Morir traicionado fue lo de menos.
Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.
Error.
Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.
Y Vincent no sabe ser víctima.
Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.
Pero ellos no entienden algo.
La chica que compraron ya no existe.
Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.
Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.
Va a
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CAPÍTULO 5: El sótano donde Emilia dejó de ser niña.
El auto se detuvo frente a una mansión en el Upper East Side que los recuerdos de Emilia reconocieron antes que los ojos de Vincent. Reja de hierro forjado con iniciales doradas, ventanales altos, jardín recortado con precisión de cirujano. Una casa que desde afuera parecía elegante y desde adentro, según los recuerdos que le caían como puñetazos, era una jaula con molduras de mármol.
El padre no le dirigió la palabra ni al bajar. Caminó hacia la entrada como quien arrastra un mueble que hay que devolver a su lugar, y Vincent lo siguió porque había dos tipos más esperando en la puerta y este cuerpo no podía correr ni pelear contra tres hombres a la vez.
Todavía no. Pero ya me van a conocer.
Cruzaron el recibidor y los recuerdos de Emilia se activaron como chispas sueltas: esa escalera donde se cayó a los seis años y nadie la levantó, ese pasillo donde la madrastra la arrastró del pelo por primera vez. No subieron. Doblaron a la izquierda, pasaron por un pasillo estrecho y llegaron a una puerta debajo de la escalera principal, pequeña, de madera sin pintar, con un cerrojo por fuera.
Escaleras hacia abajo. Oscuridad.
El sótano.
Los recuerdos llegaron como una ola: una niña de ocho años bajando esas mismas escaleras llorando mientras la puerta se cerraba, una de diez sentada en el piso abrazándose las rodillas durante horas porque se comió un pedazo de pastel que era de Valentina, una de doce que ya no lloraba cuando la encerraban porque había aprendido que nadie iba a venir a buscarla.
Vincent bajó. La puerta se cerró y el cerrojo sonó con un chasquido que resonó en el pecho de Emilia como un recuerdo hecho de ruido.
El sótano era un cuarto amueblado a medias, como si alguien hubiera intentado disfrazar una celda de habitación sin mucho esfuerzo. Un catre con una cobija delgada, una mesita con agua y un vaso de plástico, y en la esquina, apiladas sin cuidado, las cosas de Emilia: ropa vieja que ya no le entraba, cuadernos de escuela, muñecas con el pelo enredado. Y al fondo, escondido debajo de una manta, un cuaderno diferente, más grueso, con la pasta forrada en cinta adhesiva.
Un diario.
Lo abrió. Frases cortas, faltas de ortografía, letra de niña de diez años.
"Hoy papá me encerró otra vez porque Valentina dijo que le pegué pero no es cierto. Papá siempre le cree a ella porque Valentina es bonita y yo soy gorda y fea."
"Hoy fue mi cumpleaños. Nadie se acordó."
"A veces pienso que si me muriera nadie se daría cuenta."
Vincent cerró el diario y lo apretó con una fuerza que le blanqueó los nudillos. La rabia que sintió no se parecía a ninguna anterior. La suya siempre había sido fría, calculada. Esta venía de los recuerdos de una niña que escribía en un cuaderno que nadie nunca iba a leer, y era caliente, desordenada, salvaje.
Recorrió el sótano buscando una salida. Ventana pequeña sellada con barrotes, demasiado estrecha incluso para un cuerpo más delgado. Puerta sólida, cerrojo del otro lado. Paredes de concreto. Nada.
Llevan años encerrando a una niña aquí. Saben exactamente lo que hacen.
Se sentó en el catre y esperó, porque a veces esperar es lo único inteligente que puedes hacer.
La madrastra bajó tres horas después.
Patricia. La segunda esposa del padre de Emilia. Cuarenta y tantos que se veían de treinta y tantos gracias a cirugías y una maldad que aparentemente conservaba muy bien. Pelo rubio teñido, uñas perfectas, y una sonrisa que parecía amable hasta que te fijabas en los ojos y veías que ahí dentro no había nada parecido a la compasión.
—Emilia, Emilia, Emilia —dijo, bajando el último escalón como si el sótano pudiera ensuciarle los zapatos—. Cada vez que creo que no puedes ser más estúpida, me sorprendes.
Vincent la miró sin moverse, porque dejar hablar al enemigo siempre da más información que interrumpirlo.
—¿Sabes lo que nos costó limpiar tu desastre? Sus hijos ni siquiera quisieron investigar, ¿puedes creerlo? Les dijimos que fue un infarto, pagamos al médico, pagamos a la funeraria, pagamos a todo el que había que pagar, y listo. Caso cerrado.
