Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 6
Cap 6: El compromiso de los Valderrama
Los días que siguieron a la noche del Fénix fueron de un silencio deliberado. Dante no le escribió a Sebastián. No le mandó transferencia. La conversación de WhatsApp llevaba tres días muerta, con el último mensaje enviado por él: "Surgió algo, toma un taxi." Leído. Sin respuesta. Perfecto.
Era jueves por la tarde cuando regresó a la villa después de una sesión de sparring. Traía el pelo mojado, una sudadera negra y los nudillos envueltos en vendas. El guardia de la caseta le hizo una señal extraña —algo entre advertencia y disculpa— y Dante frunció el ceño mientras el Lamborghini subía por la pendiente del acceso.
Un Mercedes-Benz negro estaba estacionado frente a su puerta. Vidrios polarizados. El chofer fumaba junto a la defensa trasera y al ver el Lamborghini apagó el cigarro contra la suela de su zapato.
Dante conocía ese carro.
Apagó el motor. Bajó. Su empleada doméstica lo esperaba en el recibidor con la cara de quien ha sobrevivido un terremoto.
—Señor Dante, su abuela...
—Ya vi el carro, Lupe.
Cruzó hasta la sala principal. Sentada en el sillón individual —el que Dante usaba para leer— estaba Doña Eugenia Valderrama.
Siete años.
Siete años sin verla en persona. La última vez había sido en el funeral de su madre, cuando Dante tenía diecisiete y Doña Eugenia le había puesto una mano en el hombro sin decir nada. Le había sostenido la mirada con esos ojos oscuros que no lloraban pero que tampoco mentían, y después se había subido a ese mismo Mercedes sin voltear atrás.
Tenía el pelo completamente blanco, recogido en un chongo bajo. Traje sastre color hueso, aretes de perla, las manos cruzadas sobre un bastón con empuñadura de plata. Más delgada que antes, más pequeña, pero con la misma postura de siempre: columna recta, mentón levantado, como si el mundo estuviera obligado a mirarla hacia arriba.
—Siéntate —dijo Doña Eugenia, sin saludarlo.
Dante se quedó de pie.
—Es mi casa.
—Por eso te estoy pidiendo que te sientes. Si fuera la mía, no tendría que pedírtelo.
Dante casi sonríe. Casi. Caminó hasta el sillón de enfrente y se dejó caer con los brazos cruzados. Doña Eugenia ya había visto las vendas en sus nudillos. No comentó nada.
—Este viernes es la fiesta de compromiso de Emilio.
Dante no se movió.
—¿Y?
—Y vas a ir.
—No.
—Sí. —Doña Eugenia golpeó el bastón contra el piso, un sonido seco que resonó en toda la sala—. Va a haber prensa. Fotógrafos, columnistas de sociales. Si el único hijo ausente es el que no lleva el apellido completo, las notas del lunes van a decir que los Valderrama maltratan a su hijo ilegítimo. Y yo no voy a pasar mis últimos años leyendo ese tipo de basura.
—Eso no es mi problema.
—Es tu problema porque llevas el apellido. Te guste o no. —Doña Eugenia bajó la voz—. No te estoy pidiendo que sonrías. No te estoy pidiendo que abraces a tu hermano. Solo necesito que estés ahí, que te vean, y que la prensa no tenga excusa para inventar un escándalo.
El silencio se extendió entre los dos.
Dante descubrió algo extraño: no tenía ganas de pelear. No contra ella. Contra Eduardo sí, contra Emilio sí, contra el mundo entero si hacía falta. Pero Doña Eugenia era la única persona del clan Valderrama que había hecho algo concreto por él. Ella arregló que Patricia lo criara. Ella mandó dinero cada mes hasta que cumplió dieciocho. Ella, en el funeral, le sostuvo el hombro sin pedir nada a cambio.
—Está bien —dijo.
Doña Eugenia parpadeó. La sorpresa le duró medio segundo antes de guardarla detrás de la compostura habitual.
—¿Sin pelear?
—Sin pelear.
—Bien. —Metió la mano en un bolso de piel que descansaba junto al bastón y sacó una bolsa negra con el logo de una marca italiana que Dante reconoció al instante—. Esto es para ti. Traje sastre completo. Hecho a la medida.
Dante agarró la bolsa. La tela era negra, con el brillo discreto que solo da la lana de primera. Camisa blanca. Corbata delgada. Zapatos de piel en una caja aparte.
