Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 18: La Monja que Nadie Ve
Sofia Ramírez se pasó las manos por la cara, exhausta pero electrificada. Eran las 2:14 a.m. y el pequeño apartamento-estudio seguía iluminado por el brillo azul de las pantallas holográficas. El avance que habían transmitido la noche anterior ya superaba los dos millones de vistas, y los comentarios no dejaban de llegar. Algunos alababan su valentía, otros la acusaban de sensacionalismo, y unos pocos —los más preocupantes— decían que estaba “llamando la atención del Abismo”.
Alex Chen dormitaba en el sofá con una tablet aún en las manos, pero Sofia no podía parar. Reproducía una y otra vez el fragmento donde, por apenas dos segundos, había captado una figura alta en una ventana del convento: cabello rubio dorado y dos mechas rojas vibrantes.
—Esa tiene que ser ella —murmuró Sofia—. Sor Verónica. La que escribió los informes que movieron al Vaticano.
Alex se despertó con un gruñido, ajustándose las gafas.
—¿Otra vez con eso? Sofí, ya intentamos contactar dos veces. El convento tiene protocolos estrictos desde que llegó el Cardenal Rossi. No dejan entrar a periodistas independientes fácilmente.
Sofia se levantó y caminó por la habitación, pensando en voz alta.
—Precisamente por eso tenemos que ser más inteligentes. No quiero una entrevista formal donde repita el discurso oficial. Quiero hablar con la persona detrás de los informes. La que sale a los barrios bajos. La que, según testigos, cura con algo más que palabras.
Alex se frotó los ojos y se sentó.
—¿Y cómo planeas hacerlo? ¿Tocando la puerta con una cámara y diciendo “hola, queremos filmar a la monja misteriosa”?
Sofia sonrió con esa determinación que tanto preocupaba a su asistente.
—No. Vamos a contribuir primero. Ayudamos donde podamos, ganamos confianza y luego pedimos el acceso. La gente confía más en quienes se ensucian las manos.
Al amanecer, ya estaban en movimiento.
Su primer acto del día fue unirse a una brigada mixta de voluntarios en uno de los refugios más saturados del Distrito Medio. Sofia dejó las cámaras grandes guardadas y solo llevó una pequeña de bolsillo. Alex cargaba suministros médicos.
—Hoy no somos periodistas —le dijo Sofia mientras caminaban—. Hoy somos parte de esto.
En el refugio, la situación era crítica. Los síntomas de la “Respiración del Abismo” se habían intensificado. Varias personas tenían fiebre sin causa aparente, y tres niños se negaban a dormir por miedo a las pesadillas. Sofia y Alex trabajaron sin descanso: distribuyeron agua purificada, ayudaron a cambiar vendajes y escucharon historias.
Una mujer mayor, con las manos temblorosas, le agarró el brazo a Sofia.
—Anoche soñé que un caballero de armadura negra me ofrecía salvar a mis nietos… a cambio de mi alma. ¿Eso es real?
Sofia tragó saliva, pero respondió con honestidad.
—Algo está intentando entrar en nuestras cabezas. Pero mientras estemos juntos y despiertos, podemos resistir.
Alex, por su parte, usó sus habilidades técnicas para reparar un generador que alimentaba los sistemas de purificación de aire. Su trabajo silencioso y efectivo ganó miradas de respeto de los voluntarios eclesiásticos.
Hacia el mediodía, Mateo Ruiz y Elena Vargas llegaron para una patrulla de revisión. Sofia se acercó con cautela.
—Hermano Mateo, señora Vargas… no venimos a grabar hoy. Solo queremos ayudar. Pero… ¿habría alguna posibilidad de hablar con Sor Verónica? Sus informes están salvando vidas. La gente necesita escuchar su voz.
Mateo la miró con seriedad, pero sin hostilidad.
—Sor Verónica es muy reservada. No busca atención. Pero… veré qué puedo hacer. Ha leído tu transmisión de ayer. Dijo que era “honesta”.
Elena fue más directa.
—Si vas a entrevistarla, hazlo bien. No la conviertas en un espectáculo. Esa mujer merece respeto.
Sofia asintió con genuina humildad.
—No quiero espectáculo. Quiero verdad.
Durante los siguientes dos días, Sofia y Alex se convirtieron en parte activa de la respuesta.
Acompañaron patrullas mixtas a zonas afectadas, documentando discretamente (con permiso) los síntomas: plantas que sangraban savia negra, sombras que se movían solas en los callejones, y gente que repetía frases en lenguas desconocidas. Sofia grabó entrevistas cortas con civiles, siempre preguntando primero si estaban cómodos siendo filmados.
En una ocasión, ayudaron a contener un brote pequeño de posesión. Un joven voluntario comenzó a convulsionar y a hablar con la voz de un ser que decía ser “el heraldo del Caballero”. Alex sostuvo al chico mientras Mateo y un exorcista vaticano realizaban el ritual. Sofia filmó desde lejos, capturando la crudeza del momento sin sensacionalismo.
—Esto es lo que la gente necesita ver —le dijo a Alex después, mientras editaban el material en el apartamento—. No solo héroes. El miedo real. La lucha real.
Alex, aunque cansado, estaba cada vez más comprometido.
—Sabes que nos estamos exponiendo, ¿verdad? Hélix ya nos marcó como “amenaza narrativa”. Recibí un mensaje anónimo advirtiéndonos.
Sofia se encogió de hombros.
—Entonces sigamos contando la verdad antes de que puedan silenciarnos.
Al tercer día, recibieron una respuesta.
Mateo contactó a Sofia a través de un canal seguro.
