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SUGAR MOMMY

SUGAR MOMMY

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Paula Mariana Jurado Ramirez

A los 19 años, un joven conoce a una empresaria multimillonaria que quedó viuda hace muchos años. Ella ha dedicado todo su tiempo a criar a su hijo del y a dirigir su empresa, convencida de que el amor quedó atrás

NovelToon tiene autorización de Paula Mariana Jurado Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

UNA AMISTAD INESPERADA

La tormenta continuó durante gran parte de la noche. La lluvia golpeaba los ventanales de la Mansión mientras los relámpagos iluminaban el jardín por breves instantes.

Después de avisarle a su abuela que estaba bien y que regresaría al amanecer, Alejandro soltó un suspiro de alivio.

—Gracias por dejarme llamar —dijo con una sonrisa.

Andrea le devolvió el gesto.

—No tienes que agradecerlo. Estoy segura de que tu abuela estaría preocupada.

En ese momento, el estómago de Alejandro rugió con tanta fuerza que los tres lo escucharon.

El joven bajó la cabeza, completamente avergonzado.

—Lo... lo siento...

Adán soltó una pequeña risa.

—Creo que tu estómago habló por ti.

Alejandro se rascó la nuca.

—No he cenado todavía.

Andrea abrió la bolsa del pedido y dijo con naturalidad:

—Entonces ya no será comida para una sola persona.

Alejandro negó rápidamente.

—No, no puedo aceptar.

—Sí puedes —respondió Andrea con una sonrisa amable—. Pediré más comida. Nadie debería irse a dormir con hambre.

Unos minutos después, los tres estaban sentados alrededor de la enorme mesa del comedor.

Al principio reinó el silencio.

Alejandro apenas levantaba la vista del plato.

No estaba acostumbrado a comer en un lugar tan elegante.

Adán fue el primero en romper el hielo.

—¿Siempre trabajas repartiendo?

Alejandro asintió.

—Sí. Es uno de mis trabajos.

—¿Uno?

—También hago entregas para una pequeña tienda los fines de semana y, cuando sale algún trabajo, reparo computadoras.

Adán abrió los ojos con sorpresa.

—¿Haces todo eso?

—Hay cuentas que pagar.

Andrea escuchaba en silencio.

Mientras más conocía a Alejandro, más admiraba el esfuerzo que hacía por su familia.

—¿Y estudias? —preguntó ella.

—Sí. Voy a la universidad en las mañanas.

—¿Y cómo logras hacer todo?

Alejandro sonrió con humildad.

—Supongo que uno encuentra fuerzas cuando alguien depende de ti.

Andrea bajó la mirada por un instante.

Aquellas palabras tocaron una parte muy profunda de su corazón.

Ella también había sentido eso cuando quedó viuda y tuvo que sacar adelante a Adán.

Después de cenar, Andrea les sirvió chocolate caliente.

—Hace mucho frío.

Alejandro sostuvo la taza con ambas manos.

El calor le resultó reconfortante.

—Hace años que no tomaba uno.

Adán sonrió.

—Pues prepárate, porque mi mamá hace el mejor chocolate caliente del mundo.

Andrea soltó una pequeña risa.

—No exageres.

—No exagero.

Por primera vez en toda la noche, Alejandro rio con sinceridad.

La tensión que había sentido al entrar en aquella casa comenzaba a desaparecer.

Más tarde, Adán lo invitó a la sala.

—¿Quieres jugar una partida?

Alejandro miró la consola de videojuegos.

—Hace muchísimo que no juego.

—Entonces te voy a ganar fácilmente.

—Eso ya lo veremos.

Durante la siguiente hora, las risas llenaron la Mansión.

Cada vez que Alejandro perdía una carrera, Adán celebraba levantando los brazos.

—¡Otra victoria!

—Eso fue suerte.

—Claro... la misma suerte cinco veces seguidas.

Andrea los observaba desde la cocina mientras terminaba de guardar algunos platos.

No podía evitar sonreír.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba tantas risas en aquella casa.

Ver a su hijo disfrutando de la compañía de alguien de su edad le llenaba el corazón de alegría.

Cuando el reloj marcó la medianoche, Andrea se acercó a ellos.

—Es suficiente por hoy. Mañana ambos tienen un día largo.

Adán apagó la consola.

—Está bien.

Se volvió hacia Alejandro.

—La próxima vez terminaremos el desempate.

Alejandro sonrió.

—Acepto el reto.

Andrea condujo a Alejandro hasta la habitación de invitados.

Antes de cerrar la puerta, le dijo con amabilidad:

—Descansa. Aquí estás seguro.

Alejandro observó la cómoda habitación.

Era la primera vez en mucho tiempo que dormiría sin preocuparse por salir a trabajar antes del amanecer o por la lluvia golpeando el techo de su pequeña casa.

Se acostó lentamente.

Mientras cerraba los ojos, una extraña sensación de paz invadió su corazón.

Sin darse cuenta, aquella noche había encontrado algo que hacía mucho creía perdido: la calidez de un hogar.

Y, al otro lado del pasillo, Adán sonreía antes de dormir.

Había conocido a Alejandro apenas unas horas antes, pero sentía que acababa de hacer un amigo de verdad.

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