Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.
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Capítulo 10
...Valentina...
Los siguientes días fueron los más silenciosos de mi vida.
No era que Martín hubiera dejado de hablarme. Seguía preparando el desayuno, seguía dejando notas adhesivas en el refrigerador, seguía preguntándome por mensaje si ya había cenado. Pero algo había cambiado.
Las notas, que antes decían cosas como «Hay jugo fresco. No es de sobre», ahora decían solo: «Buenos días.»
Ya no me esperaba para cenar. La comida estaba lista en la olla, tapada, con una nota: «Caliéntala tres minutos.» Pero él ya estaba encerrado en su estudio cuando yo llegaba.
Ya no se sentaba conmigo en el sofá por las noches. Ya no me preguntaba cómo había ido el trabajo. Ya no hacía esa media sonrisa mínima que era como un premio al final del día.
Martín Herrera no estaba enojado. Estaba dando espacio.
Y eso era infinitamente peor.
Porque un hombre enojado me habría dado algo contra lo que luchar. Un hombre que se retira en silencio solo me dejaba enfrentarme a mi propia cobardía.
El lunes, comí sola. El martes, comí sola. El miércoles, me quedé mirando el plato de arroz que él había dejado en la olla —perfectamente sazonado, como siempre— y sentí que se me cerraba la garganta.
El jueves, Natalia me encontró en la terraza de la oficina, mirando el cielo sin verlo.
—¿Estás bien? Llevas tres días pareciendo un fantasma con blusa profesional.
—Estoy bien.
—Mentira. ¿Problemas con tu compañero de departamento?
Me sobresalté. ¿Cómo sabía que…?
—Solo digo —continuó, mordiendo su empanada— que cuando alguien tiene esa cara, o le rompieron el corazón o se lo están rompiendo a sí misma.
No respondí. Porque tenía razón en lo segundo.
Esa noche, mientras lavaba los platos, escuché la risa de Mariana en una nota de voz. Me había mandado un audio largo, como siempre, lleno de cotilleo y teorías conspirativas.
—…y por cierto, ¿ya viste lo que pusieron en el grupo privado de la uni? Alguien abrió un hilo sobre el Profesor Herrera. Dicen que «tiene a alguien, probablemente vive con esa persona». ¡VALE! ¡Están hablando de ti! Bueno, no de ti específicamente, pero de la «chica misteriosa». ¡Esto es mejor que una telenovela!
Me quedé inmóvil con el plato en la mano.
Están hablando de nosotros. En redes. En público.
Y yo retrocedí medio paso.
El plato resbaló de mis manos y se estrelló contra el fondo del fregadero. No se rompió, pero el sonido me sacudió como una bofetada.
¿Qué estaba haciendo? ¿Escondiéndome? ¿De qué? ¿De una relación que ni siquiera existía oficialmente?
No. Me estaba escondiendo de mis propios sentimientos. Porque aceptar que Martín Herrera me importaba —no como un crush de universidad, sino de verdad, de una forma que me daba vértigo— significaba arriesgarme. Significaba dejar de ser la chica que lo admiraba desde la tercera fila y convertirme en alguien que caminaba a su lado.
Y eso me aterraba.
Pero perderlo me aterraba más.
La mañana siguiente, me levanté a las seis y media. Antes que él.
Cuando salió de su cuarto, a las siete y cuarto, con su camisa de profesor y los lentes recién puestos, me encontró sentada en la barra de la cocina. Con dos tazas de café servidas. Esperándolo.
Se detuvo un segundo.
—Buenos días —dije, tratando de que mi voz sonara normal y no como la de alguien que ensayó esta escena diez veces frente al espejo del baño.
—Buenos días. —Su tono era neutro. Cauteloso.
Se sentó frente a mí. Tomó la taza. Bebió un trago. No dijo nada.
El silencio duró un minuto entero.
—El desayuno de hoy estaba delicioso —dije. Él todavía no había desayunado; solo se había servido café. Pero me refería a todos los desayunos. A cada tostada con aguacate, a cada fruta cortada con precisión quirúrgica, a cada nota adhesiva que guardé en el cajón de mi escritorio como si fueran cartas de amor.
Él me miró por encima de la taza.
—Gracias —dije. Y la palabra me pesó en la lengua, cargada de todo lo que no sabía decir—. Gracias por… todo.
No era suficiente. Lo sabía. Pero era un primer paso. Un paso que no retrocedía.
Él no respondió inmediatamente. Tomó otro trago de café. Y entonces, despacio, como si estuviera decidiendo algo, dijo:
—¿Quieres tostadas o fruta?
Algo dentro de mí se aflojó. No era un «te perdono» dramático. No era una escena de película. Era Martín Herrera, siendo exactamente quien era: alguien que expresaba el afecto preparando desayunos y que te perdonaba ofreciéndote elegir entre tostadas y fruta.
—Las dos cosas —respondí.
La esquina de su boca se curvó. Apenas. Pero la vi.
Se puso de pie y empezó a cocinar. Yo me quedé en la barra, con las manos rodeando la taza tibia, mirando su espalda, y sentí algo que no había sentido en toda la semana: que el aire volvía a circular.
Desayunamos juntos, en silencio. Pero era un silencio diferente. Un silencio que se parecía al principio de algo nuevo.
...Martín...
Cerré la puerta de mi estudio y me apoyé contra ella.
Solté el aire que había estado conteniendo.
No esperaba que ella se levantara antes que yo. No esperaba encontrarla ahí, sentada en la barra con dos tazas de café, mirándome con esos ojos que siempre delatan todo lo que intenta esconder.
Allen tenía razón. Maldita sea, Allen siempre tenía razón.
Ayer, en la sala de profesores, le conté lo que pasó. Lo del medio paso. Lo del silencio.
—Retrocedió porque le da miedo —dijo Allen, removiendo su café con una calma que me exasperaba—. No porque no le importes. Le da miedo que le importe demasiado.
—¿Y qué se supone que haga?
—Nada. —Me miró con esa sonrisa de europeo sabihondo—. Dale espacio para que decida por sí misma. Tu retroceso no es un castigo, es una puerta abierta. Ella tiene que elegir si la cruza.
—¿Y si no la cruza?
—La cruzará. —Allen se terminó el café—. Lleva cuatro años enamorada de ti. Eso no se borra con un momento de pánico.
Ahora, apoyado contra la puerta de mi estudio, repasé el desayuno.
Ella dijo «gracias». Con esa voz temblorosa que usa cuando dice algo que le cuesta. Con los ojos un poco brillantes y las manos apretadas alrededor de la taza.
Abrí la computadora. El diario encriptado.
«Ella dio el primer paso.
No fue grande. No fue dramático. Se levantó temprano y me esperó con café.
Pero para alguien que lleva cuatro años admirando desde la distancia, sentarse enfrente de mí y decir "gracias" es un acto de valentía enorme.
Quizá más de lo que ella misma cree.»
Cerré el archivo.
Abrí la caja de madera. Pasé el pulgar por la fotografía de ella arrodillada bajo el sol, salvando a un desconocido. Cuatro años atrás. El día que todo empezó.
Guardé la caja.
La cerré con llave.
Y pensé: «Terminó el silencio. Por fin.»
Ella volvió. Y esta vez no retrocedió.
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