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Vínculos De Sangre Y Seda

Vínculos De Sangre Y Seda

Status: En proceso
Genre:Romance / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:627
Nilai: 5
nombre de autor: Den Arg

En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.

Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.

Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.

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CAPÍTULO 4: EL INTERROGATORIO Y EL AVISO

El taller mecánico situado en los suburbios industriales de Queens operaba como una fachada perfecta para las operaciones clandestinas de la familia Romano. Por fuera, montones de chatarra, neumáticos desgastados y un letrero descolorido anunciaban un negocio de repuestos fuera de horario; por dentro, tras una pesada puerta de acero reforzado que simulaba ser un cuarto frío para motores, se encontraba un sótano inmaculado, iluminado por luces fluorescentes de tono quirúrgico y equipado con suelos de desagüe preparados para cualquier contingencia.

Eran pasadas las dos de la mañana cuando el eco de unas pisadas firmes rompió el silencio del recinto.

Matteo Romano cruzó la puerta de acero con el abrigo oscuro ligeramente mojado en los bordes y el cuello de la camisa desabrochado. Detrás de él caminaban Gabriel, con las manos enfundadas en los bolsillos de su gabardina, y Leo, el hermano menor, que se mostraba visiblemente ansioso por la acción.

En el centro de la estancia, amarrado fuertemente a una silla de metal con cinchas de nailon, se encontraba el único superviviente de la emboscada. Tenía el rostro cubierto de contusiones, un corte profundo en la ceja derecha y la pierna izquierda vendida de manera rudimentaria con gasas manchadas de sangre seca para contener el impacto de bala que había sufrido en el bosque.

—Despiértenlo —ordenó Matteo con voz seca, sin mirar al prisionero.

Gabriel se acercó de inmediato y le arrojó un cubo de agua helada directamente al rostro. El hombre sacudió la cabeza con violencia, tosiendo, escupiendo sangre y abriendo los ojos desmesuradamente al enfocar las siluetas que lo rodeaban bajo la luz blanca.

—Vaya, vaya... el pajarito cantará hoy una melodía muy distinta a la que ensayaba en la carretera —bromeó Leo con una sonrisa torcida, sacando una navaja de muelle y abriéndola con un chasquido metálico para empezar a limpiar sus uñas con fingida despreocupación.

Matteo caminó lentamente hacia el prisionero. Se detuvo a menos de un metro, apoyó las manos en las caderas y lo observó con una fijeza que intimidaba más que cualquier golpe. No había furia en su expresión; solo un vacío gélido y calculador.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Matteo con total calma.

El hombre tragó saliva con dificultad, intentando mantener la compostura a pesar del temblor evidente en sus labios.

—Ch... Christian... Me llaman Chris... —respondió con voz ronca.

—Bien, Christian. Hagamos esto sencillo para ahorrar tiempo —dijo Matteo, inclinándose ligeramente hacia adelante para quedar a la altura de su rostro—. Alguien vendió la ruta exacta de mi convoy esta noche. Alguien sabía la hora exacta de salida de la finca de los Moretti y el punto exacto del desvío en la ruta 25. En este negocio hay dos tipos de personas: los que cobran por traicionar y los que terminan enterrados en el río antes del amanecer. Tú estás a un segundo de cruzar esa línea. ¿Quién te dio la información?

Christian sacudió la cabeza con desesperación, forcejeando contra las cinchas de nailon que le quemaban la piel de las muñecas.

—¡No lo sé! ¡Te lo juro por mi madre! —gritó el hombre con desesperación—. A nosotros solo nos contrataron a través de una aplicación encriptada y un intermediario anónimo. Nos pagaron el cincuenta por adelantado en criptomonedas y el resto iba a entregarse tras el ataque. ¡No sabemos quién está arriba!

Leo dio un paso al frente, impaciente, y le apoyó la punta de la navaja fría contra la garganta.

—Qué bonita historia, idiota. A ver si inventas otra un poco más creíble, porque al jefe no le gustan los cuentos de hadas.

—Es verdad, ¡es verdad! —suplicó Christian, con lágrimas mezclándose con el sudor y la sangre de su frente—. ¡Solo nos dieron las coordenadas por GPS y una señal de radio en frecuencia abierta! Nos dijeron que era un convoy de contrabando menor de los Romano, ¡jamás nos dijeron que era el mismísimo Don Vincenzo y su heredero! Si hubiera sabido que eran ustedes, ni por todo el oro del mundo acepto el encargo...

Matteo levantó una mano para frenar a su hermano. Observó los ojos del prisionero, buscando la vacilación típica del mentiroso, pero solo encontró el terror genuino de un mercenario de poca monta que se había metido en una guerra de gigantes.

—Gabriel —dijo Matteo sin apartar la mirada del herido—. Verifica el dispositivo móvil que le incautaron en el tiroteo. Rastrea el origen de los fondos y el número de la frecuencia de radio.

—Ya está en marcha, Matteo —respondió Gabriel, tecleando rápidamente en una tablet blindada conectada a un servidor portátil—. Los metadatos de los mensajes apuntan a un servidor proxy en el extranjero, pero el rastro de la señal de radio de corto alcance indica que el emisor de las coordenadas no estaba en el bosque con ellos... estaba posicionado en una colina a menos de dos kilómetros de la autopista, con línea visual directa al paso elevado.

—Alguien coordinó la emboscada desde una posición de observación —murmuró Matteo, apretando ligeramente los dientes—. Alguien que conocía nuestros movimientos al milímetro.

—¿Pudo ser Stefano Moretti? —preguntó Leo, guardando la navaja con frustración—. Firmaron el tratado hace apenas unas horas, pero los viejos zorros de esa familia son expertos en sonreír con la pluma en la mano mientras te clavan el puñal por la espalda.

—No fue Stefano —sentenció Matteo con seguridad rotunda—. Si los Moretti quisieran romper el pacto mediante una emboscada, habrían usado a sus mejores hombres, no a una célula improvisada de mercenarios callejeros que dejan rastro digital en la primera app que encuentran. Esto tiene el sello de alguien que quiere sabotear el matrimonio antes de que se celebre. Alguien que no quiere que la paz entre los Romano y los Moretti prospere bajo ningún concepto.

Matteo se giró hacia Christian, que respiraba de manera agitada, esperando su sentencia. El heredero de los Romano sacó un cigarrillo de su bolsillo, lo encendió con parsimonia y exhaló una densa columna de humo hacia el techo del sótano.

—¿Qué... qué van a hacer conmigo? —preguntó el mercenario con un hilo de voz.

—La vida de un peón que no sabe quién es su jefe no vale el costo de una bala —dijo Matteo con total indiferencia, dándose la vuelta para caminar hacia la salida—. Gabriel, entrégalo a la policía portuaria a través de nuestros contactos anónimos. Que pase los próximos diez años en una celda federal reflexionando sobre sus malas elecciones de vida.

—Entendido —asintió el guardaespaldas.

—¿Y ahora qué hacemos, hermano? —preguntó Leo, siguiendo los pasos de Matteo hacia el exterior del taller—. Si hay saboteadores externos intentando boicotear la tregua, la boda en un mes va a ser un blanco móvil para cualquiera que quiera desatar una guerra total en la ciudad.

—Ahora vamos a hacer exactamente lo que dicta el acuerdo —respondió Matteo deteniéndose junto a la puerta de salida, con la mirada perdida en la oscuridad de la noche de Queens—. Vamos a acelerar los preparativos de la boda. Y a partir de mañana, la seguridad de Elena Moretti no estará solo supervisada por su familia... pasará a estar bajo mi control absoluto.

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