"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."
NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 4: El Efecto Mariposa
En teoría del caos hay un concepto que siempre me ha parecido profundamente romántico, aunque ningún físico lo admitiría en público: el Efecto Mariposa. La idea de que el aleteo de una mariposa en Tokio puede desencadenar un huracán en Florida. Que los sistemas complejos son sensibles a las condiciones iniciales. Que un gesto mínimo, casi imperceptible, puede cambiarlo todo.
Lo que ningún manual de teoría del caos explica es qué ocurre cuando la mariposa eres tú. Cuando el aleteo es tu corazón desbocado. Y cuando el huracán se llama Andrés Montenegro y te ha citado el sábado a las ocho en la puerta del Parque Güell.
—¿Por qué el Parque Güell? —pregunté por WhatsApp cuando recibí la ubicación.
—Porque es el sitio más cursi de Barcelona. Y tú escribes novelas cursis. Me pareció apropiado.
—El Parque Güell está lleno de turistas.
—He reservado la visita nocturna. Hay menos gente. Y las vistas de la ciudad iluminada son anatómicamente plausibles para un primer beso.
—¿Quién ha hablado de un primer beso?
—Tu capítulo doce de "Bajo el Cielo de Tus Ojos". Página ochenta y siete. "El primer beso debe ocurrir en un lugar con vistas, preferiblemente al atardecer o bajo las estrellas, porque el cerebro humano asocia la belleza del entorno con la belleza del momento y multiplica la intensidad emocional."
Maldita sea. Me estaba citando a mí misma. Otra vez.
—Eso es ficción —respondí.
—Es tu ficción. Y quiero vivirla.
A las siete y media del sábado, frente al espejo de mi apartamento, me encontraba librando la batalla más absurda de mi vida adulta: elegir qué ponerme para una cita con un hombre que ya había leído todas mis fantasías románticas. Literalmente. Tenía acceso al código fuente de mi imaginación sentimental.
Probé con el vestido verde. Demasiado "protagonista de novela que encuentra el amor en la Toscana". Probé con los vaqueros y la camisa blanca. Demasiado "profesora universitaria que no se esfuerza". Probé con el vestido negro. Demasiado "viuda en un funeral italiano".
Schrödinger, desde la cama, me observaba con el desprecio de quien ha visto a su humana probarse siete conjuntos diferentes y sabe que va a acabar eligiendo el primero.
Elegí el primero. El vestido verde. Al fin y al cabo, si iba a ser una protagonista de novela, más valía asumirlo con dignidad.
A las ocho menos cinco, llegué a la puerta del Parque Güell. El sol empezaba a ponerse sobre Barcelona, tiñendo el cielo de un naranja imposiblemente literario. Y allí, apoyado contra la verja modernista de Gaudí, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no necesitaba unidades de acción facial para ser perfecta, estaba Andrés.
Llevaba una camisa azul marino. Sin jersey de cachemir. Sin pluma estilográfica. Solo él. Alto. Guapo. Real.
—Llegas pronto —dijo.
—Llegas tú antes.
—Estaba nervioso.
—Yo también.
—Bien. Así somos dos.
Entramos al parque. La visita nocturna era un milagro de silencio y luces cálidas. Las escalinatas del dragón de cerámica brillaban bajo los focos. Los bancos ondulados de la plaza principal serpenteaban como una serpiente de colores. Y Barcelona, a nuestros pies, se encendía poco a poco, como un belén de bombillas tímidas.
—¿Sabes por qué Gaudí diseñó estos bancos tan curvos? —preguntó Andrés mientras nos sentábamos en uno de ellos.
—Sorpéndeme.
—Porque decía que las líneas rectas son del hombre. Las curvas, de Dios.
—Eso es muy poético para un publicista.
—Lo leí en un folleto turístico. Pero quería impresionarte.
—Lo has conseguido.
Nos sentamos en uno de los recovecos del banco, un rincón semicircular que nos aislaba del resto de visitantes. Nuestros hombros se tocaban. Nuestras rodillas también. El contacto era mínimo, casi accidental, pero mi sistema nervioso simpático lo registró como un terremoto de magnitud siete.
—Valeria —dijo Andrés, y su voz era más grave que de costumbre—. ¿Puedo hacerte una pregunta sin que la analices?
—Eso es como pedirle a un pez que no nade.
—Inténtalo.
—Lo intentaré.
—¿Tienes miedo?
La pregunta cayó entre nosotros como una piedra en el estanque de la entrada. Ondas concéntricas. Expansión. Imposibilidad de volver atrás.
—¿Miedo a qué?
—A esto. A nosotros. A que esto sea real y no una novela que puedes controlar con un teclado.
Miré hacia la ciudad. Las luces parpadeaban en la distancia. La Sagrada Familia se recortaba contra el cielo ya oscuro. Todo era hermoso. Todo era aterrador.
