Pensé que lo más difícil ya había pasado. Luego encontré la firma de Kael en el documento que cambió todo. Ahora tengo que decidir si el amor que construimos puede sobrevivir conocer exactamente qué clase de hombre era antes de que yo llegara.
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Lo que dicen los cuerpos PARTE 2
La evaluación del Doctor Elias esa mañana incluyó, por primera vez, la pregunta del sexo.
No fue Ren quien la hizo ni Kael. Fue el Doctor Elias.
—A veintidós semanas —dijo, mientras revisaba con la misma precisión meticulosa de siempre — puedo confirmar el sexo con certeza considerable si desean saberlo.
Ren y Kael se miraron.
El momento que habían hablado el día anterior sin resolver completamente.
¿Le preguntamos?
Los dos.
—¿Qué tan considerable? —dijo Kael.
—Notable —dijo el Doctor Elias—. No absoluta. La biología tiene sus propias opiniones sobre la certeza. Pero sí, a esta etapa, considerable.
Kael miró a Ren.
Ren lo miró a él.
Y en ese intercambio ocurrió algo que el lector veía desde afuera con toda la información que los personajes no tenían — el lector sabía que era niño, porque la biblia de la historia lo había decidido. Lo que el lector no podía saber todavía era si Kael y Ren elegirían saberlo ahora.
—No —dijo Ren.
Kael parpadeó.
—¿No?
—No quiero saber todavía —dijo Ren. Lo dijo con la calma de algo decidido en el instante de la pregunta pero que llevaba tiempo en gestación, como el bebé mismo—. Quiero que sea lo que es cuando llegue. No un pronombre antes de que llegue.
Kael la miró durante un momento.
—¿Y el nombre?
—El nombre —dijo Ren— lo decidimos cuando lo veamos.
Kael procesó eso.
El Doctor Elias esperaba con el cuaderno y la paciencia de quien ha aprendido que estas conversaciones toman el tiempo que toman y que interrumpirlas no las acelera.
—Bien —dijo Kael finalmente.
—¿Bien? —dijo Ren.
—Bien —confirmó Kael—. No quiero saber tampoco.
Ren lo miró.
—¿Lo decidiste ahora o lo sabías antes?
Una pausa.
—Lo decidí cuando tú lo dijiste —admitió Kael—. Antes no lo sabía.
Ren lo miró.
Y la temperatura de ese momento — ese intercambio pequeño sobre una decisión que en apariencia era simple — tenía debajo todo el peso de lo que significaba tomar decisiones juntos. No coordinar estrategia. Decidir. Con toda la incertidumbre que eso implicaba.
—No van a saber —dijo el Doctor Elias, anotando en el cuaderno con la neutralidad de siempre.
—No —confirmó Ren.
—Bien. —Cerró el cuaderno—. Lo que sí les digo —dijo, mirando a los dos con la directness que lo caracterizaba — es que el bebé está perfectamente desarrollado para su edad. El ritmo cardíaco es correcto. La posición es la esperada. —Una pausa—. Lo que no está perfectamente desarrollado es la cantidad de sueño de la Duquesa, que aunque mejoró esta semana todavía—
—Doctor —dijo Ren.
—¿Señora?
—Dormí siete horas.
—Lo sé —dijo el Doctor Elias—. La semana que viene necesito ocho.
—Eso es una hora más.
—Lo sé —dijo el Doctor Elias—. Soy médico. Sé sumar.
Sophia, en el lateral, hizo un sonido que era técnicamente una tos y que no engañó a nadie.
Kael, en el sillón, tenía una expresión que era lo más cercano a la diversión que Ren le había visto en un contexto no-nocturno.
—Ocho horas —dijo Kael.
Ren lo miró.
—¿Tú también?
—El Doctor Elias tiene razón —dijo Kael, con la solemnidad específica de alguien que está disfrutando esto más de lo que muestra.
—Estoy completamente de acuerdo con el Duque —dijo el Doctor Elias, recogiendo su cuaderno con la satisfacción discreta de quien acaba de ganar una discusión con un aliado inesperado—. Buenos días.
Y salió.
......................
Más tarde esa tarde, mientras Ren trabajaba en los documentos de la semana y Kael revisaba los informes de Caelan sobre el movimiento de información desde el palacio, ocurrió algo que no había ocurrido antes exactamente así.
Kael se levantó de su escritorio. Cruzó la distancia entre los dos. Se detuvo detrás de la silla donde Ren trabajaba.
—El Doctor Elias dijo calor moderado y presión manual —dijo.
Ren levantó los ojos del documento.
Procesó lo que Kael estaba diciendo.
La espalda baja. Lo que preguntó al Doctor Elias esta mañana.
—¿Quieres practicar? —dijo Ren.
—El Doctor dijo que se aprende —dijo Kael—. Requiere atención en la práctica.
Ren lo miró durante un momento.
—La espalda no me duele en este momento —dijo Ren.
—Lo sé —dijo Kael—. Duele por las tardes.
—Son las tres de la tarde.
—Exacto —dijo Kael.
Ren dejó la pluma.
Y algo en ese intercambio — tan simple, tan práctico en su superficie, con todo el cuidado genuino debajo — hizo que la temperatura de la habitación cambiara de la misma forma que cambiaba en el jardín de noche y en la biblioteca y en el comedor pequeño donde habían dicho "te quiero" por primera vez.
Kael puso las manos en su espalda baja con una atención que el Doctor Elias habría aprobado — no impulsiva, no apresurada.
Ren cerró los ojos.
El bebé se movió.
Opiniones propias, pensó Ren, con la mezcla específica de humor y ternura que el bebé producía cuando elegía los momentos más inesperados para hacerse notar.
—¿Bien? —dijo Kael, en voz más baja.
—Sí —dijo Ren.
Y las tres de la tarde en la oficina con los documentos a medio terminar y el informe de Caelan esperando y el bebé con sus opiniones propias tuvieron, en ese momento, la calidad exacta de la vida que se construye en los márgenes de las cosas importantes.