Hace tres mil años, nueve cultivadores legendarios crearon la técnica de cultivación definitiva: la Orquestación de los Nueve Dragones. Se decía que esta técnica podía llevar a quien la dominara más allá de los límites del Reino del Ascenso Eterno —un umbral que ningún cultivador había logrado cruzar jamás, porque la Tribulación Celestial siempre destruía a quienes se atrevían a intentarlo.Pero al comprender el peligro que entrañaba, los fundadores dividieron la técnica en nueve pergaminos y los repartieron entre los nueve clanes que ellos mismos habían fundado. Cada pergamino representaba un aspecto del dragón: Trueno, Fuego, Agua, Tierra, Viento, Luz, Sombra, Espacio y Caos.Durante milenios, estos nueve clanes se impusieron como las fuerzas dominantes del mundo de la cultivación. Sin embargo, ninguno se atrevió jamás a reunir los pergaminos, porque la leyenda advertía: «Quien una a los Nueve Dragones se alzará como Soberano de los Cielos… o será quien destruya el mundo.»
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Capítulo 1
La llovizna empapaba el patio de la Academia de la Espada Nube Azul cuando Lin Feng cruzó cargando un canasto enorme de ropa sucia de los discípulos internos. Tenía las manos enrojecidas por el agua helada y la espalda le ardía de tanto agacharse desde el amanecer, pero no se quejó. Quejarse no iba a cambiar nada.
—¡Oye, basura!
Lin Feng exhaló despacio. No necesitaba voltearse para saber quién lo llamaba. Esa voz arrogante le resultaba demasiado familiar.
—¡Te estoy hablando, Lin Feng! —Zhao Ming, discípulo interno del Reino de Reunión de Qi en la Capa Tercera, se acercó flanqueado por cinco de sus compañeros. Una sonrisa burlona le cruzaba la cara—. ¿Ahora estás sordo? ¿O tu Raíz Espiritual del Caos también te arruinó los oídos?
Sus amigos estallaron en carcajadas. Lin Feng dejó el canasto en el suelo y se inclinó con cortesía.
—Disculpe, Hermano Mayor Zhao. Estaba concentrado en llevar la ropa. ¿Puedo ayudarlo en algo?
—¿Concentrado? —Zhao Ming resopló—. ¿Para qué necesita concentrarse un sirviente como tú? Ah, espera... se me olvidaba que todavía sueñas con ser cultivador.
Las risas de los demás retumbaron por el patio. Lin Feng apretó los puños, aunque mantuvo el rostro impasible. Diez años. Diez años desde que se convirtió en sirviente de esta academia. Diez años de humillaciones, de desprecio, de ser el hazmerreír de todos.
Pero seguía aguantando. Porque aquí podía aprender, aunque fuera observando a la distancia, aunque fuera leyendo los manuales viejos que la academia desechaba en el almacén.
—Escúchame bien, Lin Feng. —Zhao Ming se acercó otro paso; su Qi comenzó a fluir y el aire a su alrededor vibró—. Estoy harto de verte la cara en esta academia. ¿Sabes por qué? Porque me recuerdas que alguien tan inútil como tú puede pisar un lugar tan respetable. Es vergonzoso.
—Hermano Mayor Zhao...
—¡Cállate! —Zhao Ming lo empujó en el pecho y lo hizo trastabillar hacia atrás. El canasto se le escapó de las manos; la ropa que había lavado desde temprano quedó desparramada en el suelo enlodado—. ¿Crees que mereces hablarme?
Lin Feng miró la ropa que le había costado toda la mañana. Algo le dolió en el pecho, no un dolor físico sino un agotamiento más profundo. El cansancio de vivir así.
—Pide disculpas ahora mismo —ordenó Zhao Ming—. Arrodíllate y discúlpate por manchar esta academia con tu presencia.
El silencio cayó entre ellos. Lin Feng levantó la cabeza y clavó la mirada directamente en los ojos de Zhao Ming. Y por primera vez en diez años, dijo:
—No.
La expresión de Zhao Ming se torció de rabia.
—¿Qué dijiste?
—Dije que no. —Lin Feng se irguió, aunque el corazón le latía con fuerza—. No voy a arrodillarme. Ni por ti ni por nadie.
—¡Así que ahora te atreves! —Zhao Ming levantó la mano; al instante, Qi de trueno se concentró en su palma—. Parece que necesitas una lección sobre respetar a los más fuertes.
—¡Zhao Ming!
Una voz cortante quebró la tensión. Una joven de porte elegante, vestida de azul celeste, se acercó a paso firme. Llevaba el cabello negro recogido en alto; sus ojos afilados fulminaban a Zhao Ming.
—¡Hermana Mayor Bai! —Zhao Ming retrajo su Qi de inmediato e hizo una reverencia—. Solo estaba...
—¿Solo qué? ¿Intimidando a un sirviente? —Bai Yun le lanzó una mirada fugaz a Lin Feng antes de volver la atención a Zhao Ming. Era una de las discípulas internas más brillantes de la academia, ya en la Capa Sexta del Reino de Reunión de Qi—. ¿No tienes nada más productivo que hacer? ¿O acaso tu cultivación ya es tan perfecta que te sobra tiempo para jueguitos?
Zhao Ming enrojeció.
—N-no, Hermana Mayor Bai. Yo... voy a volver a entrenar.
—Bien. —Bai Yun cruzó los brazos—. Y Zhao Ming... si me entero de que vuelves a molestar a algún sirviente, te reportaré con el Anciano Feng. A él no le agrada nada que sus discípulos usen la fuerza contra los que no pueden defenderse.
Zhao Ming rechinó los dientes pero no se atrevió a replicar. Con una última mirada cargada de odio hacia Lin Feng, se marchó con su grupo.
Lin Feng se inclinó ante Bai Yun.
—Gracias, Hermana Mayor Bai.
—No tienes que agradecer. —Lo observó con una expresión difícil de descifrar—. Pero, Lin Feng... ¿por qué insistes en quedarte aquí? Con tu Raíz Espiritual del Caos, es imposible que puedas cultivar. ¿Por qué no buscas otra vida? Podrías ser comerciante, granjero... cualquier cosa que no te obligue a soportar humillaciones a diario.
Lin Feng guardó silencio. ¿Cómo explicarle que diez años atrás había jurado frente a las tumbas de su familia masacrada que se convertiría en cultivador, que encontraría a los asesinos, que cobraría venganza?
¿Cómo decirle que abandonar esta academia significaba abandonar su única esperanza, por delgada que fuera, por frágil que pareciera?
—Quizá porque soy terco —respondió al fin, con una sonrisa amarga—. Demasiado terco para rendirme.
Bai Yun lo miró largamente y luego suspiró.
—La terquedad está bien. Pero no dejes que la terquedad te mate. —Se dio la vuelta para irse, aunque se detuvo de pronto—. Ah, Lin Feng. La biblioteca del nivel inferior necesita limpieza esta noche. El Anciano Shen, que estaba a cargo, se enfermó, así que tendrás que hacerlo solo. Las llaves están en la oficina del administrador.
—Entendido, Hermana Mayor.
Cuando Bai Yun se alejó, Lin Feng se puso en cuclillas y empezó a recoger la ropa sucia del suelo. Le temblaban las manos, no de frío, sino de la rabia que llevaba tragándose.
*Diez años*, pensó.
*Diez años y sigo aquí. Sigo débil. Sigo siendo inútil.*