Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
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Capítulo 5: La invitación que no quería aceptar.
El sol empezaba a ocultarse tras los muros de la mansión Wén, tiñendo de tonos dorados y rosados el cielo de la capital, cuando un sonido de trompetas y cascos de caballos resonó en la puerta principal, rompiendo la calma de la tarde. Roxana, que estaba sentada en el pabellón del jardín ayudando a sus hermanos menores a organizar sus libros, levantó la cabeza con curiosidad. En una casa como la suya, las visitas oficiales siempre significaban algo importante.
—¡Es un mensajero del palacio imperial! —gritó uno de los sirvientes, corriendo hacia ellos con una carta de seda amarilla en las manos, el color reservado solo para comunicaciones que venían directamente de la corte.
Su padre, Wén Chen, que estaba revisando documentos en su despacho, salió de inmediato, con el rostro serio. Recibió el mensaje, hizo una reverencia al mensajero y, tras despedirlo, rompió el sello con cuidado y leyó el contenido. A medida que sus ojos recorrían las líneas, su expresión se volvió más tensa, y una sombra de preocupación cruzó su mirada.
Roxana se puso de pie, sintiendo esa punzada de intuición que nunca le fallaba. Sabía muy bien qué clase de invitaciones llegaban desde el palacio, y ninguna de ellas le interesaba lo más mínimo.
—¿Qué pasa, padre? —preguntó, acercándose con paso firme, sin esperar a que él hablara—. ¿Qué es lo que dicen?
Wén Chen suspiró, dobló la carta y la miró a ella con ternura y pesar a la vez.
—Es una invitación oficial, hija. La Emperatriz Viuda celebrará dentro de tres días una gran fiesta en el palacio, en honor a los funcionarios más leales y destacados del imperio. Y entre los nombres que deben asistir… está el tuyo.
Un silencio breve llenó el aire. Sus hermanos Hào, Lín y Yǔ se quedaron quietos, mirando a su hermana, sabiendo muy bien cuál sería su respuesta. Su madre, que había llegado en ese momento, puso una mano sobre el brazo de su marido, esperando también la reacción de su hija.
Roxana soltó una risa corta, seca y sin ninguna alegría, y dio media vuelta, caminando de nuevo hacia el banco de piedra donde había estado sentada.
—Pues responderás que no iré —dijo con determinación, sin dudar ni un segundo—. Diles que estoy enferma, que tengo algún deber familiar, que me fui de viaje… lo que quieras, pero yo no voy a poner un pie en ese palacio.
—Roxana… —empezó su padre, con voz suave pero seria—. Sabes que no se puede rechazar una invitación de la corte. No es una petición, es una orden disfrazada. Si no vas, se considerará una falta de respeto grave, una ofensa hacia la familia imperial. Y eso podría traernos problemas muy grandes.
Ella se giró de nuevo, con los ojos brillantes de esa terquedad que todo el mundo conocía, con las manos apretadas en puños a los costados.
—¿Problemas? ¿Por qué? ¿Por qué no quiero ir a una fiesta donde todas las mujeres sonríen por compromiso, hablan con palabras vacías y se pasan el tiempo criticando a los demás por detrás? —su voz subió de tono, clara y firme—. Ya sé lo que pasa ahí, padre. Sé que es un lugar lleno de reglas estúpidas, de apariencias, de gente que solo quiere ver y ser vista. ¿Para qué ir? ¿Para que me miren de arriba abajo, para que me digan cómo sentarme, cómo hablar o cómo moverme? Ya tengo muy claro quién soy, y no necesito que nadie en el palacio me lo enseñe.
—Nadie quiere obligarte a ser algo que no eres, hija —intervino su madre, acercándose y poniéndole las manos sobre los hombros, mirándola a los ojos con dulzura—. Conocemos tu carácter, sabemos que te asfixian esas formalidades. Pero tu padre tiene razón: en la corte, las cosas no son como aquí en casa. Un pequeño desaire puede interpretarse como algo mucho más grave, y aunque nosotros te defenderíamos con la vida, no queremos que tu rechazo se vuelva en contra de tu padre, de tu familia o de nuestro nombre.
Roxana apartó la mirada, mirando hacia el estanque donde los peces de colores nadaban tranquilos, libres de obligaciones y normas. Sabía que tenían razón, claro que lo sabía. Su mente lógica y analítica le decía que rechazar una invitación imperial era peligroso, que podía dañar la posición de su padre, que era un hombre justo y honorable, que solo quería lo mejor para el imperio y para su familia. Pero su orgullo, su espíritu libre y esa rabia que sentía contra todo lo que limitaba a las personas, le gritaban que no cediera, que no permitiera que nadie le dijera dónde tenía que estar ni qué tenía que hacer.