Se detuvo frente al catre y la miró hacia abajo.
—Y lo mejor de todo es que como eras su esposa y el pobre Harold no tenía más familia que esos hijos que lo odiaban, buena parte de su dinero nos llegó a nosotros. Lo mataste y nos hiciste ricos. Negocio redondo. Deberías estar orgullosa, es lo único útil que has hecho en tu vida.
Le dio una patada en la espinilla. No fuerte, no con furia, sino con esa crueldad casual de quien patea un perro porque puede y porque sabe que el perro no va a morderla.
—¿Pensaste que podías escapar? ¿Tú? Tu padre tiene contactos en la policía, en los juzgados, en todas partes. Te encontramos en tres horas, Emilia. Tres. ¿Cuánto creías que ibas a durar?
Otra patada en el muslo. Vincent apretó los dientes y el esfuerzo de quedarse quieto le costó más que cualquier golpe que hubiera recibido en dos vidas.
Todavía no. Cada palabra es información y la información es poder.
—Tu padre ya está buscando otro comprador. Alguien discreto, que pague bien. Porque eso es lo que eres, Emilia: mercancía. Siempre lo fuiste y siempre lo serás. Y cada vez que intentes escapar, te vamos a traer de vuelta a este sótano y te vamos a recordar cuál es tu lugar.
Subió las escaleras sin mirar atrás y el cerrojo volvió a sonar.
Vincent guardó el diario debajo de la cobija del catre. Las palabras de esa niña merecían algo mejor que un rincón polvoriento en el sótano donde la encerraban como a un animal.
Le dieron pan duro y un vaso de agua. No se lo trajo Patricia sino una empleada que dejó todo en la mesita sin decir una palabra y subió tan rápido que parecía que el sótano le daba miedo.
Vincent comió porque necesitaba comer y pasó la noche planificando. Analizó lo que sabía: la familia tenía dinero y contactos, el padre controlaba a Emilia a través del miedo, Patricia era cruel pero hablaba demasiado, y la muerte del viejo estaba cubierta. Pero había algo que la madrastra dijo sin darse cuenta y que Vincent guardó como quien guarda una bala para el momento exacto: "buena parte de su dinero nos llegó a nosotros." Buena parte. No todo. Herencias, papeles legales, estructuras que se sostenían sobre documentos que alguien firmó.
En mi época el poder se sostenía sobre armas. Aquí se sostiene sobre papeles. Y los papeles se pueden leer, entender y usar.
A la mañana siguiente la puerta se abrió y la voz del padre bajó por las escaleras.
—Sube.
Vincent subió con las piernas temblando por el frío y el hambre, pero con la espalda recta, porque Vincent Moretti nunca subió una escalera encorvado y no iba a empezar ahora.
El padre lo esperaba con un café en la mano y ese desprecio tranquilo que solo tienen los que nacieron con dinero y creen que eso los convierte en una especie superior.
—Escúchame bien porque solo lo voy a decir una vez. En tres días vas a conocer a un hombre. Te vas a bañar, te vas a vestir con lo que Patricia te diga, vas a sonreír y vas a ser agradable. Y cuando ese hombre decida que te acepta, te vas a ir con él sin abrir la boca.
—Y si se me ocurre negarme —dijo Vincent con la voz de Emilia, suave, tranquila, sin una gota del miedo que ese hombre esperaba escuchar.
Algo cruzó la cara del padre, algo rápido, porque esa frase no sonaba como Emilia. Emilia preguntaría llorando, suplicando. No con esa calma.
—Si se te ocurre negarme, si se te ocurre escapar, si se te ocurre hacer cualquier cosa que no sea lo que yo te diga, te voy a demostrar que no importa a dónde corras. Tú me perteneces. Naciste siendo mía y vas a morir siendo mía. ¿Quedó claro?
Vincent no contestó. No porque tuviera miedo, sino porque estaba memorizando cada palabra con la misma atención con la que memorizaba los rostros de los hombres que algún día iba a matar.
El padre se fue con su café y su certeza de que el mundo funcionaba como él quería.
Y Vincent se quedó parada en el pasillo con pan duro en el estómago y una lista mental que acababa de empezar.
Patricia. El padre. Valentina. El próximo comprador.
Uno por uno.
En mis tiempos les habría metido una bala a cada uno. Pero este mundo es diferente, las reglas son diferentes, y yo aprendo rápido.
Siempre aprendí rápido.
Alguien se esta haciendo pasar por el muerto.
El viejo Reencarno!