La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
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Capítulo 6: El espionaje del General y el silencio del Trono
La paciencia nunca había sido una de las virtudes de Theo Valerius. A sus treinta años, el Comandante Supremo de las fuerzas del Norte prefería los problemas que podían resolverse con una orden directa o el filo de una espada. Sin embargo, la presencia del nuevo capitán en su fortaleza se había transformado en un acertijo insoportable que le carcomía las entrañas. Tras el empate técnico en el patio de armas y el perturbador mensaje del pergamino negro, Theo no estaba dispuesto a dejar nada al azar. Si la seguridad de su hermana Lucero estaba en juego, la piedad no era una opción.
Por ello, Theo había tomado una medida drástica: poner al recién llegado bajo una vigilancia absoluta y asfixiante las veinticuatro horas del día.
Para la tarea, el General de Hierro no había seleccionado a simples centinelas. Había asignado a tres de sus mejores rastreadores de las *Black Shadows*, hombres capaces de camuflarse entre la cellisca y desplazarse por los pasillos de piedra del castillo sin alterar el pulso de las antorchas. La orden era clara: registrar cada paso, cada conversación, cada respiración del maldito capitán.
El problema era que el sospechoso se estaba burlando de ellos en sus propias caras.
A mitad de la tarde, Theo observaba la escena oculto tras el grueso pilar de piedra del patio secundario. El "capitán" caminaba con total parsimonia hacia las caballerizas, cargando una montura de cuero sobre el hombro. A unos diez metros de él, agazapado en la sombra de un carromato de paja, uno de los rastreadores imperiales se mantenía inmóvil, mimetizado con el entorno.
El capitán se detuvo en seco. Sin girar la cabeza por completo, soltó una risa suave y arrogante que hizo que a Theo se le tensara la mandíbula. El hombre se dio la vuelta despacio, clavó la mirada exactamente en el escondite del espía y levantó una mano, saludándolo con un gesto de dos dedos sobre la sien y una ironía tan afilada como un puñal.
—Buenas tardes, soldado —dijo el capitán en voz alta, su tono sereno resonando en el patio—. Si van a pasar tanto tiempo en las sombras, les recomiendo usar capas más gruesas. El frío del Norte no perdona a los aficionados.
El rastreador, visiblemente contrariado por haber sido descubierto con tanta facilidad, guardó silencio. No era la primera vez en el día. En el comedor, el capitán le había alcanzado la sal a un espía que pretendía leer un mapa al revés; en los pasillos de la torre oeste, se había detenido a sostenerle la puerta al oficial que se suponía que lo perseguía en secreto. El hombre no solo sabía que lo vigilaban, sino que disfrutaba exhibiendo las carencias del despliegue táctico de Theo.
Furioso, con las botas pesadas resonando contra las baldosas, el Comandante abandonó su escondite y cruzó el patio en dirección opuesta. Aquello había llegado a su límite. No iba a permitir que un probable espía extranjero desestabilizara su fortaleza y se paseara frente a los aposentos de Lucero con semejante desparpajo.
Theo cruzó los pasillos del ala residencial con pasos de tormenta, apartando a los sirvientes con la simple fuerza de su presencia. Llegó a las puertas de la biblioteca privada de su padre, empujó las hojas de roble sin anunciar su llegada y entró como un torbellino de furia contenida.
—Padre, esto es inaceptable —bramó Theo, plantándose frente al gran escritorio de madera noble.
Cédric Valerius, el Duque del Norte, ni siquiera se inmutó ante el arrebato de su hijo mayor. El viejo general peinaba canas y descansaba su pierna sobre un taburete acolchado. Con una tranquilidad pasmosa, sostuvo una pequeña taza de porcelana fina, sopló el vapor del té de hierbas y le dio un sorbo lento, disfrutando deliberadamente del silencio antes de mirar al Comandante. Cédric, que junto al emperador Christopher estaba perfectamente enterado de la verdad decidió que aquella era una oportunidad maravillosa para divertirse a costa del amargado de su hijo.
—¿Qué es lo que te tiene tan alterado, Theo? —preguntó Cédric, fingiendo una demencia perfecta y acomodándose las pieles sobre los hombros—. ¿Los muchachos volvieron a perder los fondos de la guardia en sus apuestas? Porque ya te dije que Ethan y Liam tienen prohibido jugar en el patio.
—No me importan los gemelos, padre —siseó Theo, apoyando ambas manos sobre el escritorio e inclinándose hacia adelante, con los ojos fijos en el viejo Duque—. Hablo del nuevo capitán de la guardia imperial. Ese hombre es un peligro. Detectó a mis tres mejores rastreadores en menos de seis horas. Se burla de las órdenes, domina técnicas de esgrima extranjeras y el pergamino de cera negra dejó claro que hay una amenaza directa contra Lucero. Exijo tu autorización formal para meterlo en el calabozo más profundo de la fortaleza bajo cargos de alta traición y sospecha de espionaje. Yo mismo lo interrogaré.
Cédric dejó la taza sobre el plato con un tintineo limpio. Miró a su hijo de arriba abajo, observando la rigidez de sus hombros y el ceño fruncido que tanto le recordaba a los peores berrinches de Christopher en su juventud. Una sonrisa socarrona y paternal se dibujó en los labios del Duque.
—Ay, Theo... —suspiró el viejo, estirando la mano para tomar una galleta de jengibre—. Estás demasiado viejo para andar con tantos berrinches. Te va a salir una úlcera antes de los treinta y cinco si sigues tomándote la vida con tanta gravedad.
—¡Padre, hablo de la seguridad de la familia! —insistió Theo, elevando el tono de voz, frustrado ante la falta de seriedad del hombre que se suponía que le había enseñado de estrategia militar.
—Hablas de un muchacho que hace su trabajo —lo interrumpió Cédric con un ademán perezoso de la mano—. El capitán fue enviado por el Emperador. Si es lo suficientemente inteligente como para notar tus juguetes de las *Black Shadows*, significa que es un excelente oficial. Déjalo trabajar en paz. De hecho, conversé con él ayer por la tarde sobre el despliegue de las murallas y debo decir que el muchacho me cae bastante bien. Tiene buena conversación y no se asusta cuando le grito.
Theo se quedó sin palabras, parpadeando con incredulidad. El gran Duque del Norte, el hombre que había quemado campamentos enteros por sospechas menores en el pasado, estaba defendiendo a un intruso sospechoso simplemente porque "le caía bien".
—¿Te cae bien? —repitió Theo, con la voz ronca de la indignación—. ¿Eso es todo lo que vas a decir mientras un extranjero camina libremente por el castillo donde duerme tu hija?
—Es todo lo que voy a decir. Ahora retírate, que me enfrías el té con tus discursos —sentenció Cédric, volviendo a tomar su taza con una indiferencia magistral.
Theo apretó los puños, dio media vuelta y salió de la biblioteca dando un portazo que hizo temblar las armaduras del pasillo. Caminó a grandes zancadas por la galería, con el orgullo herido y la furia hirviendo en la sangre. Se sentía completamente desamparado, atrapado en una red de locura donde su primo el príncipe heredero andaba persiguiendo fantasmas en los suburbios, su hermana coqueteaba con el peligro, y su propio padre decidía ignorar una amenaza militar por una taza de té.
Mientras bajaba las escaleras hacia el patio de entrenamiento, Theo se convenció de una sola cosa: él era el único cuerdo y sensato que quedaba en toda la maldita familia imperial. Y si nadie más iba a proteger el Norte, él se encargaría de vigilar al capitán hasta verle cometer el más mínimo error. El juego seguía bajo sus propios términos.