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Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Cadenas De Terciopelo Y Sangre

Status: En proceso
Genre:Mafia / Matrimonio arreglado / Venganza
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.

​Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
​En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión

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capitulo 6

​La oficina de Alan en la residencia Valerius no era un lugar de trabajo; era un santuario dedicado a la eficiencia. Las paredes de color carbón mate y la iluminación indirecta creaban un ambiente donde solo el pensamiento lineal tenía permitido existir. Alan estaba sentado tras su escritorio de obsidiana, revisando unos informes logísticos en su tableta, cuando el sonido de los tacones de Madelyn anunció su llegada. No llamó a la puerta; simplemente entró, portando una carpeta de piel negra bajo el brazo como si fuera un escudo.

​Alan ni siquiera levantó la vista. Su dedo se deslizó por la pantalla, haciendo un ajuste en un gráfico de barras.

​—Llegas temprano —dijo él, su voz monótona ocultando el hecho de que había estado contando los segundos desde que escuchó el motor de su coche en la entrada—. El orden en la agenda es una mejora, Madelyn.

​—No te acostumbres —respondió ella, arrojando la carpeta sobre el escritorio con un golpe seco que hizo que el vaso de agua de Alan vibrara ligeramente.

​Alan detuvo su actividad. Sus ojos azules, gélidos y calculadores, se posaron sobre la carpeta y luego subieron hacia el rostro de Madelyn. Ella lucía una expresión de desafío absoluto, con la barbilla en alto y una media sonrisa que prometía problemas. Él dejó la tableta a un lado, alineándola perfectamente con el borde del escritorio, y abrió la carpeta.

​—¿Qué es esto? —preguntó, aunque ya lo sospechaba.

​—Mi anexo al contrato matrimonial —declaró Madelyn, cruzándose de brazos—. Los términos de mi padre cubren la fusión de las empresas. Estos términos me cubren a mí. Léelos. Son condiciones no negociables para que yo camine hacia ese altar sin causar una escena que destruya el valor de tus acciones.

​Alan comenzó a leer. Sus cejas no se movieron, pero el músculo de su mandíbula se tensó.

​Cláusula 1: Dormitorios separados en alas opuestas de la mansión.

Cláusula 2: Libertad absoluta de movimiento y horario sin necesidad de reporte o escolta Valerius.

Cláusula 3: Prohibición de contacto físico no consensuado, incluyendo cualquier pretensión de intimidad conyugal.

Cláusula 4: Autonomía total sobre las operaciones encubiertas del Grupo Moral.

​Alan terminó de leer y el silencio que siguió fue tan denso que parecía que el aire se había agotado en la habitación. Miró a Madelyn, quien sostenía su mirada con una mezcla de orgullo y un rastro de ansiedad que intentaba ocultar tras su máscara de "Princesa Letal".

​—"Camas separadas y libertad de movimiento" —repitió Alan, saboreando las palabras como si fueran ceniza—. Quieres vivir bajo mi techo como una invitada glorificada, usando mis recursos para financiar tu propia agenda mientras mantienes una distancia segura de mi control.

​—Quiero sobrevivir a ti, Alan —replicó ella, dando un paso hacia el escritorio—. Este matrimonio es una transacción de negocios, no una entrega de mi alma. Tú obtienes el apellido Moral y el control de las rutas. Yo obtengo la protección de los Valerius contra los Ivanov. Lo que suceda a puerta cerrada no forma parte del trato.

​Alan se levantó de su silla con una lentitud que Madelyn encontró inquietante. Rodeó el escritorio, sus movimientos fluidos y silenciosos como los de un depredador que no tiene prisa porque sabe que la presa no tiene a dónde ir. Se detuvo a escasos centímetros de ella. El aroma a sándalo y metal de su perfume la envolvió, y por un instante, la resolución de Madelyn vaciló ante la intensidad de su presencia.

​Él tomó el documento de la carpeta. Lo sostuvo con ambas manos, observando la firma de ella al final del papel.

​—Crees que este papel es tu salvación —dijo Alan, su voz bajando a un susurro peligroso—. Crees que puedes poner muros dentro de mi propio reino. Pero cometiste un error fundamental de cálculo, Madelyn.

​—¿Cuál? —desafió ella, aunque su corazón empezaba a martillear contra sus costillas.

​—Olvidaste que yo no colecciono estatuas. Yo colecciono imperios. Y en mi imperio, no hay espacio para la insurrección.

