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EL PRECIO DE MI LIBERTAD

EL PRECIO DE MI LIBERTAD

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Posesivo
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: SEBAS M

La vida de Valeria Santoro se desmorona en una sola noche cuando su padre, al borde de la ruina financiera y amenazado por una deuda impagable, toma la decisión más cruel: venderla al hombre más temido y poderoso de la ciudad.
Damián Thorne es un CEO frío, implacable y conocido por destruir todo lo que toca. No cree en el amor, solo en los negocios, y Valeria es el activo que acaba de adquirir. El trato es simple: un matrimonio arreglado por doce meses a cambio de limpiar el nombre de su familia y salvarlos de la bancarrota.
Para el mundo, son la pareja perfecta: él, el magnate exitoso; ella, la esposa elegante y sumisa. Pero tras las puertas cerradas de la mansión Thorne, la realidad es muy distinta. Valeria está decidida a no entregarle su corazón al hombre que la compró, mientras que Damián descubre que ella es la única pieza en su tablero de ajedrez que no puede controlar.

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El refugio de sal, óxido y la cacería final

La costa de Puerto Esperanza no era el paraíso que los folletos de viajes prometían a los turistas incautos. Era un lugar donde la humedad se filtraba en los huesos, donde la salitre comía el hierro de los barcos y corría por las paredes de las casas descascaradas como una enfermedad persistente. Para nosotros, sin embargo, era el fin del mundo, el confín de la tierra, y eso era exactamente lo que necesitábamos. Encontramos una habitación pequeña y asfixiante en una casa de huéspedes que olía permanentemente a pescado seco, a algas putrefactas y a tiempo detenido. Aquí no había preguntas sobre nuestro pasado, no había registros detallados ni miradas inquisitivas de vecinos que solo vivían para sus propias miserias. Éramos simplemente una pareja más, huyendo de una historia personal que preferíamos mantener enterrada bajo capas de rutina gris.

Damián encontró trabajo en los muelles, cargando y descargando cajas de mercancía irregular —electrónica barata, repuestos de dudosa procedencia— bajo un sol inclemente que quemaba la piel y nublaba la razón. Sus manos, que una vez dictaron el destino de miles de empleados y movieron fortunas en mercados internacionales, ahora estaban cubiertas de callos sangrantes, agrietadas por el trabajo físico, el roce de las cuerdas rugosas y el agua salada que nunca terminaba de limpiarse. Yo conseguí un puesto en una pequeña cafetería frente al mar, donde mi mayor preocupación era que el café no estuviera demasiado fuerte para los pescadores que llegaban al alba, y donde el ruido de las máquinas de café me servía para ahogar mis propios pensamientos.

Durante el día, vivíamos separados por la necesidad y la prudencia, manteniendo la fachada perfecta de un matrimonio rutinario y aburrido. Pero al caer la noche, cuando el calor sofocante del día se disipaba y el sonido incesante de las olas se volvía el único consuelo en la oscuridad, nuestra dinámica cambiaba de forma sutil. No hablábamos de Thorne Industries. No pronunciábamos las palabras "Proyecto Fénix" ni "fórmula". Hablábamos de cosas diminutas: del clima que amenazaba tormenta, del precio del pan en la plaza, de cómo el motor de aquel viejo autobús nos había dejado tirados a mitad de camino. Era una domesticidad impuesta, una coreografía diseñada meticulosamente para que el mundo dejara de notar nuestra presencia, para volvernos invisibles.

Sin embargo, el anonimato es un lujo peligroso que se paga con una vigilancia constante, con un estado de alerta que no te permite dormir profundamente ni siquiera en la noche más oscura.

Una noche, mientras caminábamos de regreso a la pensión por un callejón iluminado solo por la luz vacilante de un farol amarillento, Damián se detuvo en seco. Sus músculos se tensaron instantáneamente, un reflejo condicionado de su vida pasada que no había perdido a pesar del cansancio físico.

—Alguien nos ha estado siguiendo desde el muelle —susurró, con un tono tan bajo que apenas pude escucharlo, sus ojos clavados en la oscuridad—. No te gires. Sigue caminando. Han sido tres esquinas seguidas donde he sentido el mismo paso, el mismo ritmo. No son los hombres de mi padre. Estos son profesionales. Alguien nos ha vendido en este pueblo, o alguien nos ha seguido la pista desde que cruzamos la frontera.

