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El magnate y la mariposa

El magnate y la mariposa

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:19.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Elena Paz

Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.

Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.

Pero entonces aparece él.

Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.

Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.

Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.

Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.

"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."

¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?

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NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6: La rendición

Valentina no aceptó el café.

Al menos no de inmediato.

Se quedó de pie frente a Santiago, en el descanso del tercer piso, con la bolsa de pan dulce apretada contra el pecho y la llave todavía entre los dedos. La luz del foco parpadeaba sobre ellos. En cualquier momento podía abrirse la puerta de la vecina del segundo y entonces todo el edificio tendría tema para una semana.

—No puedes aparecer así —dijo ella.

—Lo sé.

—Y sin embargo aquí estás.

Santiago bajó la vista hacia los vasos.

—Me dijiste que no apareciera en tu trabajo. Cumplí.

—Eso fue una trampa semántica.

—Fue obediencia literal.

Valentina no quiso reírse. Le salió una respiración rara que casi lo fue.

Santiago la notó, por supuesto. Ese era el problema con él: parecía notar demasiado. No lo usó para avanzar. Solo levantó un poco el vaso.

—No tienes que dejarme entrar. No voy a pedirlo. Solo quería darte esto y preguntarte si mañana puedo invitarte a caminar.

—¿Caminar?

—Caminar. Sin coche, sin hotel, sin lounge, sin gente mirando.

—¿Tú caminas?

La pregunta se le escapó antes de filtrarla. Santiago miró sus zapatos caros, luego el pasillo viejo, y sonrió.

—Aprendí antes de Stanford.

Valentina apretó los labios.

—No sé si quiero verte.

—Entonces dime que no.

—No.

—De acuerdo.

Él dejó el vaso de café sobre el escalón limpio, junto a la pared, y retrocedió.

Valentina se sorprendió. Otra vez.

—¿Ya?

—Dijiste que no.

—¿Y mañana?

—Mañana te preguntaré por mensaje. Si me bloqueas, entenderé que sigue siendo no.

Santiago bajó las escaleras sin hacer ruido. Valentina se quedó mirando el vaso tibio hasta que escuchó la puerta del edificio cerrarse abajo. Solo entonces entró a su departamento.

El café estaba casi frío.

Se lo tomó de todos modos.

Al día siguiente, el mensaje llegó a las diez de la mañana.

"Buenos días, Valentina. ¿Puedo invitarte a caminar hoy? Si la respuesta es no, no insistiré hasta mañana."

Ella lo leyó mientras esperaba que se cargara un archivo enorme en la computadora de CDV. Lucía, que tenía radar para desgracias y hombres, se asomó desde su silla.

—¿Es él?

—No seas metiche.

—Entonces sí.

Valentina puso el celular boca abajo.

—Me invitó a caminar.

Lucía parpadeó.

—¿Caminar? ¿Un Montero?

—Eso dije yo.

—Mija, a lo mejor se está quedando sin presupuesto.

Valentina soltó una risa que la traicionó. Lucía la señaló con el bolígrafo.

—Ahí está. Te gusta.

—No me gusta. Me desconcierta.

—A veces empieza igual.

Valentina quiso responder, pero el archivo terminó de cargar y el trabajo la salvó. No contestó el mensaje hasta las cinco y media.

"Una hora. En un lugar público."

La respuesta llegó en menos de un minuto.

"Tú eliges."

Eso también la desarmó.

Eligió el Parque México porque había gente, perros, vendedores, ruido suficiente para no sentirse en una cita. Llegó con jeans, tenis y una chamarra ligera, decidida a no arreglarse para él. Santiago ya estaba junto a una banca, sin chofer, sin coche visible, con camisa gris y las mangas dobladas.

Valentina miró alrededor.

—¿Dónde estacionaste el Batimóvil?

—Le di el día libre.

—¿Al coche?

—Al chofer.

Ella negó con la cabeza, pero sonrió.

Caminaron sin tocarse. Al principio, Valentina habló poco. Santiago no llenó los silencios con presumir. Le preguntó por su trabajo sin fingir que lo entendía todo, y cuando ella le explicó el caos de aduanas, proveedores y clientes que pagaban tarde, escuchó con atención real.

—Suena agotador —dijo.

—Lo es.

—¿Te gusta?

Valentina tardó en responder.

—Me gusta pagar mi renta.

Santiago no se rió.

—Eso también cuenta.

Ella lo miró de reojo. Cualquier otro hombre de su mundo habría dicho algo sobre no preocuparse por dinero. Él no lo hizo. Ese respeto pequeño le molestó porque se sentía grande.

Pasaron junto a un vendedor de globos. Había mariposas de colores entre dinosaurios y princesas. Santiago se detuvo apenas.

