Una chica de ciudad, acostumbrada a la comodidad, la tecnología y el ritmo acelerado de la vida urbana, conoce por chat a un chico de campo. Con el paso del tiempo, las conversaciones se convierten en una hermosa historia de amor. Decidido a conocerla, él viaja para verla y ambos descubren que sus sentimientos son verdaderos. Cuando deciden construir un futuro juntos, ella debe adaptarse a una vida completamente diferente. Aprende las costumbres del campo, a cocinar en leña, a convivir con la naturaleza y a disfrutar de la tranquilidad que la rodea. Entre cambios, desafíos y nuevas experiencias, descubre una felicidad que jamás imaginó encontrar.
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Capítulo 6: Mis 21 años
Había pasado un mes desde el nacimiento de Miguel Ángel. La casa seguía llena de alegría gracias a la llegada del nuevo integrante de la familia. Mi sobrino se había convertido en el centro de atención. Mi mamá no se despegaba de él, Melissa quería cargarlo a cada rato y Felipe parecía vivir orgulloso de ser papá.
Aquella mañana me desperté sin imaginar que sería un día especial.
Todavía estaba medio dormido cuando escuché que alguien golpeó suavemente la puerta.
—Hernán, levántese —escuché decir a mi mamá.
Miré el reloj.
Eran las seis de la mañana.
—Ya voy, ma.
—Más le vale.
Me levanté, me puse las botas y me lavé la cara. Cuando salí al corredor sentí algo extraño. Todos estaban sonriendo.
Mi mamá fue la primera en acercarse.
—Feliz cumpleaños, mijo.
Entonces reaccioné.
—¡Verdad!
—¿Cómo que verdad? ¿Se le olvidó que hoy cumple años?
—Un poquito.
Mi mamá se rio.
—Solo a usted se le olvida su propio cumpleaños.
Le di un abrazo.
—Gracias, ma.
En ese momento apareció Melissa corriendo.
—¡Feliz cumpleaños, hermano!
Y se lanzó encima mío para abrazarme.
—Gracias, princesa.
—¿Ya tiene 21?
—Sí.
—Está muy viejo.
—Oiga pues.
Todos soltaron una carcajada.
Mientras seguíamos hablando apareció Sara con Miguel Ángel en brazos.
—Feliz cumpleaños, cuñado.
—Gracias, Sarita.
—Que Dios lo bendiga mucho.
—Amén.
Sara acercó al bebé.
—Mire, Miguel Ángel también le desea feliz cumpleaños.
—Claro que sí.
Le hice una mueca al niño y él comenzó a mover los brazos.
—Creo que le caigo bien.
—Todavía no sabe quién es usted —respondió Sara riéndose.
En ese momento escuchamos el sonido de unas botas acercándose.
Era Felipe.
Y apenas lo vi supe que iba a empezar a molestar.
—Bueno, bueno, bueno.
—¿Qué pasó?
—Miren al cumpleañero.
—Sí, ¿y?
—Ya tiene 21 años.
—Sí.
—Veintiuno.
—Ya entendí.
Felipe cruzó los brazos.
—Veintiún años y todavía no trae novia a la casa.
Toda la familia comenzó a reírse.
—Ya empezó.
—No, estoy diciendo la verdad.
—Hermano, déjeme tranquilo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque me preocupa.
—¿Qué le preocupa?
—Que llegue a los treinta y siga igual.
Mi mamá soltó una carcajada.
—Felipe, deje al muchacho.
—No, señora. Esto es un tema serio.
Sara negó con la cabeza.
—Usted nunca cambia.
—Alguien tiene que decirle las cosas.
Yo me serví una taza de café.
—Pues sepa que estoy muy bien así.
—Eso dicen todos.
—Es verdad.
—Ajá.
—¿Qué significa ese ajá?
—Que no le creo.
Melissa observaba la conversación como si estuviera viendo una novela.
—¿Otra vez peleando?
—No estamos peleando —respondí.
—Sí están peleando.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Toda la familia volvió a reírse.
Felipe se sentó frente a mí.
—Hablando en serio.
—Ahora sí.
—¿Nunca le ha gustado nadie?
—Claro que sí.
—¿Y entonces?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada.
—Qué desperdicio.
—Hermano...
—¿Qué?
—Déjeme vivir.
—Yo lo dejo vivir. Lo que quiero es que consiga novia.
—No necesito novia.
—Eso dice ahora.
—Lo digo porque es verdad.
—Ya veremos.
Mi papá llegó en ese momento.
—¿Y ustedes qué hacen?
—Felipe molestando como siempre.
—Ah.
—Ve, hasta papá sabe.
Mi papá sonrió.
—Pues algo de razón tiene.
—¿Usted también?
—No lo estamos obligando.
—Menos mal.
—Solo decimos que algún día llegará alguien.
Yo me encogí de hombros.
—Quién sabe.
—Llegará —dijo Sara.
—¿Y ustedes por qué están tan seguros?
—Porque sí.
—Excelente explicación.
La mañana siguió entre risas y bromas.
Después desayunamos todos juntos. Mi mamá había preparado huevos, arepas y chocolate caliente.
Mientras comíamos, Felipe seguía buscando maneras de molestarme.
—¿Y qué pidió de cumpleaños?
—Nada.
—¿Una novia tampoco?
—Hermano...
Sara casi se ahoga de la risa.
—Déjelo respirar.
—No puedo.
—Sí puede.
—No.
—Sí.
—No.
Melissa ya estaba riéndose sin siquiera saber por qué.
Después del desayuno salimos a trabajar un poco en la finca. Aunque era mi cumpleaños, las vacas no sabían eso y el trabajo tampoco.
Mientras caminábamos hacia los cultivos, Felipe volvió a acercarse.
—Oiga.
—¿Qué?
—Tengo una teoría.
—Dios mío.
—Escuche.
—A ver.
—Usted está esperando una princesa.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Entonces una reina.
—Tampoco.
—Entonces no entiendo.
—Simplemente no estoy buscando a nadie.
—Pues ella lo va a encontrar a usted.
Yo me reí.
—Qué filósofo salió.
—Acuérdese de mí.
La jornada pasó tranquila. Al mediodía regresamos a la casa donde mi mamá había preparado un almuerzo especial por mi cumpleaños.
Durante toda la tarde recibí felicitaciones de vecinos, familiares y amigos.
Cuando llegó la noche, nos reunimos nuevamente en el corredor de la casa.
Mi mamá sacó una pequeña torta que había preparado.
Melissa fue la encargada de encender la vela.
—Pida un deseo.
Cerré los ojos durante unos segundos.
No sabía exactamente qué pedir.
La verdad me sentía agradecido por todo lo que tenía.
Una familia unida.
Una finca hermosa.
Un sobrino recién nacido.
Salud.
Y personas que me querían.
Soplé la vela mientras todos aplaudían.
—¡Feliz cumpleaños! —gritaron.
La noche continuó entre risas, historias y comida.
Antes de irnos a dormir, Felipe se acercó una última vez.
—Feliz cumpleaños, hermano.
—Gracias.
—Lo quiero mucho.
—Yo también.
Entonces me dio una palmada en el hombro.
—Y ojalá para los 22 ya tenga novia.
—¡Felipe!
Toda la familia estalló en carcajadas una vez más.
Y así terminó mi cumpleaños número 21, rodeado de las personas que más quería, sin imaginar que mi hermano estaba más cerca de tener razón de lo que cualquiera de nosotros podía imaginar.