En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 6
No llevaba ni diez minutos en el pasillo del hospital cuando escuché pasos apresurados detrás de mí.
---¡Camila!
La voz de Marcelo retumbó en todo el corredor.
Me giré despacio.
Marcelo acababa de llegar. Tenía el cabello desordenado y la camisa mal abrochada, como si hubiera salido corriendo. Sus ojos se detuvieron primero en Camila, que seguía con restos de crema en el rostro y el vestido manchado por el pastel que yo le había obligado a tragarse.
Su expresión cambió de inmediato.
---¿Qué te hizo? ---preguntó\, acercándose a ella.
Camila se echó a llorar al instante.
---Marcelo... yo solo quería ver al niño... pero ella está loca.
Marcelo la abrazó por los hombros y luego me miró como si yo fuera la peor persona del mundo.
---Flora\, ¿qué demonios te pasa? ---me recriminó---. ¿Te has vuelto completamente insensible?
Lo observé sin pestañear.
---¿Insensible?
Mi risa salió fría.
---Tu amante intenta meter comida a la fuerza a mi hijo enfermo\, lo hace estornudar encima del pastel y todavía tiene el descaro de insultar a la niñera... ¿y la insensible soy yo?
Marcelo frunció el ceño.
---No exageres.
---¿Exagero?
Di un paso hacia él.
---¿Quieres que llamemos al personal del hospital y preguntemos quién está exagerando?
Camila tiró de la manga de Marcelo.
---Vámonos... no quiero problemas.
Pero Marcelo no se movió.
---Flora\, estás actuando como una desquiciada ---dijo con tono duro---. Benjamin está enfermo y tú provocas escándalos en el hospital.
Mis dedos se cerraron en puños.
---¿De verdad quieres hablar de Benjamin?
Se hizo un silencio pesado en el pasillo.
Lo miré directamente a los ojos.
---Perfecto. Entonces hablemos de dinero.
Marcelo frunció el ceño.
---¿Qué dinero?
---Un millón.
Lo dije con calma.
---Necesito un millón de pesos para el tratamiento de Benjamin.
Marcelo abrió los ojos con incredulidad.
---¿Estás loca?
---Tal vez ---respondí---\, pero el tratamiento de tu hijo no es gratis.
Camila me miró confundida.
Marcelo soltó una risa seca.
---No tengo ese dinero.
Lo observé unos segundos.
---Claro que lo tienes.
---No ---replicó---. Todo mi capital está invertido en la empresa.
Sentí un nudo de rabia en el pecho.
---¿Invertido?
Incliné la cabeza.
---Qué curioso. Justo cuando estamos por divorciarnos\, todo tu dinero desaparece.
Marcelo apretó los dientes.
---No digas tonterías.
---¿Tonterías?
Lo miré fijamente.
---¿Quieres que revisemos las cuentas conjuntas?
Él no respondió.
Eso fue suficiente.
---Sabía que lo habías hecho ---murmuré---. Transferencias\, sociedades fantasma\, cuentas nuevas... llevas meses moviendo el dinero.
Camila miró a Marcelo.
---¿De qué habla?
Marcelo la ignoró.
---Flora\, deja de hacer acusaciones ridículas.
---Ridículas...
Solté una carcajada corta.
---¿Sabes qué es ridículo\, Marcelo?
Di un paso más hacia él.
---Que sigas fingiendo que eres un hombre normal.
Sus ojos se oscurecieron.
---Cuidado con lo que dices.
---¿Por qué? ---lo desafié---. ¿Te da miedo que alguien descubra tu pequeño secreto?
Camila frunció el ceño.
---¿Qué secreto?
Marcelo se tensó.
---Flora\, cállate.
Lo miré con desprecio.
---¿Callarme?
Negué con la cabeza.
---No. Ya me cansé de cubrirte.
Luego miré directamente a Camila.
---Tú dime algo.
Ella parpadeó.
---¿Qué?
Sonreí con frialdad.
---¿Estás con él por dinero... o por su impotencia?
El silencio cayó como una bomba.
Camila se quedó helada.
---¿Qué...?
Marcelo dio un paso hacia mí.
---¡Flora!
---No me grites ---lo interrumpí---. Si no quieres que la gente lo sepa\, no me provoques.
Camila miraba a Marcelo, confundida.
---Marcelo... ¿de qué está hablando?
Nadie respondió.
Entonces algo cambió en su expresión.
---Espera...
Sus ojos se abrieron lentamente.
---Nosotros llevamos seis meses saliendo...
Marcelo tragó saliva.
---Camila...
---Y nunca... ---su voz tembló--- nunca hemos dormido juntos.
