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El Contrato Del CEO

El Contrato Del CEO

Status: En proceso
Genre:CEO / Embarazo no planeado / Traiciones y engaños
Popularitas:2.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Baudilio Smith Burgos

Seis meses. Sin sexo. Sin preguntas. Sin sentimientos.
Camila firmó el contrato sin dudarlo. Necesitaba el dinero para salvar a su madre. No le importaba casarse con un hombre frío, poderoso y peligroso.
Pero hay dos cosas que él sabe y ella no.
Primera: él ya sabe que ella es la hermana gemela de su ex prometida, la mujer que él cree haber matado.
Segunda: él también sabe que ella tiene un hijo de tres años. Un hijo que él nunca ha visto.
Él busca la verdad. Ella busca venganza. Ambos ocultan secretos mortales.
Pero cuando el contrato se rompa y la verdad explote, descubrirán que el amor puede ser el arma más peligrosa de todas.
💣 ¿Podrá el odio convertirse en amor? ¿O la venganza lo destruirá todo?

NovelToon tiene autorización de Baudilio Smith Burgos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20: Siempre Tú.

Capítulo 20: Siempre tú

Un año después, el sol entraba por los ventanales de la mansión, tibio y dorado, como abrazando cada rincón. Nicolás tenía cuatro años y corría por el jardín persiguiendo mariposas, con su risa contagiosa llenando el aire. Lucía lo cuidaba desde la terraza, mientras tomaba café y reía con mi madre. Yo estaba en la cocina, preparando el desayuno, cuando Sebastián llegó por detrás y me abrazó.

—Hueles bien —dijo, esbozando una sonrisa morbosa.

—Es el café.

—No es el café. Eres tú.

—Eres un cursi —dije, y lo besé.

—Soy tu cursi, y a mucha honra.

Me dio un beso en la nuca.

—Hoy es un día especial —dijo.

—¿Sí? ¿Qué día es hoy?

—El día en que todo cambió.

—Muchos días cambiaron todo.

—Pero hoy... hoy recibí una carta.

Me dio un sobre sin remitente, pero reconocí la letra enseguida. Era de Rebeca. Abrí la carta con manos temblorosas y leí:

"Camila:

Ya sé que no quieres saber de mí, porque te hice mucho daño. Es posible que tal vez nunca me perdones, pero necesito escribirte esto:

Estoy en un hospital en Suiza, donde me están tratando. No las heridas de bala, porque esas ya sanaron. Me están tratando el alma, porque descubrí que tengo un trastorno. Algo que me impide sentir empatía y me hizo creer que la venganza era el único camino. No me estoy excusando, sino dándote una explicación.

No espero que me entiendas. Solo quiero que sepas que estoy intentando cambiar. Que voy a terapia todos los días y tomo medicinas. Que a veces duele verme así, pero te juro que duele menos que el odio.

Tal vez algún día pueda volver a verte, o tal vez no. Pero quiero que sepas que te quiero. Que siempre te quise y nunca dejaré de quererte, aunque no supe demostrarlo.

Cuida de Nico y de Sebastián. Pero, sobre todo, cuida de ti. Nos vemos en otra vida, hermanita.

Rebeca."

Al terminar la lectura, las lágrimas rodaron por mis mejillas. Sebastián me secó el rostro con sus dedos.

—¿Estás bien?

—No lo sé. Pero creo que sí.

—¿Qué vas a hacer?

—Escribirle.

—¿De nuevo?

—Sí. Pero esta vez... diferente.

—¿Cómo diferente?

—Como si fuera la última vez.

Esa noche, escribí mi respuesta:

"Rebeca:

Leí tu carta varias veces y tuve sentimientos encontrados. Lloré, reí y recordé. No sé si algún día podré perdonarte del todo, pero te juro que puedo intentarlo. Me alegra que estés recibiendo ayuda y que te esfuerces por cambiar. Me alegra que todavía estés viva.

No voy a decirte que vuelvas. Tampoco voy a mentir diciendo que te espero. Solo voy a recordarte que aquí tienes una hermana para siempre. Cuando estés lista, aquí estaré, con los brazos abiertos, el corazón dispuesto y el perdón en los labios.

Te quiere,

Camila."

Doblé la carta, la metí en un sobre y, al día siguiente, la eché al correo. En ese instante, sentí que el círculo se cerraba.

