En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 15 El comienzo del viaje
—¿Qué dijiste?
Mi voz apenas fue un susurro.
Alaric levantó la vista inmediatamente, durante un instante pareció sorprendido de que lo hubiera escuchado,después sonrió con la misma serenidad de siempre.
—Nada importante, mi lady.
Fruncí el ceño.
—Sí dijiste algo.
—¿Lo hice?
—Sí.
—Entonces debo estar haciéndome viejo.
Lo señaló con una naturalidad tan convincente que incluso dudé de mí misma, pero había oído perfectamente aquellas palabras.
"La llave la ha elegido a ella."
No podía haberlas imaginado.
Di un paso hacia la escalera con intención de bajar y preguntarle qué significaban, pero Cassian me sujetó suavemente por la manga del vestido.
—¿Adónde vas?
—Con Alaric.
—¿Para qué?
Dudé unos segundos, no podía contarle lo de la llave, no todavía.
Ni siquiera sabía por qué sentía la necesidad de ocultarla. Simplemente... Algo dentro de mí me decía que debía hacerlo.
—Quería preguntarle una cosa.
Cassian siguió la dirección de mi mirada.
Abajo, Alaric y Albert ya caminaban hacia el despacho de mi padre.
—Será después.
Resoplé.
—Siempre es después.
Mi hermano sonrió.
—Empiezas a hablar igual que Margaret.
—¿Eso es malo?
—No.
Me revolvió el cabello.
—Pero da un poco de miedo.
Le di un manotazo en el brazo.
—¡No hagas eso!
—¿Qué?
—¡Despeinarme!
—Es mi obligación como hermano mayor.
—Pues renuncio.
—No puedes.
—¿Quién lo dice?
—Yo.
—Eso no cuenta.
—Claro que cuenta.
Nuestra discusión terminó cuando la voz de Beatrice resonó desde el piso inferior.
—¡Joven Cassian!
Mi hermano se asomó por la barandilla.
—¿Sí?
—¡Baje inmediatamente!
—¿Por qué?
—Porque alguien se comió los pastelillos que preparé para el viaje.
Cassian abrió mucho los ojos.
—¿Y por qué me llamas a mí?
—Porque eres el principal sospechoso.
No pude contener una carcajada.
Cassian llevó una mano al pecho, fingiendo estar ofendido.
—Eso hiere profundamente mi honor.
—¡Baje!
—Voy.
Se volvió hacia mí antes de comenzar a descender las escaleras.
—Si desaparezco, dile a padre que luché con valentía.
—Le diré que confesaste.
—¡Traidora!
Reí mientras lo veía alejarse, no importaba cuántas veces ocurriera. Cassian siempre encontraba la forma de hacerme olvidar cualquier preocupación.
Los dos días siguientes pasaron tan deprisa que apenas tuve tiempo de darme cuenta, la residencia parecía vivir en un constante ir y venir de personas.
Costureras tomando medidas, caballeros revisando las carrozas, criados preparando equipajes.
Thomas inspeccionando los caballos una y otra vez y Beatrice... Beatrice convencida de que moriríamos de hambre antes de llegar a la capital.
—¿No cree que es demasiada comida? —preguntó Margaret mientras observaba la enorme cantidad de panes, dulces y conservas que llenaban una mesa entera.
La cocinera se llevó ambas manos a la cintura.
—¿Demasiada?
—Sí.
—¿Ha visto cuánto come el joven Cassian?
Margaret permaneció pensativa.
—Tiene razón.
—Gracias.
Cassian apareció justo a tiempo para escuchar la conversación.
—¿Están hablando bien de mí?
—No.
—Entonces seguro hablaban de comida.
Beatrice negó con la cabeza.
—Definitivamente necesito llevar el doble.
La noche anterior al viaje casi toda la familia cenó reunida, era algo poco habitual.
Mi padre rara vez conseguía terminar su trabajo antes del anochecer, sin embargo, aquella noche parecía decidido a pasar tiempo con nosotros.
La mesa estaba iluminada por decenas de velas, las ventanas permanecían abiertas y una suave brisa hacía bailar las cortinas, durante un rato hablamos de cosas sin importancia.
Thomas contó cómo uno de los caballos había escapado para perseguir una yegua del pueblo, Beatrice aseguró que la culpa era del animal y no del jinete, Albert respondió que ambos compartían la responsabilidad, incluso mi padre terminó riéndose.
Yo observaba a todos en silencio, no sabía explicar por qué, pero tenía la sensación de que quería guardar aquel momento para siempre.
Como si una parte de mí supiera... Que algún día lo echaría muchísimo de menos.
—¿En qué piensas?
La voz de mi padre me sacó de mis pensamientos.
Sonreí.
—En nada.
Él arqueó una ceja.
—Esa respuesta suele significar lo contrario.
Bajé la vista hacia el plato.
—Solo...
Busqué las palabras.
—Me gusta cuando cenamos todos juntos.
El silencio fue breve.
Mi padre dejó los cubiertos sobre la mesa.
—A mí también.
Cassian sonrió.
—Entonces deberíamos hacerlo más seguido.
—Lo intentaré.
Mi padre lo dijo con sinceridad, pero algo en su mirada me hizo pensar que sabía que no siempre sería posible.
Más tarde, cuando todos comenzaron a retirarse a sus habitaciones, mi padre me llamó antes de que subiera las escaleras.
—Seraphine.
Me giré.
—¿Sí?
Él sostenía un pequeño paquete envuelto en tela azul.
—Ven un momento.
Corrí hasta él.
—¿Qué es?
—Un regalo.
Abrí mucho los ojos.
—¿Para mí?
Asintió.
—Quería dártelo antes del viaje.
Tomé el paquete con muchísimo cuidado, dentro había una pequeña cadena de plata con un delicado colgante en forma de estrella, era sencilla, ñero preciosa.
—Era de tu madre.
Contuve la respiración.
Mi madre.
Casi nunca hablábamos de ella, había muerto cuando yo era demasiado pequeña para recordarla, con mucho cuidado tomé el colgante entre mis dedos.
—¿De verdad era suyo?
—Sí.
Mi padre sonrió con una mezcla de cariño y nostalgia.
—Lo llevaba siempre consigo.
Sentí un nudo en la garganta, no sabía qué decir, solo me lancé a abrazarlo con todas mis fuerzas.
Él me devolvió el abrazo inmediatamente.
—Guárdalo bien.
Susurró muy cerca de mi oído.
—Porque algún día comprenderás por qué quería que fuera tuyo.
Asentí sin soltarlo.
No sabía que, escondida bajo mi vestido, la pequeña llave plateada acababa de emitir un brevísimo destello.
Tan débil... Que nadie en la habitación logró verlo.
Nadie.
Excepto Alaric, que observaba la escena desde la puerta del comedor con el rostro completamente serio. Y, por primera vez desde que había llegado a la residencia Valmont... Parecía realmente asustado.