Magia, traición y un juramento silencioso marcan el inicio de una historia donde la inocencia se convierte en determinación. En un reino construido sobre mentiras, incluso las almas más puras pueden oscurecerse.
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Capítulo 6: El Peso de la Casa
El sol ya comenzaba a bajar cuando Asahi y Himari salieron de la academia.
Las calles del reino estaban teñidas de un dorado tenue, y el aire cargaba ese olor a pan viejo, polvo y humo de chimeneas que siempre acompañaba el regreso al barrio.
Pero esta vez…
Ninguno de los dos hablaba.
Asahi caminaba con las manos en los bolsillos, la mirada baja y el cuerpo tenso.
Himari lo seguía a su lado, más callada de lo habitual.
No era un silencio cómodo.
Era un silencio pesado.
El Regreso
Cuando finalmente doblaron la esquina y vieron su pequeña casa, ambos notaron algo raro de inmediato.
Sus padres ya estaban afuera.
Esperándolos.
Kenji estaba de pie con los brazos cruzados.
Aiko tenía las manos entrelazadas frente a ella, con el rostro preocupado.
No era una bienvenida normal.
Era la clase de postura que aparece cuando las noticias llegan antes que los hijos.
Asahi lo supo al instante.
Y algo dentro de él se endureció.
Sin decir nada…
Entró a la casa.
Sin saludar.
Sin mirar a nadie.
La puerta se cerró detrás de él con un golpe seco.
El silencio quedó suspendido en el aire.
Himari Habla
Himari se quedó inmóvil unos segundos.
Luego bajó la mirada.
Se sentó lentamente en el pequeño banco de madera frente a la entrada, con las manos sobre el regazo.
Parecía más joven así.
Más vulnerable.
Kenji la observó con seriedad.
—Explícanos.
La voz de su padre no era dura.
Pero sí firme.
Y eso hizo que Himari tragara saliva.
—Lo siento… —murmuró.
Aiko se arrodilló frente a ella.
—Himari, mírame.
Ella levantó los ojos apenas.
Había culpa ahí.
Y miedo.
—Él… me defendió de Sato —dijo al fin—. Y lo golpeó.
Kenji no habló.
Himari continuó, con la voz cada vez más pequeña.
—Lo golpeó muy fuerte…
Sus dedos se apretaron entre sí.
—Casi… casi lo deja muy mal.
No necesitó decir más.
El miedo estaba en cómo lo dijo.
En cómo le costaba respirar mientras hablaba.
Aiko se quedó quieta.
Kenji bajó la mirada por un instante.
Y entonces Himari dijo lo que de verdad le pesaba.
—La familia de Sato trabaja para el rey.
El aire pareció enfriarse.
—Y tengo miedo de que algo nos pase.
El Temor de los Pobres
Eso era lo cruel del reino.
No importaba quién tenía razón.
Importaba quién tenía poder.
Y ellos…
No lo tenían.
Kenji se sentó lentamente frente a su hija.
La miró con una mezcla de tristeza y cansancio.
—¿Sato te hizo algo? —preguntó.
Himari dudó.
Luego asintió muy levemente.
—Me trató como si yo… no valiera nada.
Aiko cerró los ojos por un segundo.
Eso le dolió más que cualquier otra cosa.
—Y Asahi lo vio —añadió Himari—. No pudo quedarse quieto.
Kenji dejó escapar un suspiro largo.
No estaba enojado.
Eso era lo peor.
Parecía un hombre que ya conocía demasiado bien cómo funcionaba el mundo.
—Ese chico… —murmuró— siempre ha sido así.
Aiko sonrió con tristeza.
—No soporta ver a alguien que ama siendo lastimado.
Dentro de la Casa
Dentro, Asahi estaba sentado en la oscuridad de su habitación.
No había encendido ninguna lámpara.
Solo estaba ahí.
Con los codos sobre las rodillas.
Mirando al suelo.
No quería ver a sus padres.
Porque si los veía…
Tendría que ver el miedo en sus ojos.
Y si veía eso…
No podría soportarlo.
Escuchó pasos suaves acercándose.
La puerta se abrió apenas.
Era Aiko.
Su madre no entró de inmediato.
Solo habló desde el umbral.
—¿Puedo pasar?
Asahi no respondió.
Ella entró de todos modos.
Se sentó a su lado.
No demasiado cerca.
Lo suficiente para acompañarlo.
No para invadirlo.
Pasaron varios segundos en silencio.
Hasta que él habló.
—No quería que me vieran así.
Aiko lo miró.
—¿Así cómo?
Asahi tragó saliva.
—Como alguien que puede traerles problemas.
Eso le rompió algo por dentro.
Porque esa frase no pertenecía a un chico de diecisiete años.
Pertenecía a alguien que ya estaba aprendiendo a cargar culpas que no le correspondían.
Aiko levantó la mano y apartó un mechón de cabello de su frente.
—Mírame, Asahi.
Él lo hizo.
Y ahí estaba.
No miedo.
No rechazo.
Solo amor.
—Nunca serás una carga para esta casa.
Los ojos de Asahi temblaron apenas.
—Pero sí un riesgo —murmuró.
Aiko no negó eso.
Porque mentirle habría sido inútil.
—Tal vez —admitió en voz baja—. Pero sigues siendo nuestro hijo.
Asahi bajó la mirada.
Y por primera vez en todo el día…
La rabia dejó espacio a algo peor.
Culpa.
La Noche Antes de la Sombra
Más tarde, cuando los cuatro cenaron juntos, el ambiente ya no era el mismo.
Seguía habiendo amor.
Pero ahora también había tensión.
Y debajo de la mesa, invisible para todos…
El miedo había tomado asiento con ellos.
Kenji habló poco.
Aiko intentó mantener la calma.
Himari no levantó mucho la vista.
Y Asahi…
Asahi entendió algo que nunca había sentido con tanta claridad.
El mundo no necesitaba destruir a una familia de golpe.
A veces bastaba con meter miedo en su casa.
Y eso…
Eso ya era una forma de violencia.