El corazón se me disparó en el pecho, pero forcé a mis piernas a seguir moviéndose con una naturalidad fingida. El miedo, esa vieja conocida que me había acompañado desde el día en que conocí a Damián, volvió a acomodarse en mi pecho, ocupando el lugar que el alivio había tenido durante estas semanas.

—¿Estás seguro de que son profesionales? —pregunté, sintiendo cómo mis manos empezaban a sudar—. ¿Podría ser solo un cobrador local o alguien del puerto?

—He visto la misma silueta en tres esquinas diferentes —respondió él, su voz convertida en un filo de acero frío—. Un local no se mueve con esa disciplina, ni mantiene esa distancia. Alguien nos ha encontrado.

El pánico amenazó con paralizarme, con succionar el aire de mis pulmones, pero Damián me tomó de la mano con una fuerza que me transmitió una determinación inquebrantable. Sus ojos escaneaban la oscuridad con una intensidad depredadora que me recordó al hombre que yo había odiado y admirado a partes iguales. Por un momento, el obrero de los muelles desapareció y el estratega frío volvió a tomar las riendas de nuestra realidad.

—Entra en la habitación y apaga la luz inmediatamente —me ordenó, soltándome con una suavidad mecánica—. Si entro en cinco minutos, estamos a salvo. Si no... toma la bolsa de emergencia que escondimos bajo la tabla del suelo, sal por la ventana trasera y dirígete al embarcadero. No te detengas por nada, Elena. Ni siquiera si oyes mi voz.

—Damián, no me voy a ir sin ti, no me pidas que... —intenté protestar, pero él me cortó con una mirada feroz.

—Esta es la última vez que te doy una orden. Hazlo. Por tu vida, hazlo.

Me encerré en la habitación y contuve la respiración hasta que mis pulmones suplicaron oxígeno. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el neón intermitente del letrero de la calle que parpadeaba con un sonido eléctrico insoportable. Pasaron cinco minutos. Seis. Siete. Mi mano rozó la bolsa bajo la tabla del suelo, lista para huir, lista para volver a ser un fantasma, lista para enterrar la vida de Elena Vargas para siempre.

Entonces, la puerta se abrió con un giro suave. Damián entró en el cuarto, respirando con una dificultad que me indicó que había peleado, con una mancha oscura y creciente en el costado de su camisa que rápidamente identifiqué como sangre fresca. Cerró la puerta tras de sí, echó el cerrojo y se apoyó contra la madera, dejando escapar un suspiro de alivio cargado de una furia contenida que casi me hace retroceder.

—No eran mercenarios de mi padre —dijo, desplomándose en una silla con los ojos cerrados por el dolor—. Era un investigador privado, enviado por el consorcio bancario que se quedó con los activos de Thorne. Han rastreado los números de serie de los pasaportes que usamos hace meses. Sabían exactamente quiénes éramos desde que cruzamos el puente.

Se cubrió el rostro con las manos, y por primera vez, vi que su paciencia, esa inmensa reserva de voluntad, se agotaba ante el peso del destino.

—Ya no podemos escondernos, Elena. Si los bancos han invertido en encontrarnos, el resto llegará pronto. Las agencias, los antiguos socios, todos los que quieren una parte de lo que creen que sé. Hemos vivido prestados estos meses, pero la cuenta finalmente ha llegado y el precio es nuestra libertad.

Me acerqué a él y comencé a limpiar la herida con un paño húmedo, moviéndome con la eficiencia de alguien que ya no tiene espacio para el miedo. No había rastro de duda en mis acciones. Solo una resolución fría y clara, una lucidez que me sorprendió.

—Entonces, si no podemos escondernos, si la huida es solo una forma de retrasar lo inevitable —dije, encontrando sus ojos entre la penumbra del cuarto—, quizás es hora de dejar de correr y empezar a cazar. Ya no somos la presa que ellos creen.

Damián levantó la vista, sorprendido, casi conmocionado, por la dureza en mi tono. En ese momento, en la penumbra de una habitación que olía a sal y a fracaso, comprendió que la mujer que había conocido en la mansión, la viuda asustada, la prisionera de los secretos, se había extinguido por completo. Lo que quedaba frente a él era algo mucho más peligroso, algo que él mismo había ayudado a forjar: una mujer sin nada que perder, capaz de quemar el mundo entero con tal de no volver a ser controlada por nadie.

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deli perez
Me gusta la historia, que días actualizas?
deli perez: Un gusto esperar nuevos capítulos.. Gracias
total 2 replies
deli perez
Excelente historia
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