Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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6- La primera noche
La habitación de Nahuel era lo opuesto a la cabaña. Era enorme, fría, minimalista. Gris, negro, acero. Una cama king size, que ahora estaba perfectamente hecha, como si nadie durmiera ahí. Un ventanal del piso al techo mostraba el jardín iluminado y, más allá, la oscuridad del campo. Sin cortinas. Sin dónde esconderse.
Héctor cerró la puerta al salir. El clic de la llave al girar desde afuera sonó como una condena.
Nahuel fue directo al mueble bar. Se sirvió un whisky doble, sin hielo. Se lo tomó de un trago. No me miró. No desde que salimos de la biblioteca. La tensión entre nosotros era un cable pelado.
—El baño está por ahí —dijo, señalando con la cabeza, la voz ronca—. Hay toallas limpias. Cerrá con llave si querés.
No me moví. Seguía parada en el medio de la habitación, con su campera todavía encima, las manos temblándome. Mis padres estaban muertos. La frase de Ramiro se repetía constantemente en mi cabeza. No lloraba. Era peor. Era un vacío. Un agujero negro donde deberían estar los recuerdos.
—¿Estás bien? —Nahuel se sirvió otro vaso. Este no se lo tomó. Lo sostuvo, mirando el líquido ámbar como si ahí estuvieran las respuestas.
Era una pregunta estúpida. No, no estaba bien. Acababa de descubrir que era huérfana por boca del hombre que me drogó. Que no tenía nombre, ni pasado, ni futuro que no fuera prestado.
—Necesito... —tragué—. Necesito sacarme esto de encima.
No hablaba de la ropa. Hablaba de su olor. Del olor de Ramiro que todavía sentía en la nariz. Del olor a miedo.
Nahuel entendió. Asintió una vez, corto.
—Andá. Tomá todo el tiempo que necesites.
El baño era más grande que mi habitación entera en la cabaña. Mármol negro, ducha gigante, lluvia desde el techo. Me metí sin esperar a que el agua se calentara. Necesitaba que me doliera.
Me arranqué la ropa. La blusa de seda, el jean. La campera de Nahuel la dejé doblada en el borde del lavamanos. No podía tirarla. Olía a él. Y él, en este momento, era lo único que no me daba asco.
El agua helada me mordió la piel. Jadeé. Me apoyé en la pared de vidrio y por fin, lloré. No fue un llanto bonito. Fue un vómito de alma. Por mis padres, a los que no recordaba. Por la Elena que fui y que quizás murió en esa ruta. Por la Laura que Ramiro inventó. Por la NN que firmó un papel esa tarde.
No sé cuánto estuve ahí. Cuando el agua salió caliente, me enjaboné hasta que la piel me ardió. Me refregué los brazos, el cuello, como si pudiera arrancarme los meses en la cabaña. Como si pudiera arrancarme las manos de Ramiro de mi memoria muscular.
Imaginar que se aprovecho de mi estando inconciente era algo que no podia aceptar. De solo imaginarlo se me revolvia el estómago y sentia asco de mi misma.
Cuando salí, envuelta en una toalla blanca que parecía una nube, Nahuel no estaba en el cuarto.
Había una pila de ropa sobre la cama. Suya. Un pantalón de algodón gris y una remera negra, los dos doblados. Y una nota arriba, escrita con una letra angulosa, apurada: Son limpios. No te quedan, pero es mejor que nada. Voy a estar en el sillón. La puerta queda sin llave de este lado. Si soñás, si gritás, si necesitás algo... Golpeás la pared. Dos veces. Voy a estar.
Dos golpes. Un código. Algo nuestro. Algo real en medio de tanta mentira.
Me vestí. Su remera me llegaba a medio muslo. Olía a él. A detergente caro y a esa cosa cítrica de su jabón. El pantalón se me caía, así que lo até con un nudo. Me miré en el espejo. No era Elena. No era Laura. Era una náufraga con la ropa de su rescatista.
Salí del baño. Nahuel estaba en el sillón de dos cuerpos frente al ventanal, de espaldas. Se había cambiado. Pantalón de pijama, torso desnudo. La luz de la luna le marcaba cada músculo de la espalda, cada cicatriz fina. Tenía varias. ¿De qué?
No se giró.
—¿Mejor? —preguntó.
—Más limpia —me acerqué, abrazándome a mí misma—. No sé si mejor.
Recién entonces me miró. Sus ojos me recorrieron entera. No fue lascivo. Fue un inventario. Buscando heridas nuevas. Buscando roturas. Cuando llegó a mis pies descalzos, algo se le tensó en la mandíbula.
—Tenés frío —no fue una pregunta. Se levantó y fue al vestidor. Volvió con un par de medias gruesas, de lana—. Ponete esto.
Me las dio. No me tocó. Pero sus dedos rozaron los míos y fue como un chispazo.
Me senté en el borde de la cama para ponérmelas. El silencio era denso.
