Morir por un golpe en la cabeza no estaba en los planes de Elysia. Despertar en La Sangre de la Corona, el mahwa que leía en secreto, tampoco.
El problema es que no reencarnó como la protagonista. Reencarnó como la comandante del villano. Del hombre destinado a perder la guerra por el trono.
Aster es letal, frío y no malgasta palabras. También es, para su desgracia, exactamente su tipo, al menos hablando de su fisico.
Pero todo se complica cuando recibe una orden imposible: eliminar a Athena, la heroína de la historia, la chica que el guion protege.
Atrapada entre su lealtad, su instinto de supervivencia y un jefe que empieza a mirarla como ningún villano debería, Elysia deberá decidir si acepta el destino... o lo reescribe ella misma.
Porque si va a morir como villana, al menos lo hará peleando.
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Capitulo 18 — DOS VERSIONES DE UNA MISMA MUJER
Aster no dormía.
No era algo nuevo. Llevaba años sin dormir bien. Desde niño, desde que entendió que el trono no se heredaba, se conquistaba. Desde que supo que su hermano Aslan, con su sonrisa fácil y sus palabras dulces, se llevaría todo el cariño del pueblo mientras él se quedaba con el deber. Desde que aprendió que el deber no se hace con cariño. Se hace con sangre, con frío, con noches en vela.
Pero esta noche no era el deber lo que lo mantenía despierto.
Era ella.
Aster se reclinó en su sillón, con la copa de vino a medio beber y la mirada perdida en las llamas de la chimenea. Llevaba una hora intentando leer un informe sobre las cosechas del este y no había pasado de la primera línea. Su mente, siempre disciplinada, siempre precisa, se empeñaba en regresar una y otra vez a la misma imagen.
Elysia.
Su comandante. Su mejor espada. La mujer que había servido a su lado durante seis años sin que él apenas reparara en ella.
Y ahora no podía dejar de reparar.
Se pasó una mano por el cabello, frustrado. No era propio de él. No era lógico. No era útil. Y sin embargo, allí estaba, preguntándose cosas que nunca antes se había preguntado sobre nadie.
¿Cómo era ella antes del golpe?
Repasó mentalmente sus recuerdos. Elysia había llegado a su servicio hacía seis años, recomendada por un capitán que ya estaba muerto. Venía de una casa noble media, sin hermanos varones, obligada por ley a servir al imperio. Al principio era una más. Una soldado competente, silenciosa, que cumplía órdenes sin rechistar.
Con el tiempo, había escalado. No por ambición. No por contactos. Por eficiencia. Cada misión que se le encomendaba, la cumplía. Cada orden, la ejecutaba. Nunca pedía explicaciones. Nunca replicaba. Nunca sonreía.
Aster recordaba haber pensado, en algún momento, que era la subordinada perfecta. Una herramienta sin fisuras. Un arma que no necesitaba mantenimiento.
Pero apenas recordaba su rostro.
Seis años. Seis años y no podía recordar cómo sonreía. Ni cómo sonaba su voz fuera de un «sí, alteza» o un «como ordene, alteza». Ni siquiera podía recordar el color exacto de sus ojos antes del golpe. Eran dorados, sí. Pero antes no brillaban. Ahora sí. Ahora tenían una chispa que antes no tenían.
—¿Qué te ha pasado? —murmuró para sí mismo, mirando el fuego.
No era solo la amnesia. El médico había dicho que un golpe así podía cambiar ciertas cosas. La memoria. El carácter. Incluso los gestos. Pero ¿tanto? ¿Tanto como para convertir a una sombra en una mujer que le plantaba cara, que le sostenía la mirada, que le llamaba por su nombre sin el «alteza»?
Antes, Elysia no lo miraba a los ojos. No porque tuviera miedo. Sino porque no necesitaba hacerlo. Él daba una orden. Ella la cumplía. No había espacio para miradas ni para palabras innecesarias.
Ahora lo miraba todo el tiempo.
Y eso lo desconcertaba más de lo que quería admitir.
Recordó la primera vez que notó algo extraño. Fue en el comedor, pocos días después del golpe. Él le había dicho que no tenía permitido olvidar. Ella, en lugar de bajar la cabeza y murmurar un «sí, alteza» como habría hecho antes, lo había mirado directamente y había dicho: «No he olvidado. Solo necesito recolocarme».
Recolocarme. Esa palabra se le había quedado clavada. Porque la Elysia de antes nunca habría usado una palabra así. Nunca habría replicado. Nunca se habría justificado.
Y luego estaban los entrenamientos. Aster la observaba a veces desde la ventana de su despacho, cuando ella no lo sabía. Había cambiado su estilo de combate. Incorporaba movimientos extraños, golpes que no pertenecían a ninguna escuela militar que él conociera. Era más impredecible. Más salvaje. Más peligrosa.
Antes, la Elysia de antes era predecible. Eficiente, sí. Pero predecible. Sabías lo que iba a hacer porque siempre hacía lo mismo.
Ahora no. Ahora era como una pieza de ajedrez que se movía en direcciones que no estaban en el manual.
—¿Quién eres? —susurró Aster, y el fuego no le respondió.
No sospechaba la verdad. ¿Cómo iba a sospecharla? La idea de que alguien pudiera reencarnar en el cuerpo de otra persona era absurda. Una fantasía. Un cuento para niños. Aster no creía en fantasías. Creía en hechos, en pruebas, en lógica.
