Dos enemigos jurados, unidos por la supervivencia entre el odio y la traición nace un amor oscuro y feroz que desafía todo. Cuando el destino golpea, Augus da su vida para salvar a Kae. Años después, ella vive en paz con su pequeño hijo, quien lleva el nombre de su padre: la prueba de que su vínculo trasciende incluso la muerte.
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Raices De Cenizas
El amanecer tiñó de gris los jardines de la mansión. El silencio de la noche anterior había quedado atrás, reemplazado por el movimiento de los guardias que revisaban cada rincón y retiraban los cuerpos de los intrusos. Kae y Augus observaban desde el umbral de la puerta, imperturbables, como si la muerte fuera algo con lo que convivían desde siempre.
—El emblema que viste ayer —dijo Kae, rompiendo el silencio—. ¿Recuerdas dónde lo habías visto antes?
Augus asintió con lentitud, su mirada perdida en el horizonte.
—En los archivos antiguos. Pertenece a un grupo de intermediarios que trabajaba para nuestros padres. Hombres sin lealtad, que servían al mejor postor. Desaparecieron cuando nuestras familias se enfrentaron o eso creíamos.
Volvieron al despacho y sacaron cajas llenas de documentos polvorientos, fotografías y contratos firmados con tinta desvaída. Durante horas revisaron papeles, cada uno en un extremo de la mesa, compartiendo información sin necesidad de pedirla. Por primera vez, no veían los archivos solo como armas contra el otro, sino como piezas de un rompecabezas mayor.
—Mira esto —llamó Augus, señalando un documento fechado años atrás—. Hay un tercer nombre aquí. Alguien que se benefició directamente cuando ambas empresas cayeron en desgracia.
Kae se acercó y leyó con atención. El nombre era Víctor Hale, un hombre que había aparecido de la nada tras la tragedia, comprando propiedades a precios irrisorios y ocupando espacios que antes les pertenecían.
—Pensé que era solo un oportunista —murmuró ella—. Pero encaja demasiado bien. Si nuestras familias se destruyeron mutuamente, él fue el único que salió ganando.
—Quizás no fue casualidad —respondió Augus—. Quizás él fue quien encendió la mecha.
Antes de que pudieran profundizar más, la puerta se abrió bruscamente. Uno de los guardias entró con el rostro pálido.
—Señor, han encontrado algo en el ala oeste. Parece una trampa.
Corrieron hacia el lugar. Al llegar, vieron una nota clavada en la pared con un cuchillo idéntico a los que coleccionaba Kae. A su lado, una caja de madera pequeña, abierta y vacía.
—Quieren incriminarte —dijo Augus, observando el arma—. Dejar pruebas para que todos crean que tú estás detrás de todo.
Kae se acercó con cautela, sin tocar nada. Sus ojos recorrieron cada detalle: la hoja, la nota, la posición.
—Es demasiado obvio. Quieren que desconfíes de mí, que ataques primero. Es su juego: sembrar dudas hasta que nos volvamos locos.
—No funcionará —respondió él, aunque su expresión se endureció—. Pero no podemos quedarnos aquí. Si Hale cree que puede atacarnos en nuestra propia casa, es mejor ir a buscarlo a su terreno.
Decidieron actuar de inmediato. Se prepararon en silencio: Kae ocultó sus cuchillos en lugares estratégicos, moviéndose con la soltura de quien conoce cada centímetro de sus armas. Augus revisó el vehículo, asegurándose de que no hubiera rastreadores ni trampas. No se hicieron promesas, no se dieron la mano, pero ambos sabían que esta vez no podían permitirse fallar.
Llegaron a la finca de Hale, alejada de la ciudad, rodeada de bosques densos. No había guardias visibles, lo que resultaba aún más sospechoso. Aparcaron a cierta distancia y avanzaron a pie, pegados a la sombra de los árboles.
—Es demasiado tranquilo —susurró Kae.
