarlo?
—No vas a ir.
Valentina se levantó de golpe.
—¡No vuelvas a decidir por mí!
—Ese lugar puede ser peligroso.
—¡Acabamos de tener a un desconocido amenazándonos dentro de tu propio garaje! ¡La seguridad de esta casa tampoco parece precisamente excelente!
Alejandro tuvo que disimular una sonrisa.
Sebastián se pasó una mano por el rostro.
—Valentina, escúchame. No estoy intentando controlarte.
—Pues te sale estupendamente.
Él se levantó y quedó frente a ella.
—Estoy intentando protegerte.
—¿De quién? ¿De ese hombre? ¿De tu pasado? ¿O de las cosas que tú mismo no te atreves a contarme?
Sebastián no respondió.
Valentina sintió que la rabia empezaba a mezclarse con algo mucho más doloroso.
—No puedes acercarte a mí cuando tienes miedo de que me pase algo y después apartarme cada vez que intento conocerte.
Él la miró fijamente.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—Entonces explícame por qué debería dejar de pedirlo.
Durante varios segundos, Sebastián pareció luchar contra sí mismo.
Finalmente, habló en voz baja.
—Porque las personas que se acercan demasiado a mí terminan sufriendo.
Valentina sintió un nudo en la garganta, pero no apartó la mirada.
—Quizá deberías dejar de decidir por ellas.
Por primera vez, Sebastián no tuvo una respuesta arrogante.
Alejandro los observó en silencio. La tensión entre ambos era evidente, y aunque intentó ignorarla, una parte de él sabía que Valentina estaba empezando a ocupar un lugar en la vida de su amigo que nadie más podía alcanzar.
Y eso le preocupaba.
---
Eran casi las dos de la madrugada cuando Valentina regresó a su habitación.
Antes de subir, Sebastián la acompañó hasta las escaleras.
—Valentina.
Ella se volvió.
—¿Qué pasa ahora?
Él metió las manos en los bolsillos.
—Lo de esta noche… no debiste haber venido sola.
—No fui sola. Estabas tú.
Sebastián sonrió apenas.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí. Y tú sabes que no voy a dejar de hacer preguntas.
—Lo sé. Ese es precisamente el problema.
Valentina comenzó a subir, pero él la llamó de nuevo.
—Oye.
Ella se giró.
—¿Qué?
Sebastián dudó unos segundos antes de hablar.
—Gracias por preocuparte por mí.
Valentina sintió que algo se le removía en el pecho.
—No te acostumbres —respondió, repitiendo sus palabras de antes.
Él sonrió.
—Demasiado tarde.
Ella subió el resto de las escaleras intentando ocultar su sonrisa.
Pero cuando llegó a su habitación, la realidad volvió a alcanzarla.
Su madre.
La fotografía que había visto en el teléfono de Sebastián antes de que comenzara todo seguía rondándole la cabeza. Clara nunca le había hablado de una relación con Alejandro Montenegro antes de casarse con él.
¿Y si su madre también guardaba secretos?
Valentina tomó su teléfono y buscó el contacto de Clara. Estuvo a punto de llamarla, pero vio que tenía un mensaje sin leer de un número desconocido.
Lo abrió.
«La persona que entró en el garaje no buscaba la llave. Buscaba la fotografía que tu madre todavía conserva».
Valentina sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Un segundo mensaje apareció inmediatamente después.
«Mañana, a las diez de la noche, ven al antiguo taller. Lleva la llave y no le digas a Sebastián. Si quieres conocer la verdad sobre su padre, tendrás que decidir en quién confías».
Valentina leyó las palabras una y otra vez.
No sabía quién estaba detrás de aquellos mensajes. Tampoco sabía si debía creerlos.
Pero una cosa estaba clara: alguien conocía los secretos de ambas familias y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para mantenerlos ocultos.
Su teléfono vibró de nuevo.
Esta vez era un mensaje de Sebastián.
«¿Llegaste bien a tu habitación?»
Valentina sonrió involuntariamente y respondió:
«Sí, mamá».
La respuesta de Sebastián llegó casi al instante.
«Muy graciosa. Buenas noches, problemática».
Ella escribió:
«Buenas noches, arrogante».
Dejó el teléfono sobre la cama y se acercó a la ventana.
Abajo, junto al garaje, Sebastián seguía despierto. Estaba hablando por teléfono, y su expresión era tan seria que Valentina apenas lo reconoció.
Entonces él dijo algo que la dejó helada.
—No. Ella todavía no sabe nada. Y voy a asegurarme de que siga así.
Valentina se apartó de la ventana.
¿Estaba hablando de ella?
¿Y qué era exactamente lo que Sebastián no quería que descubriera?
Volvió a mirar el mensaje del desconocido.
A las diez de la noche siguiente tendría que tomar una decisión.
Confiar en Sebastián y arriesgarse a seguir viviendo entre sus mentiras…
O acudir al taller y descubrir una verdad que quizá destruyera todo lo que empezaba a sentir por él.
Valentina cerró los ojos.
Lo que todavía no sabía era que, mientras ella intentaba decidir en quién confiar, Sebastián acababa de recibir una fotografía en su teléfono.
En ella aparecía Valentina entrando en el garaje aquella misma noche.
Debajo había una sola frase:
«Si de verdad quieres protegerla, aléjala de tu familia. Antes de que descubra lo que hizo su madre».
Sebastián apretó el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Por primera vez en seis meses, sintió que estaba perdiendo el control de todo.
Y esta vez, la persona que podía salir herida no era él.
Era Valentina.