Yo levanté una ceja.
---Vaya. Pensé que al menos había inventado una excusa mejor.
Camila retrocedió un paso.
---Tú siempre decías que estabas cansado... o que tenías trabajo...
Marcelo intentó acercarse.
---Camila\, escucha---
Ella lo empujó.
---¿Es verdad?
Marcelo guardó silencio.
Eso fue suficiente.
Las lágrimas empezaron a correr por el rostro de Camila.
---¿Me estabas usando?
Nadie respondió.
Camila me miró, temblando.
---¿De verdad... no puede?
---No solo eso ---dije con calma---. También es estéril.
Marcelo perdió el control.
---¡BASTA!
Su voz resonó por todo el pasillo.
---¡Hay un niño aquí!
Señaló la habitación.
---¿Te parece apropiado decir estas cosas delante de él?
Lo miré sin emoción.
---No fui yo quien trajo a su amante al hospital.
Camila ya estaba llorando sin control.
---Eres un mentiroso... ---susurró.
Luego se dio media vuelta y salió corriendo por el pasillo.
---¡Camila!
Marcelo la siguió de inmediato.
Antes de irse, se giró hacia mí con furia.
---Esto no se queda así.
Luego desapareció tras ella.
El pasillo volvió a quedar en silencio.
Respiré hondo.
De pronto escuché una vocecita.
---Mamá...
Me giré.
Benjamin estaba en la puerta de la habitación, sosteniendo su peluche.
Me arrodillé frente a él.
---¿Te desperté?
Negó con la cabeza.
---No entendí lo que dijeron.
Le acaricié el cabello.
---No necesitas entenderlo.
Benjamin me miró con seriedad.
---¿Ese hombre es mi papá?
Guardé silencio un momento.
---Sí.
Él frunció la nariz.
---No me gusta.
No pude evitar sonreír un poco.
---A mí tampoco.
Benjamin me abrazó.
---Yo solo quiero a mamá.
Lo abracé fuerte.
---Yo también solo te quiero a ti.
A la mañana siguiente, el médico nos llamó a su despacho.
Sabía lo que iba a decir incluso antes de que hablara.
---Señora González ---dijo con tono serio---. Ya tenemos los resultados completos.
Apreté la mano de Benjamin.
---¿Y?
El médico suspiró.
---Es leucemia.
Las palabras cayeron pesadas.
Sentí que el mundo se quedaba en silencio.
Pero no lloré.
No podía.
---¿Qué tratamiento necesita? ---pregunté.
El médico me miró con respeto.
---Primero debemos iniciar quimioterapia.
Asentí.
---¿Cuánto cuesta?
El médico dudó un segundo.
---Para la primera etapa... necesitará alrededor de quinientos mil pesos.
Quinientos mil.
Respiré lentamente.
---Entiendo.
---También evaluaremos un posible trasplante de médula más adelante.
Asentí otra vez.
---Gracias\, doctor.
Salí del despacho con Benjamin.
Mi teléfono vibró en el bolsillo.
Era Sofía.
Contesté de inmediato.
---¿Flora?
---Sí.
---Tengo noticias.
Mi corazón latió más rápido.
---¿Sobre el abogado?
---Sí. Alejandro aceptó verte.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
---¿Cuándo?
---El lunes al mediodía en su despacho.
Asentí.
---Perfecto.
---¿Estás bien? ---preguntó Sofía.
Miré a Benjamin jugando con su peluche.
---No\, pero voy a estarlo.
Colgué.
Luego me senté en una silla del pasillo.
Quinientos mil.
Revisé mentalmente mis cuentas.
Mis ahorros... casi nada.
Mis padres se habían llevado la mayor parte hace tiempo.
Hace tres meses, mi padre Julio apareció con otra de sus ideas.
"Voy a abrir un restaurante", dijo.
Y yo le entregué doscientos mil pesos.
Todo lo que tenía en ese momento.
Porque siempre fui yo la que sostenía esa casa.
Las cuentas.
Las compras.
Los problemas.
Si no hubiera hecho trabajos freelance de programación por las noches, probablemente ahora estaría completamente arruinada.
Miré mis manos.
Quinientos mil.
No tenía esa cantidad.
Pero tenía algo más.
Bolsos.
Joyas.
Relojes.
Regalos caros de años de matrimonio que nunca usé demasiado.
Levanté la mirada.
Sí.
Podía venderlos.
Las tiendas de reventa de lujo pagaban bien.
Tal vez no conseguiría todo, pero sería un comienzo.
Cerré los ojos un segundo.
Primero el dinero.
Luego el divorcio.
Y después...
Salvar a mi hijo.