Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 6: Cuando el silencio se rompe
—¿Ve? —respondió Noox, señalándolo con una mano—. Eso es exactamente de lo que hablo. Cada vez que digo algo cierto, alguien me manda callar.
—Porque eres insoportable.
—No. Porque tengo razón.
—¡Noox!
—La verdad peca, pero incomoda más. —respondió Noox, encogiéndose de hombros.
Dayana, por su parte, decidió desconectarse mentalmente de la conversación.
Aquello ya era costumbre.
Noox y el director llevaban años chocando como dos trenes en la misma vía.
No importaba el tema, ni el día. Siempre terminaban discutiendo.
—Voy a ignorarlos —pensó mientras abría nuevamente su libreta—. Llevamos casi dos horas aquí y no se ha solucionado absolutamente nada.
Sus ojos recorrieron los bocetos incompletos, líneas a medio terminar, anotaciones dispersas, ideas sin desarrollar, pero sobre todo una enorme cantidad de trabajo acumulándose.
—Y tampoco puedo terminar los bocetos ni los guiones... genial. Más trabajo extra.
Se masajeó una sien, la cabeza comenzaba a dolerle.
Probablemente por la falta de sueño o por el hecho de saltarse la cena el día de ayer. Sin memcionar que llevaba casi dos horas escuchando a adultos discutir como niños.
Cerró la libreta y se puso de pie.
—Me duele la cabeza. Voy por café.
El director se quedó mirándola como si acabara de escuchar una blasfemia.
—¿A dónde cree que va usted? ¡Aún no hemos terminado!
—Precisamente por eso necesito café.
Noox levantó inmediatamente su taza vacía.
—Yo quiero.
—No.
—Por fissss...
—No.
—Porfissss.
—No.
—Dayana...
—No.
—Dayanita...
—Menos.
—Day...
—Dame la maldita taza de una vez- dijo Dayana resignada
—¡Cállense las dos y siéntense! —rugió el director, perdiendo por completo la poca paciencia que le quedaba.
La sala quedó en silencio.
—O les voy a quitar sus bonos —añadió el director con orgullo, como si acabara de presentar una solución brillante.
Dayana lo observó durante unos segundos.
Parpadeó una vez, luego otra, y poco a poco una expresión de absoluta incredulidad apareció en su rostro.
—¿Cuáles bonos? —preguntó con una ironía tan evidente que varias personas bajaron la cabeza de inmediato.
El director frunció el ceño.
—¿Cómo que cuáles bonos?
—Los mismos que llevo dos años sin ver.La respuesta cayó como una piedra en medio de la sala.
Nadie habló, más bien nadie se atrevia. Porque todos sabían que tenía razón. Y eso significaba contradecir al jefe.
Dayana apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Trabajo y trabajo. Hago horas extras. Corrijo errores ajenos. Salvo proyectos cuando ya están hundidos.
Su voz comenzó a endurecerse.
—Y nunca me dan nada.
El director abrió la boca para responder, pero ella continuó.
—Nunca. Aquella apatía que normalmente la protegía comenzaba a resquebrajarse.
—¿Y ahora me amenaza con quitarme algo que ni siquiera tengo?
Su voz resonó por toda la sala.
—Me niego a sentarme
—¿Qué acaba de decir? —preguntó el director, visiblemente enfadado.
—Me niego
—Le estoy dando una orden.
—La cuql me niego a cumplir
El hombre respiró profundamente, una vez, dos veces, tres veces.
Era evidente que estaba intentando no explotar delante de toda la plantilla.
—¿Quiere que la despida?
Dayana soltó una risa seca.
—¿De verdad?
La tensión se disparó.
Varias personas intercambiaron miradas nerviosas.
Noox incluso dejó de sonreír.
Parecía algo definitivo.
—Porque si es así... —continuó ella.
Tomó su libreta, su bolígrafo, su bolso.
Luego se colgó la correa sobre el hombro.
Y dijo:
—Renuncio.
El silencio fue absoluto. Tan absoluto que incluso el zumbido del aire acondicionado pareció desaparecer.
Al fondo de la sala alguien dejó caer una pluma. CLAC.
El sonido resonó como un disparo. El director quedó inmóvil.
Alejandrina abrió los ojos.
Noox parpadeó varias veces.
—Espera... ¿lo dices en serio?
Dayana giró la cabeza hacia ella.
—Completamente.
Y aquella vez no había sarcasmo.
—Estoy cansada, Noox.
La sala permaneció en silencio.
—Estoy cansada de dormir cuatro horas.
Bajó la mirada unos segundos.
—Cansada de trabajar más de lo que me pagan.
Su voz comenzó a temblar ligeramente.
—Cansada de corregir errores que no son míos.
Respiró hondo.
—Cansada de que cuando algo sale bien se lleven el crédito otras personas.
Su mirada se detuvo directamente sobre Alejandrina.
La rubia bajó la vista.
—Y cansada de que cuando algo sale mal siempre busquen a quién echarle la culpa.
Nadie respondió.
Porque nadie podía decir que estaba equivocada.
—Así que sí.
Se acomodó el bolso.
—Renuncio.
El director finalmente recuperó parte de la voz.
—No puede tomar una decisión así tan fácilmente.
Dayana soltó una pequeña carcajada.
—Claro que puedo.
Metió una mano dentro de su bolso, sacó un sobre blanco.
Y lo dejó caer sobre la mesa con un golpe seco.
¡TRAC!
Todos sobresaltaron.
—Aquí está mi carta de renuncia.
El director observó el sobre.
—No se preocupe. Como es una renuncia voluntaria, tampoco quiero la miserable liquidación.
Algunas personas se removieron incómodas en sus asientos.
Dayana continuó:
—Y sobre todas las pertenencias que me ha dado la empresa...
Hizo una pausa.
—Están todas en mi escritorio.
Su sonrisa fue amarga.
—Mi libreta la compré con mi propio dinero, así que me la llevo.
Levantó la libreta ligeramente.
—Y me da igual si aquí hay bocetos de proyectos pendientes.
Golpeó la portada con un dedo.
—Son de mi autoría.
Su sonrisa se volvió más fría.
—De todas formas jamás me pagarían regalías por ellos.
El director parecía incapaz de reaccionar.
Dayana ya estaba demasiado lejos para detenerse.
—Respecto a los clientes que llevo...
Miró hacia la puerta.
—Les avisaré que a partir de ahora deberán comunicarse con Alejandrina.
Alejandrina palideció.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste.
La rubia abrió la boca.
La volvió a cerrar.
Y finalmente decidió no decir nada.
Porque sabía perfectamente cuántos proyectos dependían de Dayana.
Y también sabía que ella era quien los mantenía funcionando.
Dayana caminó hacia la salida.
La mano ya estaba sobre el pomo cuando se detuvo por última vez.
Miró por encima del hombro.
Observó la sala.
Y por primera vez en mucho tiempo sintió algo parecido a la libertad.
—Adiós.