Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.
NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La camiseta de la esperanza
CAPÍTULO 6 —
Camila:
El Mundial llegó como llega siempre: de golpe, aunque uno sepa desde hace meses la fecha exacta. De un día para el otro, las calles de Sevilla se llenaron de banderas rojas y amarillas colgando de los balcones, los bares pusieron televisores gigantes en las terrazas, y hasta en la cafetería donde trabajo empezamos a poner el partido de la Selección los días que jugaba, porque los clientes ya ni pedían el café si no era mirando el marcador de reojo.
Thiago, con sus tres años recién cumplidos, se convirtió de la noche a la mañana en el hincha más fanático que yo hubiera visto jamás. No entendía las reglas del todo, confundía el fuera de juego con cualquier otra falta, gritaba gol cuando no lo había, pero se sentaba frente al televisor con una devoción que me hacía reír y enternecerme al mismo tiempo.
—Mamá, ¿ese es el mejor del equipo? —me preguntaba señalando a la pantalla cada vez que un jugador alto, de pelo oscuro y rizado, con una camiseta que llevaba el número nueve, aparecía en un primer plano después de un gol.
—Parece que sí, mi amor —le respondía yo, sin prestarle demasiada atención, ocupada en doblar la ropa o preparar la cena, sin detenerme a mirar bien la cara de ese jugador que mi hijo admiraba tanto.
No tenía tiempo para el fútbol. Nunca lo tuve. Mi relación con ese deporte se limitaba a llevar y traer a Thiago del entrenamiento de baloncesto, a escuchar a Diego hablar de tácticas que no entendía del todo, y ahora, a ver esos partidos del Mundial de reojo mientras hacía otras diez cosas al mismo tiempo. Jamás me tomé el trabajo de averiguar el nombre de ese jugador que tanto le gustaba a mi hijo. Para mí era solo "el número nueve", una cara más entre veintitrés en una pantalla, un símbolo de algo que no me interesaba en lo más mínimo.
Renata, en cambio, sí sabía perfectamente quién era.
Una tarde llegó a casa con una bolsa entre las manos y una sonrisa enorme que no pude descifrar hasta que Thiago la abrió y sacó, con los ojos como platos, una camiseta de la Selección, la número nueve, con un nombre impreso en la espalda que en ese momento ni siquiera me detuve a leer.
—Es su ídolo, Camila —me dijo Renata, ayudando a Thiago a ponérsela, una camiseta que le quedaba como un vestido de lo grande que era para su tamaño—. Se la merece. Y quién sabe, capaz algún día hasta lo conoce en persona.
—No le llenes la cabeza de fantasías imposibles, Rena —le dije, aunque sin poder evitar sonreír al ver la cara de felicidad de mi hijo, que corrió a mirarse al espejo del pasillo por lo menos quince veces esa tarde.
—No es una fantasía tan imposible —intervino Diego, que había llegado un rato después con unas pelotas nuevas para el entrenamiento del día siguiente—. Lo conozco. No mucho, pero lo conozco. Coincidimos en un par de eventos del club, y una vez estuvimos cenando en la misma mesa en una entrega de premios. Es una persona más sencilla de lo que uno imaginaría viendo cómo lo tratan los medios. Si Thiago sigue este camino con el fútbol, no me sorprendería que algún día se crucen. El mundo del deporte profesional es más chico de lo que parece desde afuera.
No le di demasiada importancia a esas palabras esa tarde. Para mí, Diego simplemente estaba tratando, otra vez, de generar algún tipo de conexión, de hacerse un lugar más grande en nuestras vidas a través de la ilusión de mi hijo. No podía saber, no tenía manera de saberlo, que esas palabras -"no me sorprendería que algún día se crucen"- iban a resultar, con el tiempo, mucho más ciertas de lo que cualquiera de los tres imaginaba esa noche.
Thiago durmió esa noche con la camiseta puesta, algo que Renata encontró tiernísimo y que a mí, en cambio, me generó una inquietud extraña que no supe nombrar en el momento. Lo miré dormir un rato largo antes de apagar la luz, esa carita redonda todavía de bebé, ese pelo oscuro y un poco ondulado que a veces, cuando le daba el sol de cierta manera, parecía tener destellos casi verdosos en los ojos, algo que jamás relacioné con nada en particular porque, sencillamente, no tenía ningún punto de comparación.
Los días siguientes, la Selección siguió avanzando en el Mundial, y con cada partido ganado, la ciudad entera se volvía un poco más loca. Yo seguía trabajando mis tres turnos, cada vez más cansada, viendo los partidos a los pedazos entre servir cafés y cobrar en la caja del supermercado, mientras los clientes gritaban goles y yo apenas alcanzaba a levantar la vista de la pantalla registradora.
Fue en cuartos de final, un jueves por la noche, cuando Thiago, sentado sobre mis piernas mientras yo intentaba, sin mucho éxito, mantenerme despierta después de un día larguísimo, señaló la pantalla con el dedito y me dijo algo que se me quedó grabado, sin que yo entendiera todavía por qué:
—Mamá, cuando sea grande quiero jugar como él. Quiero que me den un beso así, como le da la nena a él cuando gana.
Miré la pantalla justo a tiempo para ver, en un plano rápido de la transmisión, al jugador número nueve alzando en brazos, después de un gol decisivo, a una nena pequeña de rulos rubios que le sonreía apretándole la cara con las dos manos. Al lado, una mujer hermosa, rubia, con un vestido que parecía sacado de una revista, aplaudía con lágrimas en los ojos.
—Qué familia tan linda tiene, ¿no? —comentó Renata, que estaba sentada a mi lado con una copa de vino, sin apartar los ojos del televisor—. La verdad es que hacen una pareja preciosa. Ella es superconocida también, tiene millones de seguidores.
—Debe ser lindo eso —dije yo, sin pensar demasiado en la frase, con Thiago ya medio dormido sobre mi pecho, agotado de tanto gritar goles ajenos—. Tener todo tan resuelto.
No tenía ni idea, esa noche, de cuánto se parecía ese "todo resuelto" a una estructura de cristal a punto de resquebrajarse. No tenía ni idea de que la camiseta que mi hijo dormía abrazando cada noche llevaba el nombre del hombre cuyas manos yo todavía sentía, cuatro años después, como una marca invisible sobre mi propia piel.
Faltaban pocas semanas para la final. Y ninguno de nosotros, ni Camila ni Hugo, sabíamos todavía que el destino ya había puesto en marcha el reloj de una cuenta regresiva que ninguno de los dos podría detener.