Sangre y Cenizas
"Te mataría si pudiera dejar de amarte"
Maya es cazadora de vampiros. Lucien es el vampiro que debería haber
muerto hace años.
Entre encuentros clandestinos y besos prohibidos, descubren que existe
un amor más peligroso que cualquier arma: uno que te envenena desde
adentro, que te hace traicionar todo lo que eres, y que solo termina
de una manera.
En la oscuridad, donde el bien y el mal se desdibujan, dos almas
rotas aprenderán que algunos fuegos nunca deberían encenderse.
Pero algunos ya arden.
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CAPÍTULO 1: El Cazador y la Presa
La lluvia golpeaba el techo del almacén abandonado como si quisiera romperlo. Maya estaba de rodillas, respirando con dificultad, la sangre de un vampiro secándose en sus nudillos. A los diecinueve años, ya había matado a catorce de ellos.
No era suficiente.
Nunca era suficiente.
Su padre decía que cada uno que caía era una victoria. Su tía decía que era venganza. Maya sabía la verdad: era un agujero que nunca se llenaría, un vacío que dejó su madre hace once años cuando un vampiro le arrancó la garganta en esta misma ciudad.
Guardó su cuchillo de plata en la funda bajo su chaqueta de cuero negro y se limpió las manos en sus pantalones. Sus ojos grises escaneaban la oscuridad del almacén, buscando más movimiento. Su entrenamiento le había enseñado a nunca bajar la guardia. Su instinto le gritaba que algo no estaba bien.
Fue entonces cuando lo sintió.
Una presencia. Antigua. Peligrosa.
Se giró lentamente, la mano ya en el mango de su cuchillo, y lo vio.
Estaba de pie en las sombras, tan inmóvil que casi parecía parte de la oscuridad misma. Cabello negro azabache, piel pálida como la muerte, ojos de un rojo profundo que brillaban como brasas en la penumbra. Llevaba una camisa negra abierta en el pecho, dejando ver cicatrices antiguas que cruzaban su torso.
Era hermoso de una manera que hacía daño mirar.
—Cazadora —dijo, su voz como terciopelo envenenado. Un acento que Maya no podía identificar, algo europeo, algo antiguo.
—Vampiro —respondió ella, sin bajar la guardia.
Él sonrió, y sus colmillos brillaron bajo la luz de la luna que se filtraba por las ventanas rotas. Dio un paso hacia ella, lento, deliberado.
—Acabas de matar a uno de los míos. Un chico estúpido, débil. No merece tu tiempo. —Otro paso—. Pero tú... tú mereces el mío.
Maya sacó su cuchillo de plata. La hoja capturó la luz de la luna.
—No me interesa lo que merezco. Solo me interesa que estés muerto.
Él rió. Era un sonido que vibraba en su pecho, oscuro y peligroso.
—Oh, cazadora. Eres tan joven. Tan furiosa. —Se detuvo a tres metros de ella—. ¿Sabes cuántos cazadores como tú he visto? Cientos. Miles. Todos con ese mismo fuego en los ojos. Todos creyendo que pueden matarme.
—¿Y cuántos lo lograron? —preguntó Maya, avanzando un paso.
—Ninguno. —Su sonrisa se hizo más amplia—. Pero tú... tú podrías ser diferente. Tú tienes algo que los otros no tienen.
—¿Qué?
—Dolor. —Dio otro paso hacia ella—. Puedo olerlo en ti. Es dulce. Es... adictivo.
Antes de que Maya pudiera reaccionar, él se movió. No caminó. Se desvanecció de donde estaba y apareció a su lado, tan rápido que solo vio un borrón de movimiento. Ella giró, levantando su cuchillo, pero él ya estaba detrás de ella, sus dedos fríos rozando su cuello.
—Podrías matarme ahora —susurró en su oído, su aliento frío contra su piel—. Si fueras lo suficientemente rápida.
El corazón de Maya aceleró. No por miedo. Por algo más.
Ella se giró bruscamente, el cuchillo cortando el aire, pero él ya se había alejado, de pie junto a una columna de hierro oxidado, observándola con esos ojos rojos que parecían ver a través de ella.
—¿Quién eres? —demandó Maya.
—Alguien que ha estado vivo mucho más tiempo del que tú puedas imaginar. —Se inclinó contra la columna, completamente relajado, como si no estuviera en medio de una pelea por su vida—. Alguien que ha visto imperios caer. Alguien que ha amado y perdido más de lo que tu mente frágil podría comprender.
—No me importa tu historia —escupió Maya—. Solo me importa tu muerte.
Él sonrió de nuevo, y esta vez había algo diferente en esa sonrisa. Algo que parecía casi... tristeza.
—Eso es lo que hace que esto sea interesante, cazadora. —Miró hacia la ventana, donde la lluvia seguía cayendo—. Yo también busco la muerte. Solo que... no sé si tengo el coraje de encontrarla.
Antes de que Maya pudiera procesar sus palabras, él desapareció en las sombras del almacén, dejando solo el sonido de la lluvia y el latido acelerado de su corazón.
Ella se quedó sola en la oscuridad, respirando con dificultad, su cuchillo aún en la mano.
Y por primera vez en años, no sabía si quería seguir buscando la muerte o si acababa de encontrar algo mucho más peligroso.