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Una Segunda Vida Como El Joven Moretti

Una Segunda Vida Como El Joven Moretti

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Romance
Popularitas:551
Nilai: 5
nombre de autor: Kye Soma

El profesor de lenguas Yoshiya Taksumagi ha recibido una segunda oportunidad de vivir. Pero este nuevo mundo le demostrará que una segunda vida no significa una vida perfecta.
Ahora, atrapado en el cuerpo de un niño llamado Joshua Moretti, deberá descubrir los secretos detrás de su llegada y enfrentarse a un destino que jamás pidió.

¿Cómo es que un profesor de una de las mayores facultades de Japón terminó siendo un simple niño en un mundo de magia?

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Capítulo 6: Cual te gusta?.

La familia real y la familia Moretti celebraron la salud y el bienestar de la princesa Valentina Pendragon con una fastuosidad que rozaba lo obsceno. El rey Arturo, con esa sonrisa de león satisfecho que tanto le caracterizaba, organizó una fiesta para celebrarlo con todo el reino. O al menos, con la parte del reino que importaba: nobles, comerciantes ricos y algún que otro adulador profesional.

La sala del castillo estaba atestada de gente. Nobles con pelucas empolvadas y vestidos de colores chillones, niños corriendo entre las piernas de los adultos, doncellas con bandejas de plata cargadas de copas burbujeantes. El ruido era ensordecedor, una mezcla de risas falsas, música de cuerdas y el tintineo constante de las joyas al chocar. De repente, una mano se posó sobre mi hombro con una familiaridad que no había autorizado.

—¿Cuál te gusta? Puedo darte una si quieres.

El rey Arturo me habló con una sonrisa pícara, señalando discretamente a un grupo de niñas nobles que nos observaban desde un rincón, cuchicheando entre ellas como palomas asustadas.

*¿Acaso este hombre no sabe que solo tengo siete años? * Volteé los ojos con todo el dramatismo que mi cuerpo infantil me permitía. En mi vida anterior, una broma así me habría ganado una denuncia. Aquí, al parecer, era una muestra de afecto real.

Un golpe suave pero firme aterrizó en la nuca del rey Arturo. Era mi padre, Ed, que había aparecido de la nada.

—Deja de corromper a mi hijo, Arturo.

—Vamos, Ed, solo era una broma —protestó el rey, frotándose la nuca con una mueca exagerada—. Además, tu hijo me respondió lo de "mujeres de mayor bulto". Claramente ya está corrompido de fábrica.

Ambos se fueron a charlar a una esquina con la reina Elizabeth, dejándome por fin en paz. Los vi alejarse entre la multitud, dos viejos amigos que, por un momento, dejaban de ser rey y duque para ser simplemente Arturo y Ed.

Me acomodé la corbata que se había torcido durante el ajetreo de la celebración. Los pantaloncillos cortos me llegaban justo por encima de las rodillas, y los zapatos de cuero negro brillaban como espejos bajo la luz de los candelabros. *Ahora puedo decir con total certeza que realmente parezco un niño rico. Un niño rico y empachado. *

Caminé entre la multitud, observando a todas las personas. Era increíble la variedad de colores de cabello que existía en este mundo. Al principio, cuando recién desperté en el aula, pensé que se habían teñido el pelo con algún tinte mágico. Pero no. Azul eléctrico, verde esmeralda, rojo fuego, blanco nieve, incluso un rosa chicle. Todo era natural. *La genética en este mundo es un chiste y nadie se ríe. *

Me acerqué a la mesa de comida, una construcción de madera y mármol que se extendía a lo largo de toda la pared del salón. Agarré un vaso de jugo de mora, de un color púrpura tan intenso que casi parecía negro, y me quedé observando el panorama.

En una esquina, mi hermano Daniel estaba arrinconado por un enjambre de niñas nobles que lo acosaban con preguntas y risitas. Él, con su eterna expresión de fastidio, intentaba mantener la compostura mientras sus mejillas se teñían de un rojo traicionero. *Pobre diablo. Bueno, no tan pobre. *

En la esquina opuesta, mi hermana Isabella tenía una fila creciente de niños que se le declaraban uno tras otro, como si fuera una feria y ella el premio mayor. Los rechazaba con la misma expresión con la que uno espanta una mosca: sin emoción, sin pausa, sin piedad. Parecía un robot programado para romper corazones infantiles.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

*Qué miedo. * Aunque, siendo justos, mi hermana mayor era objetivamente guapa. Cabello negro como el azabache, ojos completamente verdes que brillaban como esmeraldas bajo la luz, una postura firme y un porte que ya a los doce años dejaba claro que sería una mujer imponente. Incluso desprendía un leve olor a rosas, probablemente algún perfume caro.

