En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.
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Cap 6. Donde la Piedra No Canta
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El olor a sangre permaneció en el corredor incluso después de que retiraron el cuerpo.
Seraphine seguía sintiéndolo horas más tarde.
Metálico. Pesado. Pegándose al aire húmedo del castillo como una advertencia imposible de ignorar.
El amanecer aún no llegaba y, aun así, nadie dormía.
Guardias recorrían los pasillos en grupos dobles. Sirvientes murmuraban entre sombras. Las antorchas ardían con demasiada intensidad, como si el castillo entero intentara expulsar la oscuridad a fuerza de fuego.
No funcionaba.
Porque el problema ya estaba dentro.
Seraphine avanzó lentamente por el corredor superior mientras dos soldados cruzaban junto a ella sin detenerse. Sus rostros reflejaban algo raro de ver en hombres entrenados para la guerra:
Nervios.
El símbolo había roto algo.
No por brutalidad.
El castillo Valemont había visto violencia antes.
Pero aquello era distinto.
Era personal.
Alguien había entrado directamente al corazón del ducado y había dejado un mensaje.
Y nadie entendía para quién era realmente.
Excepto quizá ella.
El pensamiento le produjo un frío desagradable bajo las costillas.
Mantuvo el paso estable mientras giraba hacia una galería lateral vacía. Apenas estuvo fuera de la vista de los guardias, apoyó una mano contra la pared fría y cerró los ojos un segundo.
“Bajo la capilla, donde la piedra no canta.”
La frase seguía repitiéndose en su cabeza.
Desde que encontró el mensaje oculto dentro del medallón no había dejado de pensar en ello.
Y ahora alguien había aparecido muerto.
Tal vez relacionado.
Tal vez no.
Pero ignorarlo empezaba a sentirse más peligroso que descubrir la verdad.
Eso era lo peor.
En aquella casa, la curiosidad podía matarte.
Pero la ignorancia también.
Pasos.
Seraphine abrió los ojos inmediatamente.
Celestine apareció al final de la galería sosteniendo una lámpara pequeña entre las manos. La luz dorada iluminaba parcialmente su rostro cansado.
Parecía no haberse cambiado desde la noche anterior.
—Te estaba buscando —dijo en voz baja.
Seraphine apartó lentamente la mano de la pared.
—Eso nunca trae buenas noticias.
Celestine se acercó despacio.
Su mirada recorrió el corredor antes de continuar.
—Padre hizo cerrar la zona oeste del castillo.
—Lo escuché.
—No solo por el cadáver.
Eso llamó su atención.
—Entonces ¿por qué?
Celestine dudó apenas un instante.
—Alguien abrió la cripta vieja bajo la capilla.
El corazón de Seraphine dio un golpe seco.
No reaccionó externamente.
Años viviendo entre Valemont le habían enseñado a ocultar emociones antes incluso de comprenderlas.
Pero por dentro todo se tensó.
Demasiada coincidencia.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó.
—Escucho cosas.
Claro que sí.
Todos subestimaban a Celestine porque hablaba poco. Precisamente por eso probablemente conocía más secretos que cualquiera en el castillo.
La luz de la lámpara tembló ligeramente entre sus dedos.
Nerviosa.
Eso era raro.
—Encontraron uno de los sellos antiguos roto —continuó—. Padre ordenó silencio absoluto.
La mente de Seraphine comenzó a moverse rápidamente.
Capilla. Cripta. Mensaje. Intruso. Símbolo.
Todo apuntaba hacia abajo.
Hacia algo oculto bajo el castillo.
—¿Qué había en esa cripta? —preguntó.
Celestine la observó demasiado tiempo antes de responder.
—Eso es lo extraño. Oficialmente, nada.
Oficialmente.
Siempre existían dos versiones de la verdad en familias nobles: la pública, y la real.
—Pero tú no crees eso.
—No. —Celestine bajó la voz—. Creo que nuestra familia lleva generaciones escondiendo algo ahí abajo.
El silencio entre ambas se volvió pesado.
El viento nocturno atravesó las ventanas altas del corredor haciendo oscilar las llamas de las antorchas lejanas.