Pero los hechos le decían que su comandante había cambiado.
La lógica le decía que el golpe en la cabeza era la explicación más razonable.
Y sin embargo, algo no encajaba.
Se levantó y fue hacia el ventanal. La luna brillaba en lo alto, fría y distante. Como él. Como siempre había sido él.
—Antes no me importaba —dijo en voz baja—. Antes era solo mi comandante.
Ahora no sabía lo que era. Y eso lo irritaba profundamente.
Mientras Aster velaba sus pensamientos en la torre norte, Elysia libraba su propia batalla en el comedor.
Había bajado a cenar tarde, cuando ya casi todos se habían retirado. Solo quedaban un par de soldados en una esquina y Kael, que la saludó desde lejos con una sonrisa radiante. Elysia le devolvió un gesto vago y se sentó en una mesa apartada, con un plato de sopa y un trozo de pan.
Estaba agotada. No físicamente. Mentalmente.
Aquel mundo era un campo minado de reglas que no conocía. Cosas que para todos eran obvias y para ella eran un misterio. Y cada día metía la pata en algo nuevo.
Esa misma mañana, sin ir más lejos, se había cruzado con Lord Valdemar en el pasillo. El anciano la había saludado con una inclinación de cabeza y un «buenos días, comandante». Y ella, en lugar de devolver el saludo con la formalidad adecuada, había respondido: «Buenos días, ¿descansó bien?».
Así. Como si hablara con un compañero del gimnasio.
Valdemar había arqueado una ceja, divertido. Lian, que estaba cerca, la había mirado con una expresión de «¿en serio?». Y Elysia había pasado el resto del día preguntándose si le acababa de faltar al respeto a un lord sin saberlo.
—¿Puedo sentarme?
Levantó la vista. Kael estaba allí, con su plato en la mano y su sonrisa tímida.
—Claro.
Kael se sentó enfrente. Revolvió su sopa sin comerla, como si quisiera decir algo pero no supiera cómo. Elysia esperó. Con el tiempo había aprendido que a veces la gente solo necesitaba un poco de silencio para animarse.
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo al fin.
—Adelante.
—¿Es cierto que antes del golpe era diferente?
Elysia se tensó. La pregunta le llegó como un eco de sus propios pensamientos. No esperaba que Kael, que ni siquiera la conocía antes, se lo preguntara.
—Eso dicen.
—Es que... —Kael dudó—. He oído cosas. Los veteranos dicen que antes era muy callada. Que no miraba a nadie. Que daba miedo.
—¿Y ahora?
—Ahora da menos miedo. —Kael se sonrojó—. Quiero decir, da respeto, pero no miedo. Es diferente. Es como... más cercana.
Elysia removió la sopa, pensativa.
—Supongo que el golpe me hizo replantearme algunas cosas.
—¿Como cuáles?
—Como que la vida es demasiado corta para no mirar a la gente. —Sonrió levemente—. Y para no hablar.
Kael asintió con seriedad, como si acabara de escuchar una gran verdad filosófica.
—A mí me gusta cómo es ahora —dijo, con esa sinceridad sin filtros que lo caracterizaba—. Creo que el castillo necesita más gente que mire y que hable.
—Gracias, Kael.
—De nada, coman... Elysia.
Elysia notó el tropiezo. Lo notaba cada vez. Kael se esforzaba por llamarla por su nombre, pero a menudo le salía el «comandante» por costumbre. Y ella, que venía de un mundo donde todo el mundo se tuteaba, tenía el problema contrario.
—¿Tú también batallas con eso? —preguntó, señalándolo con la cuchara.
—¿Con qué?
—Con lo de «usted» y «alteza» y todo eso. Yo... a veces me olvido.
Kael la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Se le olvida?
—A veces. —Elysia bajó la voz—. El otro día casi llamo a Aster por su nombre delante de los consejeros.
Kael soltó una risita nerviosa.
—Eso habría sido... terrible.
—Lo sé. Me mordí la lengua. Literalmente. Me hice sangre.
—¿Y él lo notó?
—No. Por suerte. Pero tengo que estar todo el tiempo pensando: «Es el príncipe, no es tu compañero de entrenamiento, no puedes hablarle como si fuera Lian». Es agotador.
Kael se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa.
—A mí me pasa con los capitanes. Con Darian, sobre todo. Le digo «señor» cada tres palabras. Una vez le dije «señor» siete veces en una misma frase. Me miró como si quisiera arrancarme la cabeza.
Elysia soltó una carcajada. La primera en todo el día.
—Siete veces es un récord.
—No es un récord del que me sienta orgulloso.
Siguieron hablando un rato más. De las costumbres del castillo, de las normas que nadie explicaba pero todos conocían, de lo difícil que era adaptarse a un mundo que no te daba manual de instrucciones. Kael era fácil de escuchar. Tenía una energía contagiosa, una forma de ver el lado bueno de las cosas que Elysia agradecía más de lo que decía.
Cuando se retiró a su habitación, ya tarde, se encontró pensando en lo que Kael le había dicho. «Me gusta cómo es ahora». Quizá no era la única que notaba la diferencia. Quizá todo el castillo la notaba.
Pero solo uno la analizaba.
Y esa noche, mientras Aster miraba el fuego y Elysia miraba el techo de su habitación, ambos pensaban en lo mismo sin saberlo.
En cómo una persona podía cambiar tanto.
Y en por qué ese cambio importaba más de lo que debería.