—Él no va a salir —dijo Nahuel de repente, mirando por el ventanal—. Mi abuelo ya llamó al juez. Ramiro Varela tiene antecedentes. Robo, lesiones. Con la confesión de hoy y tu testimonio, no sale en diez años. Mínimo.
Diez años. La cifra debería haberme aliviado. Solo me dio más vacío. Diez años y yo seguiría sin saber quién era.
—¿Y si vuelve? —la pregunta me salió chiquita—. Dijo que siempre vuelvo.
Nahuel se giró tan rápido que me asustó. En tres pasos cruzó la habitación y se arrodilló delante mío. No me tocó. Pero su cara quedó a centímetros de mis rodillas. Sus ojos oscuros me atraparon.
—Escuchame bien, Elena —mi nombre prestado en su boca sonó como una ley—. Ese hijo de puta no te vuelve a poner una mano encima. Ni te vuelve a hablar. Ni a respirar el mismo aire que vos si yo puedo evitarlo. ¿Entendiste?
No era parte del pacto. No era para Octavio. Era para mí. Y por primera vez, le creí a alguien.
—Tengo miedo —admití. La palabra me supo a derrota—. No de él. De no acordarme. De estar vacía. De que si algún día recuerdo, no me guste lo que vea.
Nahuel cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había algo roto en ellos.
—Yo también tengo miedo —confesó, y me dejó helada—. Miedo de que te acuerdes y te vayas. Miedo de que te acuerdes y me odies por usarte. Y miedo de que no te acuerdes nunca y te quedes por lástima.
La honestidad me golpeó más fuerte que cualquier grito.
—No te tengo lástima —le dije—. Te tengo... Gratitud. Y eso es peor. Porque no sé si es real o si es solo porque me sacaste del infierno.
Se quedó callado. Luego, apoyó su frente en mis rodillas. Solo un segundo. Un segundo en el que el heredero frío, el perro de presa, se rompió. Sentí su respiración caliente a través del algodón de su pantalón. Sentí el peso de su cabeza. Y sentí el impulso loco de enterrar mis dedos en su pelo.
Se levantó antes de que lo hiciera. Como si me hubiera leído la mente.
—Tenés que dormir —dijo, rudo de nuevo, recomponiendo la armadura—. Mañana es la guerra. Mi abuelo, la prensa, la policía otra vez. Necesitás estar entera.
—Dormí conmigo —se me escapó.
Se congeló.
—No —su negativa fue inmediata—. No es... No podemos.
—No para eso —me apresuré, la cara me ardía—. No me pidas que duerma sola después de hoy. No en esta casa gigante. No con ese ventanal sin cortinas. Cada sombra me va a parecer él. —Lo miré, y dejé que viera todo el miedo—. No me toques. No me hables. Solo... Quedate en la cama. Del otro lado. Para que sepa que no estoy sola.
El conflicto en su cara era una batalla. El deber, el deseo, el pacto, la decencia. La decencia ganó, pero por poco.
—Solo dormir —dijo, y sonó a advertencia. A él mismo—. No pasa nada.
Fue hasta el lado izquierdo de la cama, hacia el ventanal y se metió. Se quedó encima de las sábanas, tapándose solo con una. Mantuvo la mayor distancia posible entre los dos. Yo hice lo mismo de mi lado. El colchón era tan grande que podrían dormir tres personas y no tocarse.
Apagó la luz. La luna entró a raudales por el ventanal. Lo veía perfecto. La línea de su mandíbula, la tensión en sus hombros, la forma en que sus manos estaban cerradas en puños sobre la sábana.
—Nahuel —susurré en la oscuridad.
—¿Mmm?
—Gracias. Por hoy. Por no dejarme sola con él.
Tardó en contestar.
—No me las des —dijo al fin—. No soy bueno, Elena. Hago esto por mí. Porque no soporto a Silvina. Porque odio a mi abuelo. Vos solo... —suspiró— vos solo tuviste la mala suerte de chocar con mi auto.
Sus palabras eran crudas. Pero no me lo creí. Nadie se pone entre un monstruo y su presa "por mala suerte".
Cerré los ojos. El sueño no venía. Solo imágenes: la lluvia, la luz, las manos de Ramiro, la voz de Nahuel diciendo mía.
No sé cuánto tiempo pasó. Horas. Hasta que el frío me hizo temblar. O el miedo. No supe. Solo supe que me moví, buscándolo en la oscuridad. Buscando ese aroma que me hacia olvidar el de Ramito. Que me hacia olvidar por un segundo al de la cabaña.
No lo toqué. Pero me acerqué hasta que sentí el calor de su cuerpo a mi lado. No era mucho. Pero era real.
Él no se movió. No me rechazó. No me abrazó.
Pero tampoco se alejó.
Y en esa tregua de centímetros, con el monstruo preso y otro monstruo de traje durmiendo dos pisos abajo, me dormí por primera vez sin pastillas.
Soñé con un manzano. Tenía flores. Y frutos. Y ramas bajas, perfectas para trepar.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
🤔🤔🤔❓❓❓❓