"El último adiós nunca fue el final… solo el comienzo de un nuevo destino."
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CAPÍTULO 20 Cuatro meses: la sorpresa inesperada
Habían pasado exactos ciento veinte días desde aquel día en que Cristian le pidió que fuera su novia.
Ya cumplían su cuarto mes de pololeo, y para Eluney esa fecha era muy especial, una fecha que esperaba con ilusión desde hacía días.
Pero esa mañana, al despertar, no recibió el mensaje ni la llamada habitual.
Fue al colegio, entró a su sala y Esperó…
esperó toda la mañana, pero Cristian no apareció.
No vino a clases, no le mandó ninguna nota, no le avisó nada.
Eluney se sentó en su puesto, con el corazón cada vez más pesado.
Pensaba una y otra vez.
¿Se habrá olvidado?
¿Estará enfermo?
¿O ya no le importa tanto como a mí?”
A cada rato miraba la puerta, esperando verlo entrar, pero las horas pasaban y nada.
Durante el recreo se quedó en un rincón, callada, con la mirada baja y una tristeza que le apretaba el pecho.
Llevaba en su mochila el regalo que con tanto cariño había preparado: una pulsera fina de oro.
exactamente igual a la que él le había regalado en el segundo mes, con las mismas iniciales y la misma fecha grabada, para que ambos llevaran una pareja.
Cuando terminaron las clases, regresó a casa con paso lento, sin ganas de nada.
Se encerró un rato en su habitación, mirando su propia pulsera y pensando que quizás ese día no sería tan especial como lo había imaginado.
Pero no sabía que, mientras ella pasaba la tarde con el ánimo por el suelo, en la casa de Cristian todo estaba en movimiento.
Él no había ido al colegio a propósito, con la ayuda de sus padres: quería preparar todo para que la sorpresa fuera completa y nada se adelantara.
—¿Está todo listo?
—preguntó Cristian, mirando los detalles con nerviosismo y emoción.
—Todo está en orden —le respondió su madre, sonriendo—.
Mañana temprano iremos todos al colegio, los mariachis ya confirmaron que estarán ahí a la hora del recreo, y los anillos están como los pediste.
Sobre la mesa había dos anillos de oro sencillos, finos y elegantes, grabados por dentro con la frase: “Para siempre, en cada paso”.
Eran anillos de promesa, para sellar lo que sentían y recordarse que su amor era firme y verdadero.
—Quiero que sepa que nunca se me olvida nada de lo nuestro —le dijo Cristian a sus padres—.
Cumplimos cuatro meses hoy, y quiero que este sea un recuerdo que no se le borre nunca.
Esa noche, Eluney se acostó con el corazón entre la tristeza y la duda, sin imaginar que el día siguiente le traería la mayor alegría que había vivido hasta ese momento.
A la mañana siguiente, cuando llegó al colegio, todo parecía normal al principio. Entró a su sala, se sentó y, para su sorpresa, ahí estaba Cristian, esperándola con una sonrisa inmensa que le iluminaba todo el rostro.
En cuanto la vio llegar, se levantó de inmediato y fue a su encuentro.
—¡Buenos días, mi amor!
—le dijo, tomándola de las manos y dándole un beso suave en la frente—.
Perdón por no haber ido ayer, perdón por no avisarte…
pero tenía que preparar algo para que fuera perfecto.
Eluney lo miró, todavía con el corazón un poco encogido por lo del día anterior, pero al ver la emoción en sus ojos, empezó a sentir que algo grande estaba por pasar.
—¿Qué pasa?
—le preguntó en voz baja—.
Pensé que se te había olvidado nuestra fecha…
—¿Olvidarme?
—respondió él, sonriendo—.
Nunca. Ven, cuando salga el recreo te voy a demostrar cuánto te amo.
Cuando sonó la campana, Cristian le tomó la mano y la llevó hacia el patio principal, donde ya había mucha gente reunida.
De pronto, se escucharon las primeras notas de la música: los mariachis empezaron a tocar una canción suave y romántica, de esas que hablan de amor sincero y eterno.
Eluney se detuvo sorprendida, con los ojos muy abiertos.
Entonces vio llegar a los padres de Cristian, junto con Anahís y los padres de ella junto Antonella, todos sonriendo y acercándose a ellos.
Cristian se puso frente a ella, la miró a los ojos con toda la sinceridad de su alma y habló con voz clara y firme:
—Hoy cumplimos cuatro meses, mi vida.
Cuatro meses en los que cada día he aprendido a amarte más, a respetarte y a valorar lo que construimos.
Ayer no vine, no te escribí ni te llamé, no fue por descuido ni por olvido: fue para preparar esto, para que sepas que lo nuestro es importante para mí, para mi familia y para lo que soñamos.
Sacó de su bolsillo un estuche de terciopelo y lo abrió con cuidado.
Ahí estaban los dos anillos de oro , brillando bajo el sol de la mañana.
—Estos son anillos de promesa —le explicó—.
No son solo joyas, son la promesa de que seguiremos caminando juntos, paso a paso, respetándonos, cuidándonos y amandonos, hasta cumplir el año y mucho más.
Te prometo que estaré contigo en los días buenos y en los difíciles, que te escucharé y que nunca te haré sentir sola.
Eluney tenía los ojos llenos de lágrimas, pero eran lágrimas de alegría y alivio.
Entonces recordó su propio regalo, sacó de su mochila una cajita y se la entregó a él con manos temblorosas.
—Y yo también tengo algo para ti —le dijo con voz emocionada—.
Vi que tú me regalaste una pulsera que llevo siempre conmigo, así que hice que hicieran una igual, con las mismas iniciales y la misma fecha, para que tú también lleves siempre un pedazo de mí contigo.
Cristian abrió la caja y sonrió con ternura: era exactamente como la suya, igual de sencilla y hermosa.
—Es perfecta —le dijo, y se la puso en la muñeca al instante—.
Ahora los dos llevamos algo que nos une en todo momento.
Con la música de fondo, Cristian tomó la mano derecha de Eluney y le puso el anillo en el dedo, diciendo en voz baja:
—Te prometo mi cariño, mi respeto y mi lealtad.
Luego ella tomó su mano y le puso el otro anillo, respondiendo:
—Y yo te prometo lo mismo, hoy y siempre.
Se acercaron despacio y se dieron un beso dulce y lleno de emoción, mientras las familias los miraban con orgullo y los mariachis seguían tocando la canción que celebraba su amor.
Ese día, Eluney entendió que su tristeza del día anterior no había sido en vano: solo había servido para que la alegría de la sorpresa fuera mucho más grande.
Cumplían cuatro meses, y tenían por delante muchos más, con promesas, regalos y la certeza de que su vínculo era cada vez más fuerte.