"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 19
El aire en la mansión Nova se podía cortar con un cuchillo. La revelación de Beatriz sobre la verdadera identidad de Yaneth había encendido una mecha que nadie podría apagar. Pero antes de que la justicia legal cayera sobre Ricardo Del Valle, Yaneth necesitaba algo más: la aniquilación social de quienes la habían pisoteado.
Fabián estaba en su salsa. Llevaba un traje de lino color lavanda, un sombrero de ala ancha y una actitud de "millonario excéntrico recién llegado de Europa". Se había infiltrado en el té benéfico de la Fundación Damas de Oro, el último reducto de prestigio que le quedaba a Rebeca Del Valle tras el embargo.
—¡Ay, por favor! ¿Me estás diciendo que esa es Rebeca? —decía Fabián en voz alta, rodeado de las mujeres más ricas e influyentes de la ciudad, mientras señalaba a la hermana de Yaneth, que intentaba disimular su ropa de la temporada pasada—. Pobrecita. Si supieran que vive de las sobras que le robó a su propia hermana.
—¿A qué se refiere, joven? —preguntó una baronesa, intrigada por el chisme.
Fabián bajó la voz de forma dramática, asegurándose de que el círculo de señoras se cerrara a su alrededor.
—Yaneth no es solo la esposa de Thiago Nova. Es la heredera legítima de los viñedos del sur. Sus padres, si es que se les puede llamar así, falsificaron documentos, la maltrataron físicamente y la vendieron como mercancía para que ella nunca descubriera que ellos estaban gastándose su herencia. ¡Le pegaban con un bastón, señoras! ¡A la verdadera dueña de la fortuna que ellos fingían tener!
El murmullo recorrió el jardín como un incendio. Las miradas hacia Rebeca pasaron de la lástima al asco.
—¡Es mentira! —gritó Rebeca, acercándose con la cara desencajada—. ¡Ese hombre es un payaso!
—¿Payaso yo? —Fabián se dio la vuelta con una elegancia letal—. Payasa tú, que llevas un bolso falso y una conciencia más sucia que el sótano donde tenían a Yaneth. Mañana todos los diarios tendrán las pruebas de que tu padre es un estafador y tú una cómplice de un robo de identidad. ¡Guardias! —Fabián señaló a Rebeca como si fuera basura—. Esta mujer no tiene invitación ni fondos. ¡Sáquenla antes de que el olor a desesperación arruine los canapés!
Rebeca fue escoltada fuera entre abucheos y risas burlonas. La reputación de los Del Valle murió esa tarde, entre sorbos de té y chismes de salón. Fabián le envió un mensaje de texto a Yaneth: "Misión cumplida, nena. La rata ya no tiene alcantarilla donde esconderse. Ahora te toca a ti".
Mientras tanto, en la oficina de Thiago, el ambiente era muy distinto. Yaneth estaba sentada frente a su marido, esperando que él dijera algo tras conocer la verdad de su origen. Pero Thiago estaba rígido, mirando hacia la puerta de cristal.
—Thiago, mi madre no es Elena —dijo Yaneth, buscando su mirada—. Todo el odio, todo el dolor... fue por dinero. Por una herencia que ni siquiera sabía que existía.
Thiago no alcanzó a responder. La puerta se abrió sin previo aviso y Sandra entró con una expresión de pánico absoluto.
—Señor... yo traté de detenerla, pero...
—Hola, Thiago.
La voz era como terciopelo mojado en veneno. Yaneth se giró. En la puerta estaba Lucía Vallenari. Era más alta de lo que Yaneth imaginaba, con una delgadez de pasarela que parecía frágil pero cargada de poder. Su cabello rubio caía perfectamente y sus ojos miraban a Thiago como si el tiempo no hubiera pasado.
—Lucía —susurró Thiago. Sus manos se cerraron en puños sobre el escritorio.
