Cristine Gómez es una talentosa diseñadora de Queens que acaba de conseguir el trabajo de sus sueños. Para celebrarlo, viaja a Las Vegas con su novio, sin imaginar que él planea emborracharla para casarse por interés. En el mismo registro civil se encuentra Jacob Fernández, el frío y arrogante heredero del imperio textil Vanguard, quien asiste bajo el chantaje de su ambiciosa prometida.
Un error administrativo de la capilla, sumado a una severa resaca etílica, hace que Jacob y Cristine firmen el acta equivocada. Al despertar, están legalmente casados.
Cuando la foto del escándalo llega a la prensa de Nueva York, las acciones de la multinacional se desploman. Para salvar el imperio, Jacob obliga a Cristine a firmar un contrato de convivencia forzada y fingir que se aman ante la alta sociedad. En un ático lleno de lujo, desprecio e hilos de una pasión secreta e intensa, descubrirán que el peor error de sus vidas fue el diseño perfecto del destino.
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CAPITULO 6. EL VUELO DEL PECADO
El cielo de Nueva York se desvanecía tras una densa capa de nubes grises mientras el motor del avión rugía en pleno despegue. A miles de metros de altura, las dos parejas compartían el mismo destino en la ciudad del pecado, pero las realidades que se respiraban dentro de las cabinas del avión eran abismalmente opuestas.
En la zona de primera clase, el lujo silencioso resultaba asfixiante para Jacob. Estaba reclinado en su inmenso asiento de piel, con la mirada fija en la ventanilla, contemplando la inmensidad del cielo sin verla realmente. Llevaba el pulso acelerado y una furia sorda atrapada en el pecho. La bronca monumental que había tenido con su padre Charles minutos antes de salir de la torre de Vanguard Textiles seguía resonando en su cabeza como un eco tortuoso. “El imperio o la calle, Jacob. Tú eliges”. El chantaje de las fotografías y el peso de las acciones de David, el padre de Sara, lo tenían completamente acorralado.
A su lado, Sara disfrutaba de su copa de champán premium con una tranquilidad que a Jacob le revolvía el estómago. Se la veía radiante, revisando un catálogo de joyas en su tableta digital. Ella ya se sentía la ganadora de la partida, la futura esposa del próximo presidente de la multinacional textil más importante de Manhattan.
—¿Quieres un poco, querido? —le ofreció Sara con una sonrisa falsamente dulce, señalando la botella—. Deberías relajarte. El lunes serás el hombre más poderoso de la Castellana y de la Quinta Avenida, y yo estaré a tu lado. Deberías empezar a celebrar desde ya.
—No quiero nada, Sara. Déjame en paz —respondió Jacob con una voz gélida, cerrando los ojos para no verla.
El alcohol que le habían servido antes de despegar apenas había logrado adormecer la tensión en sus sienes. Necesitaba que el avión aterrizara de una vez. Necesitaba un trago de verdad, algo fuerte que le borrara la cruda realidad de la trampa en la que se había metido antes de tener que firmar los papeles en el registro civil a la mañana siguiente.
Mientras tanto, en la parte trasera del mismo avión, en las filas apretadas de la clase turista, el ambiente era radicalmente diferente. Cristine Gómez miraba por la ventanilla de su asiento con las manos entrelazadas sobre su regazo. El nudo que se le había plantado en el estómago al despedirse de sus padres en la cafetería de Queens no había desaparecido. Las sabias y serias advertencias de su padre Austin seguían grabadas a fuego en su mente: “Las cosas importantes de la vida no se deciden entre las luces de los casinos”.
—¿Sigues pensando en lo que te dijo tu padre, mi vida? —la voz de Mikel la sacó de sus pensamientos. El joven le tomó la mano, apretándosela con una suavidad calculada.
—Sí, Mikel… no me gusta mentirles —confesó Cristine con un hilo de voz, suspirando con pesadez—. Les he dicho que solo veníamos a celebrar mi graduación y mi contrato en Vanguard Textiles. Si papá se entera de que me has propuesto casarnos de forma exprés en Las Vegas, sin ellos delante, se le va a romper el corazón. Él no confía en las cosas que se hacen deprisa.
Mikel contuvo una mueca de fastidio tras su eterna sonrisa encantadora. Detestaba al viejo Austin y su maldita capacidad para leer las intenciones de la gente. Pero su plan maestro era demasiado perfecto como para dejar que la culpa de Cristine lo arruinara. Necesitaba esa boda legal para que su propio padre le entregara la presidencia de su empresa textil y, sobre todo, para adueñarse del talento creativo de la joven diseñadora.
—Escúchame, preciosa —le susurró Mikel, acercándose a su oído con un tono meloso y manipulador—. Tu padre es un hombre chapado a la antigua. Si organizamos una boda tradicional en Queens, tardaremos un año, gastaremos un dinero que tu familia no tiene y nos ahogaremos en preparativos. Casarnos en Las Vegas es nuestra aventura. Una forma de blindar nuestro futuro de inmediato. En cuanto regresemos con el certificado de matrimonio, mi padre nos dará las llaves del piso en Manhattan y podremos invitar a tus padres a una cena espectacular para celebrarlo. Hazlo por nosotros, Cristine. Confía en mí.
Cristine miró los ojos de Mikel, queriendo encontrar en ellos la seguridad que su corazón inocente buscaba. Tenía veintidós años y estaba deslumbrada por las promesas de un futuro brillante en la moda. Asintió sutilmente con la cabeza, tragándose el presentimiento que la atormentaba.
—Está bien… confío en ti, Mikel —susurró.
—Esa es mi chica —exclamó Mikel, relamiéndose los labios para sus adentros. Se giró hacia la azafata que pasaba por el pasillo con el carrito de las bebidas—. Por favor, tráiganos dos de esos cócteles exóticos con ron. Mi novia necesita celebrar su libertad antes del gran día de mañana.
Las horas de vuelo transcurrieron devorando la distancia entre Nueva York y el desierto de Nevada. Mientras los aviones avanzaban, la presión del chantaje corporativo de David sobre Jacob y la red de manipulación de Mikel sobre Cristine seguían tensando los nervios de los dos protagonistas. Ninguno de los dos se imaginaba que el vuelo hacia el pecado no los llevaba hacia los matrimonios que sus parejas habían planeado, sino hacia un brutal choque de trenes etílico en la barra de un casino que estaba a punto de reescribir las reglas de sus vidas en Nueva York para siempre.