Seraphine observó cuidadosamente a su hermana.
Había honestidad en ella.
O algo peligrosamente parecido.
Eso la inquietaba más que las mentiras.
Porque significaba que Celestine probablemente estaba tan atrapada como ella.
—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó finalmente.
Celestine sonrió apenas.
Cansada esta vez.
No fría.
—Porque eres la única persona en esta casa que todavía mira las cosas como si pudieran cambiar.
La frase golpeó algo incómodo dentro de Seraphine.
Porque no estaba segura de que siguiera siendo verdad.
Había comenzado a pensar demasiado como ellos: calcular, ocultar, manipular.
Sobrevivir.
A veces se preguntaba cuánto faltaba para convertirse completamente en otro monstruo Valemont.
Celestine pareció notar algo en su expresión.
—Ten cuidado, Seraphine.
—¿De qué exactamente?
—De empezar a disfrutar el poder que deseas.
Y luego siguió caminando antes de que pudiera responder.
Seraphine la observó desaparecer entre sombras.
Las palabras quedaron resonando en su cabeza.
Porque había algo insoportablemente preciso en ellas.
Ella sí quería poder.
No solo libertad.
No solo sobrevivir.
Poder real.
Influencia. Control. Capacidad de decidir.
Y eso era peligroso.
Muy peligroso.
Porque entendía demasiado bien cómo personas como su padre terminaban existiendo.
No nacían monstruos absolutos.
Se construían lentamente justificando cada decisión necesaria.
Un paso. Luego otro. Luego otro.
Hasta que destruir personas se convertía en estrategia.
Seraphine apartó el pensamiento violentamente.
No.
Todavía no era como él.
Todavía.
—
La capilla Valemont estaba casi vacía a esa hora.
El lugar era enorme, construido en piedra negra y vitrales oscuros que apenas dejaban entrar la luz grisácea del amanecer. Las velas encendidas frente al altar iluminaban figuras religiosas talladas con expresiones severas.
Ni siquiera los dioses parecían misericordiosos allí.
Seraphine avanzó lentamente entre las bancas silenciosas.
Cada paso resonaba suavemente bajo el techo alto.
Nunca le había gustado aquel lugar.
No por religión.
Por sensación.
La capilla se sentía… equivocada.
Como si debajo existiera algo observando.
Y ahora sabía que probablemente era cierto.
Se detuvo frente al altar principal.
Nada extraño a simple vista.
Solo piedra antigua, símbolos religiosos y silencio.
Pero el mensaje había sido claro.
“Donde la piedra no canta.”
Frunció ligeramente el ceño.
Pensar.
No entrar en pánico. No actuar impulsivamente.
Pensar.
Observó lentamente alrededor.
Las paredes. El suelo. Las columnas.
Entonces lo notó.
Debajo de las filas laterales de velas existían pequeñas placas metálicas incrustadas en la piedra. Algunas vibraban suavemente por el viento que atravesaba la capilla, produciendo un sonido apenas audible.
Como campanas débiles.
Excepto una sección.
El extremo izquierdo.
La piedra allí permanecía completamente silenciosa.
El corazón de Seraphine comenzó a acelerarse.
Caminó despacio hacia la zona.
Las placas metálicas desaparecían justo frente a una vieja estatua agrietada.
Demasiado conveniente.
Apoyó una mano sobre la piedra fría.
Nada.
Empujó ligeramente la estatua.
No se movió.
Mierda.
Probó alrededor de la base.
Entonces sus dedos encontraron algo.
Una hendidura.
Pequeña. Oculta.
Miró rápidamente alrededor.
Sola.
Por ahora.
Introdujo lentamente los dedos en la abertura y sintió un mecanismo metálico antiguo.
Lo giró.
Un clic seco resonó bajo el suelo.
Seraphine contuvo la respiración.
La piedra detrás de la estatua se abrió apenas unos centímetros.
Oscuridad absoluta emergió desde abajo junto con aire húmedo y frío.
Había un pasaje.
Por supuesto que lo había.
Durante un instante dudó.
Esto era exactamente el tipo de decisión estúpida que terminaba matando nobles curiosos en historias antiguas.