—¿Cómo tienes mis medidas?
—Tu sastre es el mismo que usa toda la familia.
Dante cerró la bolsa.
—Gracias.
Doña Eugenia se puso de pie con la ayuda del bastón.
—Viernes, siete de la noche. La hacienda de los Mendoza en Cuernavaca. El chofer puede pasar por ti.
—Tengo carro.
—Lo sé. Pero llegas.
No era una pregunta.
Doña Eugenia caminó hacia la puerta. Al pasar junto a Dante le puso la mano en el brazo —un toque breve, quirúrgico— y siguió sin voltear.
Dante se quedó en el sillón hasta que el Mercedes arrancó. Luego sacó el celular y marcó directo al estilista.
—Buenas tardes, habla Dante Valderrama. Necesito una cita para mañana temprano. Sí, el mismo verde. Más intenso.
···
El viernes a las seis de la tarde, Dante Valderrama Solís estaba sentado frente al espejo del salón con una bata negra cubriéndole los hombros y el pelo recién teñido de un verde brillante, saturado, que bajo las luces LED del local parecía casi fosforescente.
El estilista —un tipo flaco de barba recortada que se llamaba Iván— le pasó los dedos por el cabello con admiración profesional.
—Quedó con madre, ¿eh? Este verde es el que piden para las pasarelas de Milán. Color esperanza, le dicen.
Dante se miró en el espejo. El verde le enmarcaba la cara angulosa, le hacía resaltar los ojos oscuros, le daba un aire de provocación calculada que no necesitaba explicación.
—Color del perdón, más bien —dijo, sin sonreír.
Iván no entendió, pero se rio de todas formas.
···
La hacienda de los Mendoza era una propiedad colonial restaurada a las afueras de Cuernavaca. Para el compromiso de Emilio Valderrama habían montado una carpa de cristal sobre el jardín principal: mesas redondas con manteles blancos, arreglos florales en marfil y dorado, iluminación de revista. Doscientos invitados. Empresarios, políticos, herederos. Los meseros circulaban con charolas de champán y una orquesta de cuerdas tocaba algo que nadie escuchaba.
Sebastián Montero llegó a las siete en punto. Venía en un taxi.
El traje negro que llevaba no tenía marca visible, pero le quedaba como si hubiera nacido con él. Camisa blanca sin corbata, primer botón abierto, cabello peinado hacia atrás. Cuando cruzó la entrada, tres mujeres junto a la fuente dejaron de hablar al mismo tiempo.
En la mesa principal, Emilio Valderrama —rubio cenizo, traje azul marino de tres piezas— recibía felicitaciones junto a su prometida. Vio a Sebastián entrar y frunció los labios: incluso en una fiesta llena de gente rica, Sebastián era difícil de ignorar.
La tarjeta de lugar de Sebastián estaba en la mesa uno. Asiento número tres. A la derecha del padrino.
Sebastián la leyó, la dejó sobre la mesa, y fue a servirse un vaso de agua.
Eran las siete y veinticinco cuando el murmullo cambió de textura.
Dante entró por el arco principal con el traje de Doña Eugenia ajustado como un guante: cintura estrecha, piernas largas, zapatos italianos que le sumaban dos centímetros innecesarios. Pero nada de eso detuvo las conversaciones.
Fue el pelo.
Verde intenso, peinado hacia un lado con gel ligero, brillando bajo las luces cálidas de la carpa como una señal de neón en medio de un museo. En una fiesta donde todos los hombres llevaban tonos sobrios y cortes conservadores, Dante Valderrama Solís parecía un incendio de color caminando entre cenizas.
Desde el otro lado de la carpa, Sebastián lo vio. La comisura izquierda de su boca se curvó hacia arriba.
No había dado diez pasos cuando Emilio apareció frente a él. De cerca, la similitud entre los dos era innegable —misma mandíbula, misma estatura—, pero donde Dante era ángulos y provocación, Emilio era superficies pulidas y control.
—¿Qué haces aquí? —La voz de Emilio era baja, contenida, diseñada para no llamar la atención de los invitados cercanos—. Nadie te mandó invitación, lárgate.
Dante sacó del bolsillo interior un sobre color crema con el sello de los Valderrama en relieve dorado. Lo sostuvo entre dos dedos frente a la cara de Emilio y lo agitó una vez, despacio, como quien abanica a un niño con fiebre.
—Invitación oficial. Con mi nombre completo. Valderrama Solís. ¿Quieres que te la lea en voz alta?
