Es una historia sobre el poder más supremo del universo: la capacidad de ELEGIR tu propio destino, incluso cuando te enfrentas a ciclos kármicos milenarios.
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CAPÍTULO 5: LA FRIALDAD PERFECTA
Las semanas posteriores fueron las más tranquilas que Aria había experimentado en cualquier vida.
Ella aprendió a vivir nuevamente. No como sobreviviente de un naufragio, aferrándose a cualquier cosa flotante. Como persona. Como alguien que existía por derecho propio, no por tolerancia de otro.
Las pequeñas cosas se convirtieron en revoluciones:
Tomar café sola sin sentir que debería compartirlo con alguien. Leer un libro completo sin preocuparse de si sus páginas lo aburrirían. Ir al trabajo y prosperar en un proyecto sin reportar cada logro a un hombre que nunca la valoró realmente. Sonreír a un extraño en la calle sin culpa. Ducharse con agua fría porque le gustaba así. Dormir hasta las once de la mañana un sábado sin sentir que desperdiciaba su tiempo.
Aria descubrió que la frialdad que había cultivado para protegerse de Marcus había evolucionado en algo completamente diferente: claridad.
Era como si, al morir, su visión hubiera sido restablecida. Podía ver las cosas como realmente eran. Podía ver el valor de un momento de paz. Podía ver la diferencia entre estar sola y estar sola porque era de esperar.
Cuando Ethan llegaba—lo cual pasaba naturalmente, sin plan, simplemente que se encontraban en el lobby o en el pasillo—ella era cálida. No performativamente cálida, como lo había sido con Marcus, donde cada gesto era un cálculo de cómo obtener amor. Era auténticamente cálida, porque era auténtica.
Cuando se iba, ella no lo perseguía. Cuando hacían planes, ella los honraba, pero sin sacrificar sus propias necesidades. Cuando necesitaba espacio, él lo daba sin preguntas o resentimiento.
Era revolucionario. Era simple. Era todo lo opuesto a lo que había conocido.
Una noche, después de que Ethan le ayudó a colgar algunos cuadros en su apartamento, preguntó: "¿Cuál es tu mayor miedo ahora?"
Aria pensó en esto honestamente. "Que esto sea demasiado bueno para ser verdad. Que desaparezca."
"¿Por qué desaparecería?" preguntó Ethan.
"Porque las personas como yo no merecen las cosas buenas," respondió Aria automáticamente. Luego se detuvo. "¿De dónde vino eso? No creo eso. Creo que... en realidad, no sé qué creo."
Ethan la sostuvo del rostro. Sus manos eran firmes pero gentiles.
"Tú mereces todo lo bueno en el universo," dijo. "Y voy a pasar cada día mostrándote eso."
Algo en su voz sugería que sabía exactamente lo que quería decir. Como si hubiera pasado vidas—literalmente vidas—probándolo.
Marcus intentó contactarla una vez más. Pero esta vez, a través de un amigo común que le pidió que "reconsiderara."
Aria fue clara: "Dile que mi consideración fue de seis vidas. Ahora es momento de que viva la mía."
El mensaje no fue cruel. Fue definitivo.
Y porque fue definitivo, fue más amable que cualquier mentira de una "segunda oportunidad" que nunca llegaría.
Aria comenzó a ir a terapia. No porque estuviera rota. Sino porque quería entender las cicatrices de las vidas pasadas de una forma que la neurociencia del presente pudiera explicar.
Su terapeuta era constantemente asombrada.
"Es como si hubiera vivido varias vidas de abuso emocional," comentó una vez.
Aria sonrió internamente. Si tan solo supiera.
Pasaron dos meses de paz. Marcus no intentó contactarla. Las flores dejaron de llegar. El teléfono dejó de sonar.
Y Aria, sentada en su balcón una noche, finalmente sintió algo que no había sentido en ninguna de sus vidas anteriores.
No era felicidad exactamente. Era más fundamental que eso. Era la sensación de que el futuro podría ser de ella. De que no estaba siendo arrastrada hacia algo inevitable. De que podía construir. De que podía ser.
Desde el balcón de al lado, Ethan la observaba.
Y en sus ojos, había algo que sugeraba que finalmente, FINALMENTE, el momento que había estado esperando durante casi trescientos años se estaba acercando.