​Con un movimiento brusco y deliberado, Alan rasgó el papel por la mitad. El sonido del papel rompiéndose rasgó también el silencio de la oficina. Madelyn ahogó un grito de indignación mientras veía cómo él volvía a romper los trozos, una y otra vez, hasta que el anexo quedó reducido a confeti blanco sobre la alfombra de diseño.

​—¡¿Qué demonios crees que haces?! —estalló Madelyn, empujándolo por el pecho. Alan no retrocedió ni un milímetro; era como empujar una pared de granito—. ¡Ese era mi único requerimiento!

​—No estás en posición de exigir requerimientos —sentenció él, agarrándola por las muñecas con una firmeza que no llegaba a ser dolorosa, pero que gritaba autoridad—. El contrato que firmaron nuestros padres es el único que importa. Vivirás en mi habitación. Comerás en mi mesa. Y cuando yo diga que debemos presentarnos ante el mundo como una unidad, lo harás sin cuestionamientos.

​Madelyn intentó zafarse, sus ojos brillando con lágrimas de rabia pura.

​—¡No soy tu propiedad, Alan! ¡No puedes obligarme a...!

​—No te obligo a nada —la interrumpió él, acercando su rostro al de ella hasta que sus frentes casi se tocaron. Ella podía ver la falta de piedad en sus pupilas—. Te estoy integrando. Si quieres libertad de movimiento para cazar a los que destruyeron a tu familia, lo harás bajo mi protección y con mis reglas. Si intentas ir por tu cuenta con ese orgullo herido como única brújula, terminarás muerta en una cuneta antes de la boda.

​Alan soltó sus muñecas y se alejó un paso, recuperando instantáneamente su compostura glacial. Se ajustó los puños de la camisa como si nada hubiera pasado, mientras ella permanecía allí, temblando de furia, mirando los restos de su contrato en el suelo.

​—Dormiremos en la misma cama, Madelyn —continuó él, volviendo a sentarse tras su escritorio—. No porque desee tu cuerpo —mintió, aunque su voz no flaqueó—, sino porque el orden exige que mi esposa esté donde yo pueda verla. El caos ocurre en las sombras, y no voy a permitir que tú seas la grieta en mi estructura.

​Madelyn apretó los dientes, sintiendo una mezcla de odio y una extraña, retorcida atracción por la fuerza implacable de aquel hombre. Él acababa de pisotear su autonomía, pero al mismo tiempo, le había ofrecido una verdad brutal: él sabía por qué aceptaba el matrimonio. Él sabía sobre su sed de venganza.

​—Si duermo en tu cama —siseó ella, acercándose de nuevo al escritorio y apoyando las manos sobre la superficie—, asegúrate de dormir con un ojo abierto, Alan. Porque cada vez que cierres los tuyos, recordaré cómo rompiste ese papel.

​Alan levantó la vista de nuevo hacia ella. Por primera vez en toda la noche, una sombra de algo parecido a una sonrisa, una mueca oscura y depredadora, cruzó sus labios.

​—Me decepcionaría que fuera de otra manera —respondió él—. Ahora, vete. Tengo informes que revisar y tú tienes un vestido que elegir. Intenta que sea algo que no grite "venganza", aunque dudo que esté en tu naturaleza.

​Madelyn dio media vuelta y salió de la oficina, sus pasos resonando como disparos en el pasillo vacío. Alan se quedó mirando la puerta cerrada por un largo rato. Bajó la vista hacia los trozos de papel en el suelo.

​Su mano, la que había sostenido las muñecas de Madelyn, todavía sentía el calor de su piel y el pulso acelerado de su rebelión. Alan siempre había amado el orden, pero por primera vez, el caos de Madelyn le resultaba más estimulante que cualquier sistema perfecto. Sabía que la había herido, y sabía que ella intentaría destruirlo desde adentro.

​Se inclinó, recogió uno de los trozos de papel rotos y lo observó. "Libertad", decía el fragmento. Alan lo apretó en su puño hasta volverlo una bola y lo tiró a la papelera con una precisión matemática.

​El juego había escalado. Madelyn creía que el contrato era su defensa; Alan le había demostrado que, en su mundo, las únicas leyes que existían eran las que él dictaba. El matrimonio ya no era solo una transacción; era una guerra de desgaste donde el dormitorio sería el campo de batalla más peligroso de todos. Y Alan Valerius estaba ansioso por ver quién se rendía primero ante la presión de compartir el mismo aire, la misma cama y el mismo destino sangriento.

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Lobelia ❣️
espero que sepa jugar sus cartas 😃😘
Lobelia ❣️
si que lo va volver loco 👏🥰
Celina Espinoza
vamos bien 😍🙏
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