—Sí —dije finalmente—. Tengo miedo.
—Yo también.
—¿A qué tienes miedo tú?
—A no estar a la altura de lo que has escrito. A ser un personaje decepcionante. A que me mires con esos ojos de psicóloga y encuentres todos mis defectos en el DSM-V.
—Andrés, yo...
—Déjame terminar. Lo he ensayado. En el espejo del baño. Cinco veces.
Reí. Él también. La tensión se aflojó un poco.
—No quiero ser perfecto —continuó—. No quiero ser el protagonista de una de tus novelas. Quiero ser yo. Con mis manías. Con mi tendencia a corregir las inexactitudes anatómicas de tus besos literarios. Con mi incapacidad para cocinar algo que no sea pasta con atún.
—La pasta con atún es un plato noble.
—¿Ves? Eso. Eso es lo que quiero. Que me aceptes con mi pasta con atún.
—Andrés...
—Y quiero besarte. Ahora. Aquí. Con estas vistas anatómicamente plausibles que tú misma describiste en la página ochenta y siete.
Mi cerebro analítico entró en cortocircuito. Mi cerebro emocional tomó el control. Mi cuerpo, ese traidor que llevaba semanas activando el sistema simpático cada vez que veía a este hombre, se inclinó hacia delante sin pedirme permiso.
—Una advertencia —dije, con la voz temblorosa—. He escrito muchos besos. Cientos. En mis novelas siempre son perfectos. Pero en la vida real...
—En la vida real son mejores —me interrumpió—. Porque son reales.
Se inclinó. Yo me incliné. El espacio entre nosotros se redujo a centímetros. A milímetros. A nada.
Y entonces ocurrió.
Su boca encontró la mía.
No fue como en mis novelas. No hubo fuegos artificiales ni orquestas invisibles ni metáforas sobre océanos donde naufragar voluntariamente. Fue mejor. Fue más torpe. Más cálido. Más humano.
Sus labios sabían a café y a menta. Su mano se posó en mi nuca con una torpeza adorable, como si no supiera muy bien dónde colocarla. La mía se aferró a su camisa azul marino, arrugándola sin remedio. Nuestras narices chocaron ligeramente. Él sonrió contra mi boca. Yo también.
Nos separamos unos centímetros. El aire entre nosotros era denso, eléctrico, imposible de respirar sin que supiera a él.
—Anatómicamente —dijo Andrés, con la voz ronca—, ha sido un desastre.
—Terrible —asentí—. Tus labios han aterrizado con un ángulo de inclinación incorrecto. Treinta grados de más. Y mi mano ha quedado atrapada entre tu camisa y tu pecho.
—¿Lo repetimos?
—Por supuesto. Hay que recopilar más datos.
La segunda vez fue mejor. La tercera, perfecta. La cuarta, directamente pornográfica para los estándares del Parque Güell.
Cuando finalmente nos separamos, Barcelona brillaba a nuestros pies como un manto de estrellas prestadas. El banco curvo de Gaudí nos envolvía en su abrazo modernista. Y yo, Valeria Núñez, doctora en Psicología Social y autora de besos literarios anatómicamente imposibles, acababa de descubrir que la realidad, con toda su imperfección, ganaba por goleada a la ficción.
—Tengo una confesión —dijo Andrés, con la frente apoyada contra la mía.
—¿Otra?
—He leído el borrador de tu nueva novela. El que tienes guardado en Noveltoom como borrador privado. "Veinte Maneras de Olvidarte (Y Otras Mentiras que Nos Contamos)".
Me quedé helada.
—Eso es imposible. Está en modo privado. Solo yo puedo verlo.
—Soy publicista. Internet lo puede todo. Y quería saber cómo terminaba nuestra historia antes de vivirla.
—Andrés Montenegro. Eso es...
—Una invasión de la privacidad. Lo sé. Y un acto de arrogancia imperdonable. También lo sé. Pero necesitaba saber si tenía un final feliz.
—¿Y lo tiene?
—Aún no lo has escrito. El último capítulo está en blanco.
Miré hacia la ciudad. Las luces seguían brillando. La vida seguía ocurriendo. Y yo tenía un último capítulo en blanco. Por primera vez en años, no me aterraba.
—Entonces —dije, volviendo a inclinarme hacia él—, supongo que tendremos que escribirlo juntos.
El quinto beso fue el mejor de todos. Porque no fue el final de nada.
Fue el principio de todo.
---
Aquella noche, al volver a casa, encontré a Schrödinger dormido sobre mi teclado. En la pantalla, el borrador de mi novela seguía abierto. El último capítulo, en blanco. El cursor parpadeaba, expectante.
Me senté. Escribí una sola línea:
"A veces, el amor no es una novela que escribes. Es una que te atreves a vivir."
Schrödinger ronroneó. Por una vez, no parecía desprecio. Parecía aprobación.