Alessandra "Lexa" Cavalier es una hematóloga destacada por sus logros en el difícil mundo de la medicina, pero su fe proviene de la ciencia y la lógica. Todo se rompe cuando acepta el contrato más inusual de su carrera: salvar a Dante Marek, un hombre hermético y arrogante, CEO de una empresa prestigiosa que parece tener siglos de su fundación.
Él no es un hombre cualquiera, sino un vampiro de sangre pura cuya estirpe se marchita, por una corrupción que está devorando su sistema circulatorio, amenazando con convertir su inmortalidad en cenizas. Desde su primer encuentro en una mansión que huele a hostilidad. Dante desprecia la fragilidad de Lexa, pero su sangre tiene un aroma que mueve sus instintos primitivos que creía haber enterrado hace décadas.
Mientras ella se adentra en un laboratorio de tinieblas para encontrar una cura, descubre que no es una simple observadora. Su propia genética guarda el secreto de una salvación que Dante ansía y teme por igual.
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Capítulo 6
El silencio en el piso 50 era tan denso que podía oír el zumbido de mis propios pensamientos. Cada latido de mi corazón retumbaba en mis oídos como una acusación. Me miré la muñeca, donde la piel aún ardía.
—Me dolió. —Dije, señalando mi muñeca. —Pero lo que hiciste... casi te conviertes en lo que Cooper dice que eres.
Dante caminó hacia mí, deteniéndose justo al frente. El aroma a rosas marchitas e incienso antiguo que emana me envolvió de nuevo, una fragancia que empezó a asociar no solo con la muerte, sino con una forma de vida que la lógica no sabe cómo explicar.
—Me convertí en lo que soy, Alessandra. —Respondió frío, sin inmutarse. —No se engañe; usted está tratando de curar a un depredador, pero el hambre es mi esencia. Lo que vio hoy fue solo un destello de la eternidad que trato de contener por usted.
—¿Por mí? —Pregunté, con voz apenas en un hilo de aire, ya que sentía que, si respiraba demasiado fuerte, la tensión entre nosotros estallaría.
—Porque usted es la única que puede hacerme sentir de nuevo; no por su ciencia, sino por esa sangre que purifica incluso mi alma. —Dijo, inclinándose para dejar su rostro a centímetros del mío. Pude ver el abismo en sus pupilas, como una oscuridad que me llama.
—Mañana probaremos con el suero sintético que quiere crear, pero ambos sabemos que no funcionará. La ciencia humana no puede imitar la vida que corre por sus venas.
Salió del laboratorio tan silenciosamente como había entrado, dejándome sola, temblando y rodeada de máquinas de millones de dólares que se sentían inútiles ante la verdad que acababa de presenciar. No importaba cuánta tecnología pusiera Jonathan a mi disposición; no puedo embotellar el alma y mucho menos una que está ligada a la mía por un hilo que no entiendo.
Me senté frente al monitor y vi que tenía un nuevo mensaje de Cooper, pero esta vez no era una advertencia escrita a la ligera, sino una imagen que me congeló. Era una foto de mis padres, tomada años atrás en una de sus galas de medicina; se veían jóvenes, llenos de esa luz que solo tienen quienes creen que van a cambiar el mundo, pero detrás de ellos, fundido en las sombras de una columna de mármol, se veía la silueta inconfundible de un hombre con ojos de jade imperial. Jonathan Blackwood.
"Ellos no te lo dijeron, Lexa". "Pero tú no eres un accidente genético; eres un proyecto que Jonathan Blackwood inició hace veinticinco años. Huye mientras todavía seas dueña de tu pulso".
Miré la caja sobre el escritorio, esa que contenía el regalo. —La tomé en mis manos para observar el broche que brillaba con una luz malévola bajo los fluorescentes.
En voz alta sujetando mi cabeza empecé a decir con el alma destrozada
—Yo Alessandra Cavalier, la mujer que creía que la sangre era solo información, se dio cuenta a sus veinticinco años de que simplemente era la pieza central de un rompecabezas sangriento que comenzó antes de su nacimiento; que mis padres no solo eran científicos, sino colaboradores o quizás, víctimas de una arquitectura genética diseñada para este momento exacto y lloré con amargura...
El abismo de sombras ya no estaba debajo de mí, me aplastaba sin piedad. Yo era el abismo y Dante Marek era lo único que podía evitar que me rompiera en mil pedazos o el que me terminaría de desintegrar; aún no lo sé.
Tomé la lanceta. Esta vez no fue por ciencia. Fue por miseria. Necesitaba saber si mi sangre seguía siendo mía o si ya le pertenecía a la oscuridad del piso 50. Vi la gota roja emerger, brillante y pura. Era lo único real que me quedaba en este búnker de cristal.
El resto de la tarde pasé en un estado de trance productivo, en una farsa de normalidad. Mi mente que siempre calculaba todo, en fracción de segundos, estaba trabajando a mil por hora.
—Si yo era un "proyecto", entonces cada decisión de mi vida, como mi especialización en hematología o mi obsesión con la pureza celular, incluso mi mudanza. —Había sido guiada por hilos invisibles.
A las ocho de la noche, Dasha regresó al laboratorio. Venía con dos bolsas de comida tailandesa, intentando desesperadamente devolvernos a nuestra rutina de hermanas.
—He hablado con seguridad. —Dijo ella, sirviendo el arroz. —Él voluntario está estable, solo una "fluctuación de presión".