—¿Por qué tengo que ser yo la que ceda siempre? —murmuró, con voz más baja, cargada de frustración—. ¿Por qué tengo que ir a un lugar donde no me quieren, solo para cumplir con unas reglas que no tienen sentido?
Su padre se acercó, le tomó las manos entre las suyas, grandes y cálidas, y le habló con esa mezcla de autoridad y amor que siempre lograba llegar hasta lo más profundo de su corazón.
—No te pedimos que cambies, ni que te calles, ni que seas distinta a como eres. Solo te pedimos que vayas, solo por esta vez. Entra, saluda, cumple con el deber y, si quieres, no hables con nadie, ni te rías, ni participes en nada. Solo preséntate, demuestra respeto y vuelve a casa. Hazlo por mí, Roxana. Porque aunque sé que puedes defenderte de todo y de todos, no soportaría que alguien usara tu ausencia para decir que yo no educo bien a mi familia, o que somos desleales.
Hào, que había escuchado todo en silencio, dio un paso al frente y dijo con seriedad:
—Si vas, hermana, nosotros iremos contigo. Aunque no nos dejen entrar a todos, nos quedaremos esperando fuera, y si alguien te molesta o te dice algo que no te gusta, entraremos y nos encargaremos de que sepan quiénes somos.
Lín y Yǔ asintieron con fuerza, el pequeño agarrándose de su túnica:
—¡Sí! Nadie podrá hacerte nada. Nosotros te cuidamos.
Roxana miró a su padre, a su madre, a sus tres hermanos que la adoraban y que estaban dispuestos a todo por ella. Vio la preocupación sincera en los ojos de su padre, ese hombre que nunca le había negado nada, que siempre la había apoyado, que le había dado toda la libertad del mundo. Y entendió que, en esta ocasión, no se trataba de perder ni de ganar, ni de ceder ante las normas estúpidas. Se trataba de proteger a la familia que tanto amaba.
Ella podía soportar las miradas, los comentarios, las reglas. Ella tenía la inteligencia y la fuerza para mantenerse fiel a sí misma estuviera donde estuviera. Pero no podía soportar ser la causa de algún problema, de alguna acusación o de alguna dificultad para las personas que le habían dado todo en esta vida.
Soltó el aire despacio, sacudió la cabeza con una media sonrisa y miró a su padre a los ojos, con esa mezcla de terquedad y cariño que siempre la definía.
—Está bien —dijo finalmente, con voz clara—. Iré. Pero solo porque no quiero que nadie use mi nombre para hacerte daño a ti, ni a nuestra familia. Y que quede claro: voy, pero no prometo ser educada si me insultan, ni callarme si dicen tonterías. Voy, pero seré yo misma. Y si alguien intenta tratarme como a una muñeca sin voz, se va a arrepentir de haberme invitado.
Su padre suspiró aliviado, sonriendo con orgullo, y le dio un beso en la frente.
—Con que vayas, ya es suficiente. Lo demás… ya sabes que te respaldaremos siempre, pase lo que pase.
Su madre la abrazó con fuerza, feliz de que hubiera aceptado sin tener que pelear más, y sus hermanos saltaron de alegría, prometiendo que la acompañarían hasta la misma puerta del palacio.
Mientras se quedaba sola de nuevo, mirando la carta de seda amarilla que ahora descansaba sobre una mesa de piedra, Roxana sintió un cosquilleo extraño en el estómago. Sabía que esta fiesta no era cualquier cosa. Sabía que allí, entre todos los nobles y funcionarios, estaría él: Li Longjun, el Emperador, el Dragón Dorado, el hombre que ahora mismo ni siquiera sabía que ella existía, pero que pronto cambiaría todo su destino.
—Bien —murmuró para sí misma, apretando los dientes y sonriendo con desafiante determinación—. Iré a tu palacio, Emperador. Pero prepárate, porque no soy ninguna de las mujeres a las que estás acostumbrado a ver. Y cuando me veas… ya nada volverá a ser igual.
Dobló la carta con cuidado y se dirigió hacia su habitación. No estaba contenta, no quería ir, pero lo haría. Y mientras se preparaba mentalmente para lo que vendría, una cosa estaba muy clara en su mente: iba a entrar en ese palacio con la cabeza muy alta, con su libertad intacta y con la certeza de que, aunque fuera por obligación, esa fiesta sería el principio de todo.