Sentí cómo mis mejillas se calentaban ligeramente. *Estoy orgulloso de tener una hermana así. Espero que no se convierta en una arpía cuando sea mayor, porque el potencial lo tiene. *

En ese preciso instante, Isabella giró la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Ella me dedicó una sonrisa radiante y un saludo con la mano.

Mi rostro se ensombreció de inmediato. Volteé la cara hacia otro lado, ignorándola por completo.

Por el rabillo del ojo, vi cómo Isabella apretaba sus manos con irritación, sus nudillos volviéndose blancos. Una vena palpitaba en su sien.

*No quiero tener nada que ver con mis hermanos. Ni con Daniel, que me desprecia. Ni con Isabella, que un día me quiere y al otro me odia. Bastante tengo con lidiar con mis propias emociones como para cargar con los suyos. *

Entonces la vi.

Había una mujer de cabello amarillo como el trigo maduro y ojos verdes como la hierba en primavera. Llevaba un vestido verde esmeralda que se ajustaba a su figura como un guante, guantes blancos de seda que le llegaban hasta los codos, y un collar de perlas que brillaba con luz propia. Su figura era tan imponente que llamaba la atención de todos los hombres en la sala, y también de algunas mujeres.

Ella giró la cabeza y me miró directamente. Y entonces, me dedicó una sonrisa. Una sonrisa lenta, calculada, como la de un gato que acaba de encontrar un ratón particularmente interesante.

Mi corazón se aceleró de golpe. Podía escuchar el latido retumbando en mis oídos como un tambor de guerra. Me quedé un poco atontado, con el vaso de jugo suspendido a medio camino de mis labios. *Maldita sea, cuerpo de siete años, deja de reaccionar como un adolescente. *

Volteé la mirada bruscamente hacia otro lado, ignorando a la mujer con la misma técnica que había usado con Isabella. Por el rabillo del ojo, la vi fruncir el ceño, visiblemente irritada por mi desplante.

El rey Arturo, que había estado observando toda la escena desde su esquina, me miró con una picardía que no presagiaba nada bueno. Levantó su copa en un brindis silencioso hacia mí.

*Quiero sacarle el dedo del medio, pero no puedo. Sería un delito de lesa majestad o algo igual de ridículo. *

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Punto de vista de Ed

Me apoyé contra la columna, con una copa en la mano que ya iba por la tercera ronda. La fiesta seguía, pero yo solo podía mirar a Joshua.

Mi hijo menor estaba sentado solo en una silla demasiado grande para él, con los pies colgando y un vaso de jugo en las manos. Miraba hacia la nada. No parecía aburrido. Parecía... en otro sitio. En otra vida.

*Siete años. *

Siete años y ya había salvado a la princesa. Siete años y ya había usado magia de luz como un sanador veterano. Siete años y ya había estado a punto de morir dos veces.

Me bebí la copa de un trago. El licor me raspó la garganta, pero ya ni lo sentía. Lo único que sentía era un nudo en el pecho que no se iba con nada.

Recordé el día en que nació. Vino al mundo en este mismo castillo, mientras yo estaba fuera partiendo cráneos. Cincuenta soldados enemigos. Eso fue lo que me costó estar presente cuando mi hijo menor dio su primer respiro. Por eso me llaman Hombre de Hierro. Vaya apodo de mierda.

Cuando volví, cubierto de sangre que no era mía, Viviane lo sostenía en brazos. Tenía los ojos abiertos, completamente negros, como dos botones de obsidiana. No lloraba. Solo me miraba.

—Se parece a ti —me dijo Viviane, sonriendo.

Pero no era cierto. Joshua no se parecía a mí. Se parecía a ella. A Viviane. Tenía sus ojos, su seriedad, esa forma de observar el mundo como si ya lo hubiera visto antes y no le impresionara nada.

Y luego, Viviane se fue.

Y yo dejé que se fuera.

Y Joshua creció solo.

Me serví otra copa. La cuarta. O la quinta. Había perdido la cuenta.

Miré a mi hijo de nuevo. Ahora Isabella le estaba haciendo un gesto de saludo desde el otro lado de la sala, con una sonrisa radiante. ¿Desde cuándo Isabella sonreía así? Joshua la miró, puso cara de pocos amigos y giró la cabeza.

Isabella apretó los puños, con una vena marcándose en la frente.

Solté una risa amarga. Esa niña tenía un carácter de mil demonios. Había heredado lo peor de mí. Y Joshua... Joshua había heredado lo peor de su madre. La terquedad. El orgullo. La capacidad de guardar rencor durante años.

*Dioses, qué desastre de familia. *

Apuré la copa.

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Al día siguiente, la sala del castillo estaba impecable. Los sirvientes habían hecho su trabajo. Ni rastro de la fiesta.

—¿Todos están listos? —pregunté, ajustándome los guantes.

Estábamos en el patio, junto al carruaje. Daniel e Isabella ya estaban dentro. Joshua se había retrasado. Dijo que iba a buscar algo. Un libro, seguramente. Siempre con sus libros.

