Valentina fue criada como hija de la casa Vargas, hasta que una copa rota, una mentira y el silencio de todos la condenaron a tres años de servidumbre en la manada Oscura.
Allí lavó ropa con las manos abiertas por el hielo, limpió establos, cargó leña, durmió sobre paja y aprendió que nadie iba a ir por ella. Cuando el plazo termina, Rodrigo Vargas, el Alfa que alguna vez significó hogar, aparece para llevarla de regreso.
Pero la Valentina que vuelve no busca abrazos, explicaciones ni perdón.
En la casa que la entregó, Isabela ocupa su lugar, Don Alejandro intenta arreglar su futuro como si fuera un problema familiar, Elena llora demasiado tarde y Rodrigo empieza a entender que la culpa no repara nada.
Solo Abuela Consuelo sigue llamándola "mi niña".
Cuando las cicatrices salen a la luz y las mentiras comienzan a romperse, Valentina decide algo simple: nunca más volverá a vivir como una Omega que otros pueden vender, esconder o nombrar a su antojo.
Y mientras la verdad de Isabela se pudre bajo perfumes falsos, un Beta llamado Diego aparece con una bondad tranquila que Valentina ya no creía posible.
Pero en un mundo de Alfas, manadas y destinos marcados por la luna, sobrevivir no será suficiente.
Valentina tendrá que elegir si quedarse entre las ruinas de la familia que la enterró... o caminar hacia una vida donde nadie vuelva a apagar su nombre.
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Capítulo 6
Capítulo 6
Valentina empezó a ir a la habitación de Consuelo todas las mañanas.
No se lo ordenó nadie. Tal vez por eso lo hacía sin sentir el pecho cerrado. Despertaba antes de que la casa se moviera, se lavaba la cara con agua fría, vendaba los nudillos con tiras limpias y cruzaba el corredor hacia el ala norte.
La primera mañana encontró a Consuelo peleando con una criada.
—No quiero esa cosa amarga.
—El médico dijo que debe tomarla, señora.
—El médico también dijo que Rodrigo era un niño tranquilo y mira cómo salió.
La criada no supo si reír o pedir perdón.
Valentina tocó la puerta abierta.
—¿Puedo pasar?
Consuelo giró la cabeza.
—Si vienes a defender al médico, no.
Valentina entró y tomó el cuenco de medicina.
—Vengo a negociar.
La abuela la observó con desconfianza.
—Esa palabra nunca significa nada bueno en esta casa.
—Dos tragos ahora. Después caldo.
—Uno.
—Dos.
Consuelo la miró durante un largo segundo. Luego tomó el cuenco y bebió dos tragos con expresión de guerra perdida.
—Mandona.
Valentina dejó el cuenco sobre la mesa.
—Usted me enseñó.
La abuela soltó una risa breve que terminó en tos. Valentina le acercó agua, acomodó las almohadas y revisó que el brasero tuviera leña. Lo hizo con movimientos prácticos, sin preguntar cada cosa. En la manada Oscura, cuidar a alguien enfermo era hacerlo rápido para que nadie acusara a las dos de flojas.
Consuelo la siguió con los ojos.
—Antes eras pésima encendiendo fuego.
Valentina movió las brasas con el atizador.
—Aprendí.
—No quería que aprendieras así.
La frase quedó entre las dos.
Valentina puso un leño pequeño y esperó a que prendiera.
—El fuego no pregunta.
—Yo sí.
La abuela extendió una mano. Valentina se acercó. Consuelo le tomó los dedos con cuidado, como si tocara una tela rota que aún podía salvarse.
—Cuéntame algo verdadero.
Valentina miró la ventana. Afuera, el jardín estaba gris. Una criada barría hojas secas que el viento devolvía al mismo sitio.
—Lucía ronca cuando está muy cansada.
Consuelo parpadeó.
—¿Esa es tu verdad?
—Sí.
—Esperaba algo más solemne.
—Es verdadera.
La abuela sonrió. Esta vez no tosió.
Valentina continuó:
—En invierno escondíamos un pedazo de pan cerca de la chimenea del lavadero. Si lo dejábamos muy cerca, las ratas lo encontraban. Si lo dejábamos lejos, se congelaba.
Consuelo dejó de sonreír.
—¿Comías eso?
Valentina entendió el error. Había ofrecido una verdad y la verdad había entrado demasiado rápido.
—A veces.
—¿Y aquí te preguntan por qué no quieres vestidos nuevos?
Valentina bajó la mirada.
Consuelo apretó los dedos.
—Mírame.
Ella obedeció.
—No tienes que protegerme de todo.
—Se cansa.
—Me cansa más imaginar.
Valentina no supo qué contestar.
Elena entró poco después con una bandeja de desayuno. Se detuvo al ver sus manos unidas.
—Traje pan con miel.
—Para ella —dijo Consuelo.
Elena colocó la bandeja junto a Valentina.
—Claro.
Valentina tomó un pedazo pequeño. La miel se le pegó a un corte en el dedo y ardió. Aun así, comió.
—Tu abuela está más tranquila cuando vienes —dijo Elena.
Era una frase suave. También era una forma de pedirle algo.
Valentina tragó.
—Quiero venir.
Elena pareció aliviada.
Consuelo no.
—No la conviertas en remedio, Elena.
Elena bajó la mirada.
—No quise decir eso.
—Pero lo dijiste cerca.
El silencio llenó la habitación.
Valentina tomó el libro viejo de oraciones familiares, no porque quisiera rezar, sino porque la abuela siempre lo pedía cuando el aire se ponía pesado.
—¿Leo?
Consuelo cerró los ojos.
—Lee desde donde hay nombres. Me gustan los muertos; ya no mienten.
Valentina abrió el libro. Las primeras líneas le salieron bajas. Después encontró el ritmo.
En el corredor, unos pasos se detuvieron. Rodrigo. Ella lo reconoció sin levantar la vista.
No entró.
Consuelo abrió un ojo.
—Cobarde —murmuró.
Valentina siguió leyendo.
Pero me fascina la narrativa... Dura, blanco o negro, no hay floritorios en los romances., que casi no hay o no se perciben... cómo ese que "día a día crece" y no descubris si es un romance normal o personas que coinciden en tiempo y espacio.
Es rara y está muy buena