Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 6: El chico que no debería importar
El problema no era el castigo.
Era con quién le había tocado.
—No —dijo Allegra, deteniéndose en seco frente al invernadero—. Esto tiene que ser un error administrativo.
—No lo es —respondió una voz detrás de ella.
Por supuesto que no lo era.
Allegra cerró los ojos un segundo antes de girarse.
Rowan Hale.
Apoyado contra el marco de la puerta, como si llevara ahí siglos. Manos en los bolsillos, uniforme ligeramente desordenado, expresión tranquila… demasiado tranquila.
—¿Tú también estás castigado? —preguntó ella, cruzándose de brazos.
—Parece que sí.
—Qué coincidencia tan… inconveniente.
—Para ti, quizá.
Allegra entrecerró los ojos.
—¿Eso fue un comentario o un intento de provocación?
—Observación.
—Incorrecta.
Rowan se encogió de hombros.
—Aún no hemos empezado.
Allegra soltó una pequeña risa sin humor.
—Esto va a ser largo.
—Probablemente.
Silencio.
Incómodo.
No, espera.
No incómodo.
Tenso.
—Bien —dijo Allegra finalmente—. ¿Qué tenemos que hacer?
Rowan empujó la puerta del invernadero con el hombro.
—Plantas.
Allegra miró dentro.
Filas interminables de macetas. Tierra. Herramientas. Un ambiente húmedo que arruinaba inmediatamente cualquier intento de dignidad estética.
—No.
Rowan entró.
—Sí.
Allegra lo siguió, con la misma energía de alguien entrando a su propia tragedia.
—No tengo una buena relación con la naturaleza.
—La naturaleza no tiene una buena relación contigo —respondió él, sin mirarla.
Allegra se detuvo.
—Eso fue grosero.
—Eso fue preciso.
Allegra lo observó mientras él tomaba unos guantes.
—¿Siempre eres así o solo conmigo?
Rowan le lanzó un par de guantes.
—¿Así cómo?
Ella los atrapó por reflejo.
—Como si no te importara nada.
Rowan se inclinó para revisar una planta.
—No dije que no me importara.
—Lo parece.
—Eso es problema tuyo.
Allegra se quedó en silencio un segundo.
—Interesante.
—Lo sé.
Ella alzó una ceja.
—No te estaba halagando.
—No lo necesito.
Silencio otra vez.
Pero esta vez… diferente.
Más eléctrico.
Allegra se puso los guantes con cierta torpeza.
—¿Qué se supone que haga?
Rowan señaló una fila de macetas.
—Esas. Quita las hojas secas.
Allegra se acercó, mirando la planta como si pudiera ofenderla.
—¿Así? —preguntó, arrancando una hoja sin mucha delicadeza.
Rowan levantó la vista.
—No.
—¿No?
—Eso fue casi un crimen.
Allegra miró la hoja en su mano.
—Sobrevivirá.
—No es el punto.
—Siempre hay un punto contigo, ¿no?
Rowan se acercó, tomando suavemente la planta.
—Mira.
Sus manos se movieron con precisión. Cuidadosas. Casi… pacientes.
Allegra lo observó.
—No pareces el tipo que hace esto.
—¿Y tú sí?
—Definitivamente no.
—Entonces estamos en igualdad de condiciones.
Allegra inclinó la cabeza.
—No exactamente.
—¿Por qué?
—Porque tú sabes lo que haces.
Rowan la miró por primera vez directamente desde que empezaron.
—Y tú no.
—Eso ya quedó claro.
Un segundo.
Dos.
Algo pasó.
Nada grande.
Pero tampoco insignificante.
Allegra desvió la mirada primero.
—Bien —murmuró—. Enséñame.
Rowan volvió a la planta.
—Con cuidado.
Allegra lo imitó.
Esta vez… mejor.
No perfecto.
Pero mejor.
—¿Ves? —dijo él.
—No te emociones.
—No lo hago.
—Bien.
Silencio.
Pero ya no era incómodo.
Ni tenso.
Era… raro.
—¿Siempre te castigan así? —preguntó Allegra después de unos minutos.
—No.
—¿Entonces qué hiciste?
Rowan se encogió de hombros.
—Llegar tarde.
Allegra soltó una risa.
—¿En serio?
—En serio.
—Eso es aburrido.
—No todos necesitamos hacer un espectáculo.
Allegra lo miró.
—¿Eso fue una indirecta?
—Fue directa.
—Vaya.
—Vaya.
Ella sonrió.
—Me gusta.
Rowan arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Que no intentes agradarme.
—No lo intento con nadie.
—Eso es un poco triste.
—O eficiente.
Allegra pensó un segundo.
—Ambas.
Trabajaron en silencio unos minutos más.
El sonido de las hojas, la tierra, el leve golpeteo de las macetas.
Algo inesperadamente… tranquilo.
—¿Por qué no me miraste en el comedor? —preguntó Allegra de pronto.
Rowan no levantó la vista.
—Lo hice.
—No lo suficiente.
—¿Eso es un estándar?
—Lo es cuando todos los demás lo hacen.
Rowan arrancó una hoja seca.
—No soy “todos los demás”.
Allegra lo observó.
—Ya me di cuenta.
—Bien.
Silencio.
Otra vez.
Pero esta vez Allegra no lo rompió de inmediato.
Se permitió sentirlo.
Lo cual… era nuevo.
—No entiendo qué quieres —dijo finalmente.
Rowan levantó la vista.
—¿De qué?
—De mí.
Él la miró, directamente.
—Nada.
La respuesta fue inmediata.
Clara.
Sin matices.
Y, por alguna razón…
eso fue lo más desconcertante de todo.
Allegra entrecerró los ojos.
—Eso no es verdad.
—Lo es.
—Todo el mundo quiere algo.
—Yo no.
—Eso es imposible.
Rowan se encogió de hombros.
—Tal vez.
Silencio.
Allegra volvió a la planta, pero ya no estaba pensando en eso.
Estaba pensando en él.
En su forma de hablar.
En su forma de no reaccionar.
En su forma de no encajar en nada de lo que ella conocía.
—Eres raro —dijo.
—Lo sé.
—Y eso no te molesta.
—No.
—Debería.
—¿Por qué?
Allegra sonrió.
—Porque haría esto más fácil.
Rowan la observó un segundo más.
—No estoy interesado en hacerlo fácil.
Allegra sostuvo su mirada.
—Eso ya lo noté.
Un segundo.
Dos.
Y luego, sin más, ambos volvieron a las plantas.
Pero algo había cambiado.
No era amistad.
No era confianza.
Y definitivamente no era indiferencia.
Era otra cosa.
Algo incómodo.
Algo interesante.
Algo que Allegra no podía controlar.
Y eso…
eso sí que era un problema.