Me apoyé en el carruaje y cerré los ojos. El sol de la mañana me daba en la cara. Hacía buena temperatura. Olía a hierba fresca.

Unos pasos apresurados me hicieron abrir un ojo. Joshua venía corriendo con un libro enorme bajo el brazo, las piernas moviéndose a toda velocidad.

—Joshua, no corras, que te vas a—

¡SPLASH!

Se cayó de cara. El libro salió volando y aterrizó sobre su cabeza.

Daniel se partió de risa dentro del carruaje.

Isabella saltó al suelo antes de que yo pudiera reaccionar. Corrió hacia Joshua con una rapidez que no le había visto nunca.

—¡Joshua! ¿Estás bien?

Mi hijo se levantó, sacudiéndose la tierra. Tenía una rozadura en la barbilla, pero no parecía importarle.

—Estoy bien, hermana. No te preocupes.

Isabella se quedó tiesa. Parpadeó. Sus ojos se humedecieron un poco, pero se recompuso rápido, tosiendo y apartando la mirada. Le tendió la mano y lo ayudó a recoger el libro.

Joshua agarró el libro, se lo puso bajo el brazo otra vez y subió al carruaje sin decir más. Isabella lo siguió, con una sonrisa pequeña en los labios.

*¿Cuándo habían empezado a hablarse otra vez? ¿No se suponía que Isabella lo despreciaba? *

Me subí al caballo, dándole vueltas al asunto.

Una hora después, íbamos por el camino del bosque. El carruaje avanzaba a buen ritmo. Los pájaros cantaban. El viento soplaba suave.

Y entonces sentí un escalofrío en la nuca.

No hizo falta pensar. Mi cuerpo se movió solo, años de batalla grabados en los músculos. La espada salió de la vaina antes de que la primera flecha llegara a mí.

Una. Dos. Diez flechas.

Todas partidas en el aire.

—¡Nos atacan! —gritó el mayordomo desde el pescante. Su voz temblaba. Normal. No era un soldado.

—Mana Zone —murmuré.

El mundo se volvió verde. Once presencias entre los árboles. Once idiotas que habían elegido el día equivocado.

Me impulsé con magia de rayo en las piernas. En quince segundos estaba encima de ellos.

—¡Nos encontr—!

El que iba a hablar perdió la cabeza antes de terminar. Rodó por el suelo como una pelota. Los otros diez me lanzaron hechizos a la vez. Fuego, viento, rocas. Un desastre.

Los esquivé. Los corté. Uno tras otro. Para cuando me di cuenta, ya estaban todos en el suelo.

Me agaché a revisar uno de los cuerpos. Un emblema en el hombro. Un diamante con una daga atravesada.

*Reino del Diamante. Mercenarios. ¿Quién nos ha mandado a estos? *

Me giré para volver al carruaje.

Y entonces lo vi.

Uno más. Un desgraciado con capucha que no había detectado. Estaba a dos metros de mí, con un cuchillo de hoja curva en la mano. El filo brillaba verde. Veneno.

No me daba tiempo.

—¡Whather!

Un chorro de agua a presión lo estampó contra un árbol. El tronco crujió. El tipo se desplomó en el suelo y no se movió.

Me acerqué y le clavé la espada en la garganta, por si acaso. Luego me giré, esperando ver a uno de mis guardias.

Pero no era un guardia.

Era Joshua.

Mi hijo estaba a unos metros, con el brazo extendido y la mano humeante. Tosió. Escupió sangre. Su cara se volvió blanca como el papel.

—¡Joshua!

Corrí como un loco. Lo agarré antes de que cayera al suelo. Puse mis manos sobre su pecho y empecé a canalizar magia de curación. No era mi especialidad, pero algo sabía. Lo justo para estabilizar a un herido.

Sus ojos negros se encontraron con los míos un segundo. Luego se cerraron.

Me quedé allí, de rodillas en el barro, con mi hijo de siete años desmayado en los brazos y el olor a sangre llenándome la nariz.

*Agua. Ha usado magia de agua. Un elemento que ni siquiera los magos adultos deberían usar sin entrenamiento. Y lo ha lanzado como si nada. *

Apreté los dientes.

Lo había visto entrenar. Lo había visto leer libros hasta quedarse dormido en la biblioteca. Lo había visto hacer flexiones hasta desmayarse en el jardín.

Pero esto era otra cosa.

Miré su cara pálida. Su respiración débil. Sus manos pequeñas, todavía humeantes.

*Maldito seas, Joshua. ¿En qué estabas pensando? *

No necesitaba respuesta. Ya la sabía.

Había salvado a su padre. El niño de siete años había salvado al Hombre de Hierro.

Solté una risa seca, sin humor.

*Viviane, deberías haber estado aquí. Nuestro hijo está completamente loco.

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