—¡Mienten, Dash! —Tú viste lo que pasó. Dante lo estaba drenando y no solo de sangre, estaba succionando su esencia. —La miré fijamente. — Cooper me envió esto.
Le mostré la foto. Dasha palideció, dejando caer los palillos. Sus dedos recorrieron la fotografía en el celular ampliando la imagen, viendo con horror a nuestros padres con una mezcla de amor y sobresalto.
—¡Él estaba allí!... —Susurró. — ¿Lexa, si esto es cierto?, nuestra familia nunca fue nuestra. Fuimos una inversión para ellos.
—No voy a permitir que me utilicen más. —Dije, sintiendo una furia fría nacer en mi estómago. — Mañana es la prueba del suero. Si falla, como Dante predice, Jonathan querrá pasar a la siguiente fase: usarme a mí de forma directa. —¡No voy a esperar a que eso pase!
—¿Qué vas a hacer? —Preguntó Dasha, asustada.
—Voy a entrar en la oficina de Jonathan. —Cooper dice que allí guarda los registros del proyecto. — Necesito saber qué me hicieron o mejor dicho qué pusieron en mi ADN antes de nacer.
La noche en el piso 50 transcurrió con una calma sepulcral. Mientras Dasha dormía en el sofá de la sala de descanso, yo me preparé. Usé mi tarjeta de acceso.
— Para mi sorpresa, la puerta de su despacho privado se abrió sin resistencia. Era una especie de santuario a la vanidad y a la antigüedad. Había estanterías llenas de manuscritos que parecían hechos de piel humana y vitrinas con artefactos que no pertenecían a ningún museo conocido. En el centro, un escritorio de obsidiana negra dominaba la estancia.
Encendí su computador y mis dedos volaron sobre el teclado. El sistema estaba protegido por una encriptación biométrica, pero cuando puse mi mano sobre el escáner, el ordenador emitió un tono verde de aceptación. "Proyecto Cavalier: Fase de Maduración Completa", leía la pantalla quedando sorprendida.
Mi respiración se entrecortó. Abrí el archivo. Había esquemas de mi propia cadena de ADN comparados con una secuencia etiquetada como "Marek-Alpha". Mis padres habían recibido fondos ilimitados para un tratamiento de fertilidad experimental. Yo no era solo su hija; era una quimera diseñada para ser el filtro biológico de Dante Marek; mi sangre contenía un inhibidor de la corrupción que solo se activaba en presencia de su "petróleo negro".
—Le gusta lo que ve, ¿verdad, doctora? —La voz de Jonathan, suave como la seda, llegó desde las sombras de la oficina.
Me giré bruscamente. Él estaba sentado en un sillón de cuero, con una copa de líquido denso y rojo en la mano. Su mirada no mostraba asombro, solo una satisfacción depredadora.
—¡Tú los compraste! —Dije, con mi voz vibrando llena de odio. — Compraste a mis padres; me convertiste en una herramienta antes de ser concebida.
—¡Tus padres solo estaban desesperados, Lexa! —¡Querían una hija y gloria científica! — Yo les di ambas cosas. —Se puso de pie, caminando hacia mí con esa elegancia que ahora entendía como la de un cazador. —No eres una herramienta, eres una obra maestra, un puente entre nuestra inmortalidad y la vitalidad humana. —¡Dante es la fuerza, yo soy la visión, pero tú su salvación!
—¿Y qué pasa si me niego? —Lo desafié, dando un paso hacia atrás. — ¿Qué pasa si me saco toda la sangre y te dejo con un socio muerto y un proyecto fallido?
Jonathan sonrió en un sonido melódico y aterrador.
—¡No lo harás preciosa!, porque ya has empezado a sentirlo. La conexión que existe entre tú y Dante no es solo química, es instintiva. Tu sangre lo llama, pero su oscuridad te llama a ti. Estás diseñada para amarlo de la misma forma que un antídoto está diseñado para buscar el veneno. No puedes luchar contra lo que eres en cada célula de tu cuerpo.
Me quedé helada con esa información, pero lo peor era que tenía razón; a pesar del horror que sentía o la manipulación, el recuerdo de su aliento cerca de mi cuello me hacía desear volver al laboratorio.
—Mañana. —Continuó Jonathan, acercándose hasta que pude oler su perfume a sándalo. —Probaremos tu suero, pero cuando falle, ¡porque fallará!, tú misma le ofrecerás tu brazo. No porque yo te lo pida, sino porque no soportarás ver cómo se marchita.
Después de esas palabras, salió de la oficina, dejándome frente a la pantalla que detallaba mi propia creación. Regresé al laboratorio, pero no a descansar. Tomé la lanceta de nuevo. Si mi sangre era la clave, necesitaba saber hasta qué punto podía controlarla yo.
Miré hacia la ventana. La niebla se estaba disipando, revelando las luces de la ciudad abajo. Pensé en Cooper, en mi vida antes de este edificio, en que el único riesgo que tomaba era una curva a alta velocidad; pero ahora, la curva era mi propia existencia y no tenía frenos para detener este desastre.
Me preparé para la mañana. Aunque la guerra por mi alma ya se había perdido en un laboratorio antes de que yo naciera. Ahora solo quedaba ver quién se quedaría con los restos del experimento.
Tomé un vial de mi propia sangre purificada y lo escondí en el bolsillo de mi bata. La ciencia humana tendría su última oportunidad antes de que el hambre lo consumiera todo.