Debería irse. Cerrar aquello. Olvidarlo.
Pero el símbolo ya estaba dentro del castillo.
El medallón había llegado a ella específicamente.
Y alguien había muerto.
Demasiado tarde para fingir ignorancia.
Tomó una vela cercana y descendió.
—
El pasillo subterráneo olía a tierra mojada y piedra vieja.
El aire era tan frío que la llama temblaba constantemente en manos de Seraphine mientras avanzaba por las escaleras estrechas.
Oscuridad total alrededor.
Solo el sonido de gotas cayendo en algún lugar lejano.
Y silencio.
Un silencio pesado.
La sensación de estar entrando a un lugar olvidado incluso por el propio castillo.
Sus pasos disminuyeron.
La paranoia comenzaba a crecerle bajo la piel.
¿Qué pasaba si alguien la seguía? ¿Qué pasaba si aquello era una trampa? ¿Qué pasaba si el duque ya sabía sobre este lugar?
Pensó en volver.
No lo hizo.
Las escaleras terminaron finalmente en una cámara amplia sostenida por pilares agrietados.
La vela iluminó parcialmente el lugar.
Y Seraphine se quedó inmóvil.
No era una cripta.
Era una biblioteca.
O lo que quedaba de una.
Estanterías antiguas cubrían las paredes. Libros destruidos por humedad. Mesas llenas de polvo. Mapas deteriorados.
Pero eso no era lo peor.
Lo peor eran los símbolos.
El ojo atravesado aparecía grabado por toda la sala.
En paredes. Mesas. Columnas.
Una organización.
Real.
Antigua.
El corazón de Seraphine latía cada vez más rápido.
Se acercó lentamente a una de las mesas centrales.
Había documentos abiertos.
Recientes.
No cubiertos de polvo.
Alguien había estado allí hace poco.
Muy poco.
Entonces escuchó voces.
Arriba.
Distantes.
Masculinas.
Guardias.
Mierda.
Seraphine apagó inmediatamente la vela y se ocultó detrás de una columna.
El corazón golpeaba fuerte ahora.
Demasiado fuerte.
Escuchó el mecanismo abrirse arriba.
Pasos descendiendo.
Dos personas.
Una voz grave habló primero.
—Te digo que alguien bajó aquí.
Alaric.
Por supuesto.
Otra voz respondió.
Cassian.
—Entonces deberíamos informar a padre antes de seguir jugando al cazador.
—¿Y perder la oportunidad de descubrir algo interesante?
Los pasos continuaron descendiendo.
Seraphine apretó lentamente la espalda contra la piedra fría.
Pensar. Pensar rápido.
Si la encontraban allí, tendría demasiadas preguntas imposibles de responder.
La luz de una antorcha apareció entre las escaleras.
Alaric descendió primero.
Cassian detrás.
Ambos observaron la sala en silencio.
Y Seraphine entendió algo horrible inmediatamente.
Ellos tampoco conocían aquel lugar.
Las expresiones lo decían todo.
Incluso Alaric parecía sorprendido.
—Por los dioses… —murmuró Cassian.
Alaric avanzó lentamente entre las mesas cubiertas de polvo.
Sus ojos recorrían símbolos y libros con una mezcla peligrosa de fascinación y alerta.
—Así que era real.
Cassian cerró la entrada detrás de ellos.
—Esto no puede salir del castillo.
—Demasiado tarde para eso.
Alaric levantó un documento viejo.
—Míralo.
Cassian se acercó.
La antorcha iluminó parcialmente el texto.
Seraphine intentó observar desde las sombras.
No alcanzó a leer completo.
Solo una palabra.
Morvane.
El aire abandonó sus pulmones.
Su madre.
Cassian habló primero esta vez.
Tenso.
—¿Qué demonios es esto?
Alaric sonrió lentamente.
Y esa sonrisa hizo que algo frío recorriera el cuerpo de Seraphine.
Porque no parecía sorprendido.
Parecía emocionado.
—Creo —dijo suavemente— que nuestra familia ha estado escondiendo brujas durante mucho más tiempo del que imaginábamos.
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