—Supe lo de tu "matrimonio" —dijo Lucía, ignorando por completo a Yaneth como si fuera un mueble—. Pero vine en cuanto me enteré de que estabas pasando un mal momento. Thiago, yo nunca dejé de amarte. Lo que pasó con Marcos fue un error, yo estaba confundida...
Yaneth sintió que la sangre le hervía. Se puso de pie, colocándose al lado de Thiago. El contraste era evidente: Lucía era la belleza clásica y fría; Yaneth era la fuerza real, con sus curvas imponentes y una mirada que ya no se dejaba pisotear.
—Llegas tarde, Lucía —dijo Yaneth, con una voz que hizo que la modelo finalmente la mirara—. Y llegas con una mentira que ya no tiene mercado aquí.
—¿Y tú quién eres? —preguntó Lucía con desprecio—. Ah, claro. La chica que Thiago tuvo que comprar para salvar las apariencias. Me dijeron que habías bajado de peso, pero veo que sigues ocupando demasiado espacio.
Thiago, que hasta ese momento parecía una estatua, reaccionó. Se puso de pie y rodeó el escritorio, pero no para acercarse a Lucía, sino para poner su mano firmemente sobre el hombro de Yaneth.
—Se llama Yaneth Nova —dijo Thiago, y su voz era el rugido de un trueno—. Es mi esposa, la mujer que me enseñó lo que es la verdadera lealtad mientras tú estabas revolcándote con mi mejor amigo. Y tienes razón, ocupa mucho espacio: ocupa todo mi pensamiento y todo mi mundo.
Lucía palideció.
—Thiago, no puedes hablar en serio. Mírala, ella no es de nuestro nivel. Tú me amas, yo sé que me amas.
—Lo que yo sentía por ti murió el día que te vi en esa cama —sentenció Thiago—. Ahora, lárgate de mi oficina. Si vuelves a molestar a mi esposa o a aparecerte por aquí, usaré todo mi poder para que tu carrera de modelo termine en los catálogos de ofertas de supermercado.
Lucía salió echando chispas, humillada por primera vez en su vida. Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó. Thiago se giró hacia Yaneth. Sus ojos estaban cargados de una mezcla de alivio y angustia.
—Tenía miedo de que volviera —admitió él, bajando la cabeza—. Tenía miedo de que, al verla, volviera a sentir ese hierro ardiente.
—¿Y qué sentiste? —preguntó Yaneth, con el corazón en la mano.
Thiago la tomó del rostro con ambas manos, ignorando las lágrimas que empezaban a asomar en sus ojos.
—Nada. No sentí absolutamente nada. Al verla a ella y tenerte a ti al lado, me di cuenta de que ella era una sombra y tú eres el sol. Perdóname por haber estado tan raro, Yaneth. Estaba asustado de lo mucho que te amo y de lo mucho que me dolería si algo te pasara ahora que sabemos la verdad sobre tu padre.
Yaneth lo abrazó con fuerza. El Diablo de Hielo se había derretido por completo, no por debilidad, sino por amor.
—Ricardo vendrá hoy —dijo Yaneth contra su pecho—. Beatriz le envió una citación oficial. Vamos a terminar con esto.
—No estarás sola —prometió Thiago—. Nunca más.
La oficina se convirtió en el escenario del acto final. Horas después, Ricardo Del Valle entró, aún con la mandíbula amoratada por el golpe anterior de Thiago. Pero esta vez, no traía su bastón. Traía miedo.
Yaneth lo esperaba con los documentos de la herencia sobre la mesa.
—Hola, Ricardo —dijo ella, omitiendo la palabra "padre"—. Siéntate. Vamos a hablar de mis viñedos y de los años de cárcel que te corresponden por robo, falsificación y maltrato.
Ricardo miró a Thiago, luego a Yaneth, y supo que el juego había terminado. La "gordita inútil" no solo le había quitado su apellido, le había quitado su libertad. Y lo mejor de todo, es que ella lo estaba disfrutando.