Emilio miró el sobre como si fuera una cucaracha con moño.
—Fue la abuela —dijo entre dientes.
—Fue la abuela —confirmó Dante, sin bajar el sobre—. ¿Algún problema?
A tres metros, un fotógrafo de la revista Quién levantó la cámara. El pelo verde y el parecido facial entre los dos hombres resultaban más elocuentes que cualquier titular. El obturador sonó cuatro veces antes de que Emilio lo escuchara y recompusiera la sonrisa.
—Siéntate donde quieras. Lejos de la mesa principal. —Emilio se acomodó el saco y se alejó hacia su prometida sin mirar atrás.
Dante guardó la invitación. La mesa que le habían asignado estaba al fondo, junto a la salida de servicio. Mesa tres. Ocho lugares, solo dos ocupados por una pareja de edad avanzada que no lo reconoció.
Se sentó, pidió un whisky al mesero que pasaba, y sacó el celular.
No supo en qué momento Sebastián cruzó la carpa, pero cuando levantó la vista, ahí estaba: de pie junto a la silla vacía a su derecha, vaso de agua mineral en la mano, con la expresión de alguien que encontró exactamente lo que buscaba.
—La mesa uno está por allá —dijo Dante.
—Ya sé.
—Tu lugar es al lado del padrino.
—Ajá.
Sebastián jaló la silla, se sentó, cruzó una pierna sobre la otra.
—Prefiero esta mesa. Tiene mejor vista.
La vista desde la mesa tres era un muro de piedra, la puerta de la cocina y un arbusto de buganvilia.
Dante no respondió. Tomó un trago de whisky y volvió la atención al celular.
La notificación de Instagram le llegó quince minutos después. Alguien había subido una foto a Stories: su perfil de espaldas, el pelo verde inconfundible, con la leyenda "¿¿¿Quién es el del pelo verde en la fiesta Valderrama???" Los comentarios ya se estaban llenando. "Es idéntico a Emilio wtf." "Otro Valderrama???" "El hijo ilegítimo, no mames." "El verde le queda MUY bien."
Dante leyó con la mandíbula apretada. Las orejas le ardían, no de vergüenza, sino de adrenalina sin destino.
Entonces lo sintió.
Dos dedos le atraparon el borde de la oreja derecha. Un pellizco suave, preciso, seguido de una fricción lenta entre el pulgar y el índice. Las yemas eran ásperas —callosidades de quien ha firmado miles de documentos con plumas pesadas— y el contraste entre esa rugosidad y la piel sensible de su oreja le disparó un escalofrío por la columna vertebral.
Dante se quedó paralizado un segundo entero. Después giró la cabeza de golpe.
Sebastián tenía la mano todavía levantada, los dedos a centímetros de donde había estado su oreja.
—Tu oreja está muy roja —dijo Sebastián.
—No te me acerques tanto. —La voz de Dante salió más ronca de lo que pretendía.
Sebastián ladeó la cabeza. La luz de las velas le iluminaba media cara y dejaba la otra en sombra, y esa mitad oscura era la que sonreía.
—¿Pero si tú nunca me buscas, ya te aburriste de mí?
Dante apretó el celular con fuerza suficiente para que la funda crujiera.
—Sí. Soy un patán desalmado.
Sebastián asintió despacio. Se recargó en el respaldo de la silla. Tomó su vaso de agua mineral y le dio un trago corto antes de mirarlo de nuevo con esos ojos que parecían saber demasiado.
—Me gustan los patanes desalmados.
La orquesta empezó una pieza nueva. En algún lugar de la carpa, Emilio posaba para otra foto con su prometida. Y en la mesa tres, Dante se concentraba en respirar con normalidad mientras la oreja derecha le palpitaba como si tuviera pulso propio.
Su celular vibró de nuevo. Más notificaciones. Más fotos filtradas. Pero no revisó la pantalla. No podía dejar de sentir las yemas ásperas de Sebastián contra su piel, el fantasma de un toque que había durado tres segundos y que le había desordenado algo guardado bajo llave.
Afuera, el ruido de un motor pesado rompió la música. Luces de faros barrieron la entrada de la hacienda. Un carro negro, más grande y más caro que cualquiera de los que estaban en el estacionamiento, se detuvo frente al arco principal.
El chofer bajó primero. Abrió la puerta trasera.
Y la fiesta de compromiso de Emilio Valderrama se quedó en silencio por segunda vez esa noche.