El mundo terminó en menos de un mes.
Primero fueron los rumores: personas enfermas, ataques violentos, ciudades enteras aisladas.
Después llegó el silencio.
Las calles se llenaron de cadáveres caminando bajo la lluvia, las comunicaciones desaparecieron, y sobrevivir un día más se volvió un milagro.
Charlie nunca creyó necesitar a nadie. Fría, impulsiva y acostumbrada a huir de todo, aprendió rápido que el nuevo mundo solo recompensa a quienes son capaces de abandonar sentimientos.
Hasta que conoce a Tamara.
Tamara es completamente diferente: amable, inteligente, demasiado humana para un mundo muerto.
Y aun así… sobrevive.
Juntas atraviesan ciudades destruidas, hospitales infestados, carreteras cubiertas de sangre y grupos humanos mucho más peligrosos que los zombis.
Pero mientras el horror crece, también crece algo peor:
el amor.
Porque enamorarse en el fin del mundo significa descubrir un miedo nuevo.
No perder la vida.
Perder a la única persona que hace que todavía valga la pena vivi
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Hasta el Último Latido
Capítulo 3: Todavía estaba vivo
El cuerpo del guardia comenzó a sacudirse violentamente sobre el suelo.
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Tamara retrocedió aterrorizada.
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—¡Charlie!
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Charlie ya estaba moviéndose.
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Agarró el bate con ambas manos mientras observaba al hombre convulsionar.
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Lo había visto antes.
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Primero venían los espasmos.
Luego los gritos.
Después…
los ojos.
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El guardia soltó un sonido ahogado horrible.
Como si algo estuviera rompiéndose dentro de su garganta.
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Tamara tenía las manos temblando.
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—¡Todavía podemos ayudarlo!
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Charlie giró apenas la cabeza hacia ella.
Y por un segundo…
algo en su expresión se quebró.
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Porque ella también había dicho eso antes.
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Antes de entender que ya no existía ayuda.
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El hombre empezó a rasguñar desesperadamente el suelo.
Sus uñas dejando marcas sangrientas sobre el cemento.
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—Duele…
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La palabra salió rota.
Apenas humana.
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Tamara dio un paso adelante impulsivamente.
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—¡Señor, tranquilo—!
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—¡NO! —Charlie la sujetó del brazo bruscamente.
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Demasiado tarde.
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El guardia levantó la cabeza de golpe.
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Sus ojos ya no eran humanos.
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Completamente blancos.
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La mandíbula comenzó a abrirse lentamente de una forma antinatural.
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Y entonces gritó.
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Un sonido monstruoso explotó en el depósito.
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Charlie reaccionó por instinto.
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CRACK
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El bate impactó directamente contra la cabeza del hombre infectado.
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El cuerpo cayó al suelo violentamente.
Silencio.
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Tamara se quedó congelada.
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Mirando la sangre extenderse lentamente por el piso.
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Charlie respiraba agitada sosteniendo el bate todavía levantado.
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El silencio que quedó después fue peor que el grito.
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Tamara habló apenas.
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—…todavía estaba vivo.
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Charlie cerró los ojos un segundo.
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—Ya no.
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Tamara apartó la mirada rápidamente.
Como si quisiera evitar llorar.
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Y eso molestó a Charlie más de lo que esperaba.
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Porque sabía exactamente cómo se sentía.
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La primera vez siempre era peor.
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Los golpes contra la puerta volvieron de repente.
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BOOM
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Ambas reaccionaron sobresaltadas.
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La estantería metálica tembló violentamente.
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Los infectados seguían intentando entrar.
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Y ahora estaban más alterados por el ruido.
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Charlie respiró profundo y se obligó a concentrarse.
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—Tenemos que salir de aquí.
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Tamara todavía miraba el cuerpo del guardia.
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—…¿así terminan todos?
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Charlie guardó silencio.
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Porque la respuesta era sí.
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Y las dos lo sabían.
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Otro golpe sacudió la puerta.
Más fuerte.
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Una de las barras metálicas comenzó a romperse.
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Mierda.
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Charlie empezó a revisar rápidamente el depósito buscando otra salida.
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Cajas viejas. Herramientas oxidadas. Un generador roto.
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Entonces vio una pequeña puerta al fondo.
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—Ahí.
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Tamara levantó la cabeza rápidamente.
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Charlie corrió hacia la puerta y giró la perilla.
Atascada.
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—Perfecto…
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Golpeó la cerradura con el bate.
Una vez.
Dos.
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Finalmente cedió.
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La puerta se abrió revelando unas escaleras oscuras que descendían hacia abajo.
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Un túnel de mantenimiento.
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O una trampa.
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Ya no importaba.
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La puerta principal del depósito volvió a doblarse violentamente.
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BOOM
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Una grieta enorme apareció en el metal.
Dedos ensangrentados comenzaron a entrar.
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Tamara palideció.
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—Charlie…
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—Muévete.
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Las dos bajaron rápidamente las escaleras.
Charlie cerró la puerta detrás de ellas justo cuando escuchaban los gritos monstruosos atravesar el depósito.
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Oscuridad total.
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Solo sus respiraciones.
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Y el sonido lejano de agua cayendo.
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Tamara temblaba mientras descendían lentamente.
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—No veo nada…
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Charlie sacó una pequeña linterna de su mochila.
La luz iluminó paredes húmedas y tuberías oxidadas.
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El túnel olía horrible.
Moho. Suciedad. Agua estancada.
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Pero al menos no había infectados.
Todavía.
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Caminaron en silencio varios minutos.
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Tamara abrazaba el botiquín contra el pecho como si fuera lo único estable que quedaba en el mundo.
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Charlie caminaba adelante vigilando cada sombra.
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Finalmente Tamara habló.
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—¿Hace cuánto estás sola?
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Charlie tardó unos segundos en responder.
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—Desde el segundo día.
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—¿Tu familia?
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Silencio.
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Charlie siguió caminando.
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—No hablo de eso.
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La respuesta fue fría.
Automática.
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Tamara bajó apenas la mirada.
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—Perdón.
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Charlie sintió culpa inmediatamente.
Y eso la irritó todavía más.
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No quería conectar con nadie.
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Porque la gente moría.
Siempre.
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Y perder personas dolía demasiado en este nuevo mundo.
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Llegaron a una compuerta metálica al final del túnel.
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Charlie la abrió lentamente.
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La lluvia volvió a escucharse.
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Salieron a un callejón oscuro detrás del supermercado.
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La ciudad seguía igual.
Muerta.
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Autos abandonados.
Sirenas lejanas.
Fuego en algún edificio distante.
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Tamara respiró profundamente como si hubiera estado conteniendo el aire durante horas.
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Entonces—
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un sonido resonó cerca.
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No un gruñido.
No pasos.
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Una voz.
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—¡Ayuda!
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Las dos se congelaron inmediatamente.
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El grito venía desde la calle principal.
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Y sonaba como una niña.