Bajo una identidad falsa, Dante se infiltra en la mansión de su mayor enemigo como el nuevo y frío guardaespaldas de su hija, Dana Smith. Dana, una hermosa mujer de veintisiete años, no sabe nada del oscuro pasado de su padre ni del monstruo que financia sus lujos. Ella solo sabe que su nuevo protector es un hombre misterioso, imponente y peligrosamente atractivo que parece odiarla sin razón.
El plan de Dante es perfecto: ganarse su confianza, descubrir los secretos del negocio y destruir a los Smith desde adentro. Pero un Alfa no puede luchar contra el destino, y cuando el instinto salvaje le revele que la hija de su enemigo es, en realidad, su Luna destinada, Dante tendrá que elegir entre la sangrienta venganza o el lazo prohibido que amenaza con consumirlo.
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Capítulo 5
El calor era un monstruo vivo que devoraba el aire. La explosión inicial de la planta alta reverberó en los cimientos de la mansión, haciendo que el techo del sótano crujiera de manera alarmante. Grandes llamaradas de un naranja furioso comenzaron a lamer las escaleras de madera, bloqueando la salida principal. El denso humo negro bajaba en oleadas pesadas, asfixiando los pulmones del joven Alfa de quince años.
Dante tosía con violencia, arrastrándose sobre el suelo cubierto de escombros. El dolor en su espalda por el golpe anterior era insoportable, pero el instinto primario de protección hacia su madre encendió una fuerza que ni él mismo sabía que poseía. A unos metros de él, entre la penumbra y los cascotes de piedra que habían caído, divisó la silueta de Elena. Estaba inconsciente, con el rostro manchado de hollín, pero su pulso lobuno aún latía de forma débil en sus venas.
—¡Mamá! —bramó Dante con la voz desgarrada, arrastrándola por los hombros hacia la pequeña ventana de ventilación que daba al jardín trasero, la única vía de escape que el fuego aún no había reclamado.
Usando sus manos ensangrentadas, Dante golpeó el marco de hierro de la rejilla con la fuerza bruta de su herencia biológica hasta que los tornillos cedieron con un crujido metálico. Con un esfuerzo sobrehumano, empujó el cuerpo inerte de su madre hacia el exterior, acomodándola sobre la hierba húmeda del callejón trasero. Justo cuando él se disponía a impulsarse para salir, una segunda explosión masiva, originada en los tanques de gas de la cocina, reventó la estructura interna de la casa.
La onda expansiva lo lanzó por el aire. El estallido sembró el espacio de proyectiles mortales. Un trozo de cristal grueso y afilado, desprendido de uno de los ventanales del comedor, voló con una fuerza descomunal y se incrustó profundamente en el costado izquierdo de su abdomen.
Dante ahogó un grito de pura agonía cuando el impacto lo estrelló contra el césped del jardín exterior. El mundo se volvió borroso, tiñéndose de un tono rojizo y desenfocado. Con la mano temblorosa, presionó la herida; la sangre caliente brotaba a borbotones entre sus dedos, empapando su uniforme escolar roto. El dolor era tan agudo que paralizaba sus extremidades, pero a través de la neblina de su mente, vio a los hombres armados de Arthur Smith observar la mansión desde la distancia.
—La casa está completamente envuelta. Nadie sobrevive a esa magnitud de detonación —dijo uno de los mercenarios, guardando su arma mientras daba media vuelta—. Vámonos. El señor Smith espera la confirmación de que la estirpe Claims ha dejado de existir.
Los motores de los vehículos negros rugieron, alejándose a toda prisa y dejando atrás lo que ellos consideraban dos cadáveres sepultados por la negligencia de un accidente. Habían dado el trabajo por terminado. Los daban por muertos.
Dante sintió que sus fuerzas se evaporaban. Sus párpados pesaban toneladas y el frío de la muerte empezaba a arrastrarse por sus dedos. Su lobo interno herido gemía en silencio, incapaz de iniciar el proceso de regeneración debido a la gravedad de la herida en su vientre. Giró la cabeza con lentitud, mirando a su madre a solo unos pasos de él, atrapada en el mismo limbo de la inconsciencia. "No puedo morir aquí... Arthur tiene que pagar", pensó el adolescente, mientras las lágrimas de impotencia se evaporaban por el calor incandescente del incendio.
Fue en ese instante de absoluta oscuridad cuando el crujido de pisadas rápidas sobre la maleza rompió el sonido del fuego.
Un grupo de hombres jóvenes, corpulentos y de porte atlético, emergió de la espesura del bosque colindante con la propiedad. Vestían ropa deportiva táctica, empapados en sudor; se trataba de un grupo de Alfas en pleno entrenamiento de resistencia y patrullaje territorial en la periferia de la ciudad. Al frente de ellos, un hombre de unos cuarenta años, de mirada gélida como el invierno y un aura de poder tan aplastante que hacía vibrar el aire, detuvo la marcha de golpe. Su olfato percibió el olor a pólvora, a traición y la intensa fragancia de la sangre de un linaje Alfa real que se apagaba.
—¡Jefe, mire allá! Hay sobrevivientes —exclamó uno de los jóvenes reclutas, señalando hacia los cuerpos tendidos junto a la estructura en llamas.
El hombre maduro, el Alfa líder de un poderoso clan de la mafia lobuna que operaba en las sombras de la modernidad, caminó con paso firme e imponente hacia Dante. Se acuclilló a su lado, ignorando el calor del incendio. Su mirada analizó el cristal clavado en el abdomen del chico y los ojos oscuros del adolescente, que aún luchaban por mantener la conciencia fijada en él. No había miedo en los ojos de Dante, solo una furia salvaje, un fuego eterno sediento de retribución.
El líder de la mafia esbozó una sonrisa sumamente sutil, reconociendo de inmediato el potencial de la criatura que el destino había puesto en su camino.
—Tienes garras, muchacho. Y un odio que podría quemar esta ciudad entera —murmuró el Alfa con una voz grave, profunda y cargada de autoridad—. Saquen a la mujer y carguen al chico con cuidado. Este cachorro no va a morir hoy. Yo mismo me encargaré de forjarlo.
Dante sintió unos brazos poderosos levantarlo del suelo antes de que la oscuridad lo reclamara por completo. La promesa de la venganza acababa de encontrar su santuario en las entrañas del submundo criminal.