—Una trampa bien armada suele parecer vacía —respondió Augus en el mismo tono.
Al acercarse a la entrada principal, las puertas se abrieron solas. Una invitación peligrosa, pero ninguno retrocedió. Entraron despacio, listos para reaccionar ante cualquier movimiento. El interior estaba en penumbra, decorado con antigüedades y cuadros que parecían observarlos.
—Han tardado —dijo una voz desde el fondo del salón.
De entre las sombras apareció Víctor Hale, un hombre de mediana edad con una sonrisa fría y calculadora. Estaba sentado en un sillón, como si los estuviera esperando.
—Sabía que investigarían. Son iguales a sus padres: orgullosos, rencorosos… y ciegos.
—Tú provocaste todo —afirmó Augus, sin acercarse demasiado—. Usaste la enemistad entre nuestras familias para enriquecerte.
—Y funcionó —admitió Hale, riendo con suavidad—. Dos monstruos destruyéndose entre sí, dejando todo para mí. Pero no contaba con que ustedes decidieran unirse. Eso complica las cosas.
En ese instante, las luces se encendieron de golpe y varias figuras salieron de los pasillos laterales, rodeándolos. Eran más de una docena, todos armados.
—Ríndanse —ordenó Hale—. No tiene sentido luchar.
—Siempre tiene sentido —respondió Kae con calma.
Fue la señal. Antes de que nadie pudiera disparar, ella se lanzó hacia un lado, lanzando su primer cuchillo con precisión. El arma giró por el aire y se clavó en la mano del hombre más cercano, obligándolo a soltar su arma. Al mismo tiempo, Augus reaccionó con rapidez, desviando el brazo de otro atacante y golpeándolo con fuerza en el pecho, haciéndolo retroceder contra una columna.
El combate estalló en todo el salón. Kae se movía con agilidad, esquivando golpes y aprovechando cada apertura. No buscaba matar innecesariamente, pero tampoco daba tregua: cada movimiento estaba calculado para neutralizar al rival sin perder el control. Augus, por su parte, actuaba con una fuerza controlada, desarmando a sus oponentes con movimientos precisos y rápidos, protegiendo el flanco de Kae sin que tuviera que pedirlo.
—¡No pueden ganarme! —gritó Hale, levantándose y corriendo hacia una puerta trasera.
—¡No se escapa! —dijo Augus.
Kae desarmó al último hombre que se interpuso en su camino y ambos corrieron detrás de Hale. Salieron al jardín trasero, donde el hombre intentaba subir a un vehículo. Antes de que pudiera arrancar, Augus llegó primero y le cortó el paso, mientras Kae se colocaba delante del coche, bloqueando la salida.
Rodeado, Hale levantó las manos, pero en su mirada no había miedo, sino furia.
—Pueden atraparme, pero no podrán borrar lo que pasó —escupió—. El odio entre ustedes es más fuerte que cualquier alianza. Tarde o temprano, se volverán el uno contra el otro.
—Quizás —respondió Kae, acercándose—. Pero hoy no serás tú quien decida cuándo.
Lo llevaron de vuelta a la mansión, entregándolo a las autoridades correspondientes con las pruebas que habían encontrado. Cuando quedaron solos de nuevo, la noche había caído. El peligro inmediato había pasado, pero las palabras de Hale seguían resonando en el aire.
Se miraron frente a frente, sin máscaras, sin fingir. Durante mucho tiempo se habían visto solo como enemigos, pero ahora compartían un secreto oscuro, una batalla ganada codo con codo.
—Todavía no hemos terminado —dijo Augus, rompiendo el silencio.
—Lo sé —respondió ella—. Pero al menos ahora sabemos contra quién luchamos.
El odio seguía ahí, profundo y antiguo, pero algo había cambiado. Ya no era la única fuerza que los movía. Había también una comprensión mutua, una fascinación peligrosa que crecía con cada peligro compartido. Y ninguno de los dos estaba seguro de si eso los salvaría… o los destruiría por completo.