es de terror, una creepypasta
NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La Verdad de Isabela
Las pequeñas muñecas dejaron de avanzar al mismo tiempo.
El silencio fue absoluto.
Samuel sostenía la linterna con tanta fuerza que sus manos comenzaron a temblar. El haz de luz iluminaba a la mujer del vestido blanco, inmóvil al final de la iglesia.
Sus ojos ámbar brillaban como brasas.
El exsacerdote Gabriel dio un paso al frente.
—No la mires fijamente.
Samuel no respondió.
No podía apartar la vista.
La mujer levantó lentamente una mano.
No hizo ningún movimiento agresivo
Solo señaló el viejo diario que Samuel llevaba bajo el brazo.
Entonces habló otra vez.
—Devuélvemelo...
Su voz sonaba rota, como si varias personas hablaran al mismo tiempo.
Una era la voz dulce de una mujer joven.
La otra era grave, áspera e inhumana.
Gabriel tomó un crucifijo de madera que colgaba de una pared y lo sostuvo frente a él.
—¡En el nombre de Dios, aléjate!
La mujer soltó una risa apagada.
—¿Todavía creen que ese nombre me detiene?
La iglesia comenzó a estremecerse.
Las muñecas giraron lentamente la cabeza hacia Gabriel.
Una de ellas dio un paso.
Luego otra.
Y otra más.
Gabriel tomó a Samuel del brazo.
—¡Corre!
Los dos salieron por una puerta lateral justo cuando las bancas comenzaron a caer unas sobre otras.
Apenas cruzaron el umbral, el estruendo cesó.
El silencio regresó de golpe.
Samuel respiraba con dificultad.
Miró hacia atrás.
La iglesia permanecía inmóvil.
Como si nada hubiera ocurrido.
Ni una sola muñeca.
Ni una sola mujer.
Solo el edificio abandonado.
—¿Lo imaginé? —preguntó.
Gabriel negó.
—No.
Ella nunca sale de ese lugar.
Samuel respiraba con dificultad.
Miró hacia atrás.
La iglesia permanecía inmóvil.
Como si nada hubiera ocurrido.
Ni una sola muñeca.
Ni una sola mujer.
Solo el edificio abandonado.
—¿Lo imaginé? —preguntó.
Gabriel negó.
—No.
Ella nunca sale de ese lugar.
Pero puede hacer que lo que está dentro salga a tu encuentro.
Caminaron varios minutos hasta una pequeña casa de madera ubicada detrás de la iglesia.
Era sencilla, con una biblioteca enorme y cientos de cajas llenas de documentos.
Gabriel cerró todas las ventanas antes de hablar.
—Si vas a enfrentarte a esto, necesitas conocer la verdad.
Sacó una vieja caja de hierro.
Dentro había cartas, dibujos y un retrato pintado sobre tela.
Samuel tomó el cuadro.
Mostraba a una joven de unos veinte años.
Cabello negro.
Ojos cafés.
Vestido azul.
Sonrisa tranquila.
No era una muñeca.
Era una persona.
—Ella era Isabela.
Samuel observó la pintura durante varios segundos.
Jamás habría imaginado que aquella joven terminaría convertida en el objeto maldito que ahora descansaba en su apartamento.
—¿Qué le hicieron?
Gabriel respiró profundamente.
—Lo poco que sabemos proviene de un manuscrito encontrado hace más de cien años. Nunca estuvo completo.
Abrió cuidadosamente unas hojas envejecidas.
La tinta casi había desaparecido.
Comenzó a leer.
Año del Señor de 1698."
"La joven Isabela de Montoya fue llevada contra su voluntad al claro del bosque."
"Los miembros del culto habían sido descubiertos."
"El sacrificio era inevitable."
Samuel sintió un escalofrío.
Gabriel continuó.
"Sin embargo..."
"El líder del culto propuso un castigo peor que la muerte."
"Convertirían a la muchacha en el nuevo sello."
Samuel frunció el ceño.
—¿Nuevo?
Gabriel asintió.
—Eso significa que antes de Isabela ya existía otra prisión.
—¿Otra muñeca?
—No lo sabemos.
El manuscrito continuaba.
"La muchacha lloró."
"Suplicó por su vida."
"Ofreció marcharse y guardar silencio."
"Nadie escuchó."
"El ritual comenzó al caer la medianoche."
Samuel sintió un nudo en la garganta.
—¿Cómo fue el ritual?
Gabriel pasó la página.
Su expresión cambió.
—Aquí termina el manuscrito.
—¿Qué?
—Las siguientes hojas fueron arrancadas.
Samuel golpeó suavemente la mesa con frustración.
—Entonces seguimos sin saber qué ocurrió.
Gabriel guardó silencio unos segundos.
—No exactamente.
Abrió otra caja.
Dentro había un pequeño espejo antiguo.
El cristal estaba opaco.
Rodeado por un marco de plata ennegrecida.
—¿Qué es eso?
—Perteneció a Isabela.
Samuel lo tomó.
En el reflejo solo podía verse a sí mismo.
Hasta que la imagen comenzó a cambiar.
La habitación desapareció.
El reflejo mostró un bosque.
Un enorme círculo de piedras.
Antorchas.Decenas de personas con túnicas oscuras.
Y una joven arrodillada.
Era Isabela.
Tenía las manos atadas.
Lloraba desconsoladamente.
Samuel observaba la escena como si estuviera allí.
Un hombre encapuchado levantó una pequeña figura de porcelana completamente blanca.
No tenía rostro.
Solo una superficie lisa.
El hombre habló en un idioma incomprensible.
Las sombras comenzaron a moverse alrededor del círculo.El suelo tembló.
Entonces ocurrió algo imposible.
La porcelana empezó a cubrir lentamente las manos de Isabela.
Ella gritó.
Intentó escapar.
Pero nadie la ayudó.
La porcelana subió por sus brazos.
Luego por su cuello.
Su piel desaparecía bajo aquella capa blanca y brillante.
Sus lágrimas caían sobre el suelo antes de convertirse también en porcelana.
—¡No!Samuel gritó sin darse cuenta.
En el reflejo, Isabela levantó la mirada.
Por un instante...
Pareció verlo.
Movió los labios lentamente.
No emitió ningún sonido.
Pero Samuel entendió perfectamente lo que decía.
"Ayúdame."
De pronto, una sombra gigantesca apareció detrás de ella.
No tenía forma definida.
Solo dos enormes ojos dorados.
La sombra sonrió.
Y una voz profunda llenó el espejo.—No puedes cambiar el pasado...
El cristal explotó.
Miles de fragmentos salieron despedidos por toda la habitación.
Samuel cayó al suelo.
Gabriel también retrocedió.
Los dos permanecieron en silencio.
Entonces Gabriel miró uno de los pedazos rotos del espejo.
Su rostro se volvió completamente pálido.
—Samuel...
—¿Qué pasa?
—Mira esto...Samuel tomó el fragmento.
Reflejaba la puerta de la casa.
La puerta estaba cerrada.
Pero detrás de ellos...
En el reflejo...
Había una niña de porcelana de pie.
Sonriendo.
Con la cabeza inclinada.
Observándolos.
Samuel giró inmediatamente
No había nadie.
Volvió a mirar el fragmento.
La niña seguía allí.
Y levantó lentamente un dedo sobre sus labios, como pidiendo silencio.
Entonces desapareció.
En ese mismo instante, alguien golpeó tres veces la puerta principal de la casa.
Toc...
Toc...
Toc...
Gabriel dejó caer el crucifijo que llevaba en la mano.Su voz apenas fue un susurro.
—No abras...
Porque esta vez...
Ella no vino sola.