Pasaron los meses y la fundación creció. Ayudamos a cientos de familias, construimos escuelas, otorgamos becas y cambiamos las vidas de muchas personas. Nicolás empezó el jardín de infantes, hizo amigos y aprendió a leer y a escribir. Mi madre finalmente decidió mudarse con nosotros, así que ya no estaba sola, ya no sufría. Lucía se casó con su prometido. Gonzalo siguió siendo mi amigo y nos veíamos de vez en cuando. Entre nosotros nunca hubo nada más, y por eso yo estaba en paz.

Una tarde, recibí una visita inesperada.

—Señora Montes —dijo el detective Morales—. Tengo noticias sobre Rebeca.

—¿Qué pasó?

—Fue condenada a veinticinco años de prisión. No saldrá nunca.

—¿Confesó?

—Confesó todo. El asesinato de su padre, el intento de homicidio de Elena, los desvíos de dinero. Todo.

—¿Por qué lo hizo?

—Dijo que para limpiar su conciencia, porque ya no podía vivir con la culpa.

—¿Y usted le creyó?

—Lo que yo crea no importa. Lo importante es lo que diga la justicia.

—La justicia... a veces tarda, pero llega.

—Llega si la sabemos esperar.

El detective se despidió, y yo me quedé sola en el jardín.

Esa noche, Sebastián llegó temprano a casa.

—Tengo una sorpresa para ti —le dije.

—¿Qué sorpresa?

—Cierra los ojos.

Los cerró con cierta curiosidad reflejada en el rostro.

—Ábrelos.

Le puse el sobre en las manos y abrió los ojos.

—¿Qué es?

—Ábrelo y sabrás.

Lo abrió. Dentro había un papel con una prueba de embarazo positiva.

—¿Estás...?

—Sí, Sebastián. Vamos a tener otro hijo.

Los ojos de Sebastián se humedecieron y nos fundimos en un abrazo tierno y sentido.

—Estoy que no quepo de felicidad. Y me imagino que Nico se pondrá a dar brincos de alegría cuando sepa que va a tener un hermanito.

—O una hermana, porque puede ser una niña.

—Tienes razón. ¿Cómo quieres que se llame?

—Rebeca.

—¿Rebeca? —dijo, frunciendo el ceño.

—Sí. Por mi hermana. Por todo lo que no pudo ser y lo que algún día será.

—Es un nombre con historia.

—Una historia de dolor, de perdón y de esperanza. Como la nuestra.

Rebeca Montes nació un martes de primavera. Pesó tres kilos y midió cuarenta y ocho centímetros. Tenía los ojos negros de su padre, el pelo oscuro de su madre y una sonrisa que iluminaba toda la habitación. Nicolás la sostuvo en brazos con cuidado.

—Hola, hermanita —le dijo—. Te voy a cuidar siempre.

—Yo también —dijo Sebastián.

—Y yo —dije sonriendo.

—A mí no me dejen fuera, porque esa va a ser mía —dijo mi madre.

—Será nuestra —dijo Lucía con una sonrisa a flor de labios.

—Rebeca es de todos nosotros —dijo Gonzalo, que también había venido a conocerla—. Ella nos pertenece a todos, porque es la princesa de esta casa.

Y todos reímos, porque al final, el amor siempre gana. Porque la familia siempre encuentra el camino del perdón, que es mil veces más poderoso que el odio.

Esa noche, mientras todos dormían, me senté en el balcón y miré las estrellas. Pensé en mi padre, en Rebeca. Pensé en todo lo que había pasado y sonreí.

—¿En qué piensas? —preguntó Sebastián, sentándose a mi lado.

—En que todo estuvo bien.

—¿Todo?

—Todo. El dolor, las lágrimas, las peleas, las mentiras. Todo nos trajo hasta aquí.

—¿Y aquí es donde querías estar?

—Aquí es donde siempre quise estar. Contigo. Con nuestros hijos. Con nuestra familia.

—Entonces, ¿no cambiarías nada?

—No cambiaría nada.

—¿Ni siquiera el contrato?

—Ni siquiera eso. Porque sin ese contrato, nunca nos habríamos conocido. Y sin conocernos, nunca habríamos aprendido a amarnos.

Sebastián se inclinó y me dio un beso tierno en la frente. Curiosamente, nuestra hija tenía sus ojitos fijos en los cristales de la ventana. No sabría decir si le llamaba la atención el brillo de la luna, o si desde pequeña Rebeca era capaz de escuchar el canto de las estrellas.

1
Saily Smith
muy bueno. me encanta
Olga Robledo
Qué vieja tan mala, pero el karma existe, qué la vida le cobre todas sus intrigas
María Cortez
esta buena la novela con mucha intriga pero sigo aqui desvelandome por leerla .
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