—Sor Verónica aceptó una entrevista corta. Solo audio y voz, sin mostrar su rostro completo. Mañana al atardecer, en una sala privada del convento. El Cardenal Rossi dio permiso condicional. Pero hay reglas: nada de preguntas sobre su vida personal, y todo debe ser revisado antes de transmitir.
Sofia casi saltó de la emoción.
—Allí estaremos.
Pasaron el resto del día preparando las preguntas. Sofia quería ir más allá de lo superficial. Quería entender cómo una monja tan joven había escrito informes que impresionaron al Vaticano, cómo veía la alianza entre Iglesia e independientes, y si sentía que algo mayor se acercaba.
Alex preparó el equipo más discreto: micrófonos de solapa, una cámara pequeña y un sistema de grabación encriptada.
—Esto podría ser grande, Sofí —dijo Alex mientras calibraba—. Si Verónica habla con franqueza, podría cambiar la narrativa.
La tarde siguiente, llegaron al convento bajo una ligera llovizna rojiza. Un novicio los guio hasta una sala sencilla pero bien iluminada. Allí, sentada con la espalda recta y el hábito impecable, los esperaba Verónica.
Sofia quedó impresionada inmediatamente. La monja era más alta de lo que imaginaba, con una presencia que llenaba la habitación sin esfuerzo. Dos mechas carmesíes escapaban del velo, brillando con una intensidad casi hipnótica.
—Sor Verónica —dijo Sofia con respeto, inclinando ligeramente la cabeza—. Gracias por aceptar. No queremos incomodarla.
Verónica sonrió con serenidad, esa sonrisa que parecía contener tanto calma como algo más profundo.
—He leído su trabajo, señorita Ramírez. Es honesto. Por eso accedí. Pregunte lo que necesite.
La entrevista duró casi cuarenta minutos. Sofia preguntó sobre los informes, sobre la naturaleza de las fisuras, sobre la alianza con los independientes y sobre la esperanza en medio del miedo. Verónica respondió con claridad, inteligencia y una humildad que no parecía fingida.
—Las corporaciones buscan culpables porque temen perder control —dijo Verónica en un momento—. Pero el verdadero enemigo no es humano. Es lo que viene del otro lado. Y contra eso, solo la unión sincera puede ayudarnos.
Cuando Sofia preguntó sobre los síntomas que estaba viendo la gente, Verónica respondió con gravedad:
—Están probando nuestras mentes antes de atacar nuestros cuerpos. Debemos mantener la fe, pero también la acción. La oración sin obras es vacía.
Al final, Sofia se atrevió a hacer una pregunta más personal:
—¿Qué la motiva a seguir, Sor Verónica? Usted es muy joven para cargar con tanto.
Verónica guardó silencio un segundo. Sus ojos azules parecieron profundizarse.
—Porque alguien tiene que recordar que debajo de todo esto… aún hay luz.
La entrevista terminó. Sofia y Alex salieron del convento con material invaluable. Mientras caminaban de regreso, Sofia estaba visiblemente emocionada.
—Esto va a marcar diferencia, Alex. Su voz es… diferente. Hay algo en ella.
Alex asintió, aunque parecía preocupado.
—También sentí eso. Como si estuviera conteniendo mucho más de lo que dice.
Esa noche, mientras editaban el material, Sofia y Alex continuaron contribuyendo. Publicaron un nuevo avance donde mostraban su trabajo voluntario en los refugios y las imágenes de la alianza en acción. El video se viralizó rápidamente.
Sofia se quedó hasta tarde escribiendo un artículo complementario. En él detallaba cómo, a pesar de las acusaciones corporativas, la gente común —monjas, cazadores, independientes y voluntarios— seguían trabajando juntos.
Alex, desde su puesto, monitoreaba las reacciones.
—Estamos recibiendo amenazas, pero también mucho apoyo. La gente quiere más.
Sofia miró por la ventana hacia el convento lejano.
—Mañana seguimos. Hay más historias. Más síntomas. Y tal vez… podamos volver a hablar con ella.
La joven reportera había encontrado su propósito en medio del caos. Junto a Alex, no solo documentaban la oscuridad. También ayudaban a encender pequeñas luces de resistencia.
Y en algún lugar del convento, Verónica, ya en la privacidad de su celda, sabía que la atención sobre ella estaba creciendo. Pero por ahora, seguía siendo solo la monja que transcribía, que ayudaba, que esperaba.
El Abismo seguía respirando.
Y Sofia Ramírez estaba decidida a seguir contando la verdad mientras aún hubiera tiempo.
**Escenas extendidas de contribución**
Durante los días previos a la entrevista, Sofia y Alex ayudaron en múltiples frentes. Sofia organizó una colecta de donaciones a través de su plataforma, consiguiendo medicamentos y comida que entregaron personalmente. Alex creó un sistema de alerta temprana para detectar brotes de síntomas usando datos públicos y sensores caseros.
En una ocasión, ayudaron a evacuar a una familia cuando un brote de susurros afectó su edificio. Sofia cargó a un niño en brazos mientras Alex cubría la retirada.
Cada acción fortalecía su credibilidad. Cuando finalmente hablaron con Verónica, no fue como periodistas externos, sino como personas que ya formaban parte de la lucha.
La entrevista con Verónica se convirtió en el material más visto de su plataforma hasta la fecha. Su voz calmada y sus palabras profundas resonaron en miles de personas que buscaban esperanza.
Sofia, en su diario personal, escribió:
«Hoy hablé con alguien que parece llevar un universo entero dentro de sí. No sé qué esconde Sor Verónica, pero sé que es importante. Y seguiré contando esta historia hasta el final.»