—Tu pulsera —dijo—. ¿Por qué mariposas?

Valentina tocó el dije ya reparado.

—Mi mamá dice que parecen frágiles, pero pueden cruzar continentes.

—Las monarca llegan hasta Michoacán.

—Sí. Mi papá me llevó de niña a verlas una vez. Había tantas que parecía que el bosque respiraba.

La frase le salió más suave de lo que pretendía. Santiago la miró sin interrumpir.

—Desde entonces me gustan. Supongo que me gusta la idea de algo pequeño que no le pide permiso a nadie para llegar lejos.

Santiago guardó silencio un momento.

—Te queda.

Valentina sintió calor en las mejillas.

—No me conoces.

—Estoy intentando.

—Eso no significa que vaya a dejarte.

—Lo sé.

Compraron esquites en un puesto porque Valentina se negó a entrar a una cafetería "con café de autor y sillas incómodas". Santiago pidió el suyo con todo, porque ella lo retó con la mirada. A los tres bocados, estaba sudando.

—¿Quieres agua? —preguntó ella, demasiado satisfecha.

—Estoy perfecto.

—Tienes lágrimas en los ojos.

—Es emoción.

Valentina se rió. Esta vez sin esconderlo.

Santiago la miró como si esa risa hubiera valido el chile, el calor y la caminata entera.

No fue la última salida.

Durante las siguientes dos semanas, Valentina siguió diciendo que no era una cita cada vez que aceptaba verlo. Él no la contradijo. Fueron a una librería de viejo en la Roma, donde Santiago compró un libro que ella recomendó y no fingió haber leído. Se sentaron en una banca de la Alameda a comer helado. Un domingo, ella lo llevó a un mercado y le puso enfrente una canasta de tacos sudados envueltos en plástico azul.

—¿Estás segura de que esto no viola alguna cláusula de tu fideicomiso familiar? —preguntó ella.

Santiago tomó un taco de papa.

—Si muero, dile a Emilio que fue por una buena causa.

—Dramático.

—Precavido.

Comió el primer taco con cuidado. Luego otro. Al tercero, pidió salsa.

Valentina lo observó, incrédula.

—No estás fingiendo.

—¿Por qué fingiría?

—Para gustarme.

Santiago dejó el taco en el plato de papel y la miró con una seriedad que cambió el aire entre ellos.

—Valentina, si quisiera fingir, habría elegido algo que me dejara mejor parado que sudar frente a una canasta de tacos.

Ella bajó la vista para no sonreír demasiado.

Esa tarde caminaron hasta que empezó a llover. Se refugiaron bajo el toldo de una tienda cerrada, hombro con hombro, sin tocarse del todo. El agua caía fuerte sobre la calle y los coches levantaban pequeños abanicos sucios al pasar.

—Te vas a enfermar —dijo Santiago.

—Sobreviví al Metro en hora pico. La lluvia no me asusta.

—Nada te asusta, por lo visto.

Valentina pensó en las búsquedas de internet, en los apellidos, en su cuenta bancaria, en la posibilidad de querer algo que no podía sostener.

—Sí me asustan muchas cosas.

Él no preguntó cuáles. Solo se quitó la camisa ligera que llevaba sobre la playera y se la puso sobre los hombros.

—Entonces una menos.

Valentina pudo haberla rechazado. Debió hacerlo.

En cambio, sujetó la tela con los dedos y se quedó quieta bajo el toldo, escuchando la lluvia.

Esa noche, cuando Santiago la dejó frente a su edificio, no intentó besarla. Ni siquiera tocó su mano. Solo esperó a que abriera la puerta.

—Gracias por los tacos —dijo.

—No te emociones. Todavía no pasas la prueba de la salsa roja.

—Acepto el reto.

Valentina subió dos escalones y se volvió.

—Santiago.

Él levantó la mirada.

—Mañana no puedo.

—Está bien.

—Pero el viernes... quizá sí.

La sonrisa de Santiago fue lenta, contenida, como si no quisiera asustarla con su propia felicidad.

—Entonces viernes.

Valentina cerró la puerta del edificio antes de arrepentirse.

Del otro lado, con la espalda apoyada en la madera, se tocó la pulsera de mariposa y aceptó, por primera vez, que tal vez ya no estaba huyendo.

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Zaira
Bella me encanto.
Aida Rodriguez
q feo fin
MANATE
💯🤗
AYA
😒😒😒 que boba🙄
Elena Yobany Santacruz Alejandria
dios q hombre terco..pero mas ella no afloja solo se complica.
Rosa Rodelo
Foto
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
Elena Yobany Santacruz Alejandria
q paciencia tiene nuestro protagonista 🥰🥰
milagros perales
Me encantó
Yanira Aguilar
hermosa novela
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