Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?
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Capítulo 4: Despertar
—Eso no es nada —respondió él. Su voz tenía una vibración profunda, como el eco de un trueno lejano—. ¿Se encuentra bien? ¿Se ha lastimado al caer?
—Solo es un raspón. Gracias, de verdad —dije, tratando de recuperar la compostura.
—¿Se dirige al aula de clase? —preguntó, sin dejar de escrutarme. Antes evitaba mi mirada, pero ahora me observaba con una intensidad que quemaba, como si estuviera memorizando cada poro de mi piel.
—Sí, tengo clase de Estética ahora.
—La acompaño —sentenció. No era una sugerencia, sino un mandato envuelto en cortesía.
—No hace falta, no se preocupe, puedo llegar sola...
—Insisto —cortó él, dando un paso hacia mí.
Caminamos por los pasillos de techos altos y suelos de mármol en un silencio asfixiante. Su presencia se sentía "pesada", como si el aire a su alrededor tuviera más densidad que el resto. Me sentía pequeña a su lado, pero extrañamente protegida, una contradicción que me inquietaba. Al entrar al aula, nos sentamos en la última fila. Él permaneció allí, inmóvil, hasta que Leslie entró por la puerta principal, escaneando la sala con su energía habitual.
En cuanto Leslie nos localizó, Dagmar se puso de pie. No dijo adiós, no hizo un gesto de despedida; simplemente se marchó, desapareciendo por el pasillo antes de que mi amiga llegara a nuestra mesa.
—¿Qué le pasa a ese? —preguntó Leslie, dejándose caer en el asiento todavía caliente que Dagmar había dejado—. Es extraño, aunque hay que admitirlo: es extremadamente atractivo. Rose, ¿acaso tienes un acosador sexy y no me lo habías dicho?
—No digas tonterías, Leslie —susurré, abriendo mi cuaderno para ocultar mi nerviosismo.
—Hablo en serio. Llevo viviendo aquí toda la vida, conozco a media ciudad y jamás había visto a ese hombre. Debe ser nuevo, pero se mueve como si fuera el dueño del lugar.
—No lo conozco de nada. Hoy simplemente me ayudó; alguien intentó robarme el bolso fuera de la facultad y él lo recuperó.
—¿Un robo? —Leslie arqueó una ceja—. Eso sí que es una novedad. En este campus nunca ocurre nada, es la zona más segura de Vancouver.
—Bueno, siempre hay una primera vez —respondí, aunque sus palabras plantaron una semilla de duda en mi mente.
—Claro —se burló Leslie con una sonrisa pícara
—. Y justo "él" estaba allí para salvarte. No va a estar cerca si te está acechando, amiga. Por lo menos es un misterioso caballero de traje antiguo.
Traté de concentrarme en la lección sobre el Romanticismo alemán, pero las palabras de Leslie daban vueltas en mi cabeza. ¿Era posible? ¿Dagmar estaba allí por coincidencia o me seguía?
Al terminar las clases, me dirigí al café por inercia. Durante las dos primeras horas, traté de convencerme de que todo era producto de mi imaginación. Pero, como si lo hubiera invocado con mis miedos, una hora antes de terminar mi turno, la campana de la puerta sonó.
Allí estaba él. Se sentó en la misma mesa de siempre y pidió lo mismo de siempre: agua. Esta vez, una de mis compañeras lo atendió. Desde la barra, podía sentir su mirada siguiéndome como un faro, constante y pesada. Cada vez que pasaba cerca de su mesa para limpiar otras superficies, el vello de mis brazos se erizaba.
Cuando finalmente marqué mi salida y me quité el uniforme, me apresuré a salir. Pero antes de cruzar la puerta, escuché mi nombre.
—Rose.
Me detuve en seco. Era la primera vez que pronunciaba mi nombre. Sonaba distinto en sus labios, como una palabra sagrada o una melodía muy antigua. Me giré lentamente.
—Hola —dije, tratando de mantener la distancia.
—¿Terminó su turno? —preguntó, poniéndose de pie con esa elegancia innata que me recordaba a los cuadros de los salones victorianos.
—Sí. Aunque... —hice una pausa, reuniendo valor—, aunque eso ya parecía saberlo usted. Ciertamente, lo que dijo mi amiga parece verdad. En la última semana, usted está donde yo estoy. En el café, en mi facultad, incluso en el momento exacto de un robo. ¿Me está siguiendo, Dagmar?
Él no se inmutó ante la acusación directa. Sus ojos plateados se suavizaron apenas un milímetro.
—No se podría decir eso—. ¿Puedo acompañarla a su hogar?
—No lo creo —dije con firmeza, aunque mi corazón gritaba lo contrario—. Prefiero ir sola.
—Comprendo —asintió él, haciendo una leve inclinación de cabeza—. Feliz tarde, Rose.
Caminé hacia casa a paso rápido, cruzando el parque Stanley mientras la niebla de la tarde empezaba a bajar de las montañas. A pesar de que no veía a nadie, la sensación de ser observada era insoportable. Sentía pasos que se detenían cuando yo me detenía, y sombras que se alargaban más de lo normal bajo las farolas. Mi paranoia estaba llegando a un punto crítico.
Al llegar a casa, el ritual de siempre me esperaba. Mis tías estaban sentadas en el salón, fingiendo leer mientras esperaban mi entrada.
—¿Cómo te fue hoy, mi niña? —preguntó Clarisa con una sonrisa que me pareció forzada—. ¿Conociste a alguien nuevo? ¿Hubo algo diferente en tu día?
Egle me observaba por encima de sus gafas, analizando mi expresión. Sabía que si mencionaba el intento de robo o al misterioso hombre que parecía ser mi sombra, entrarían en pánico. Su cautela siempre había sido extrema; un incidente así sería la excusa perfecta para hacer las maletas y mudarnos a otra ciudad, o a otro país.
—Todo normal, tías —mentí, sintiendo el peso de la culpa—. Solo muchas lecturas de filosofía. Estoy agotada, creo que me iré directo a la cama.
Me despedí con un beso rápido y subí las escaleras. No cené. Me encerré en mi habitación y cerré la puerta con llave, algo que rara vez hacía. Me desplomé en la cama y el sueño, oscuro y voraz, no tardó en atraparme.
Esta vez no era un bosque. Era un campo de batalla. El olor a sangre y ceniza era insoportable. Yo estaba en el suelo, herida, y él estaba arrodillado a mi lado, gritando al cielo mientras una luz oscura emanaba de sus manos. Intentaba retenerme, intentaba evitar que mi vida se escapara, pero una sombra negra se interponía entre nosotros.
—¡Rose! ¡No me dejes otra vez! —el grito de Dagmar rompió el silencio del sueño.
Desperté gritando, con los pulmones ardiendo y las sábanas enredadas en mis piernas como cadenas. La puerta de mi habitación se abrió de golpe y la tía Clarisa entró corriendo, con el rostro pálido y los ojos llenos de un terror que ya no podía ocultar.
—¡Rose! ¡Tranquila, aquí estoy! —me abrazó con fuerza, mientras yo sollozaba sin entender por qué me dolía tanto el pecho.
—Tía... él estaba allí —logré decir entre hipos—. Estaba tratando de salvarme, pero algo... algo siempre nos separa. ¿Por qué sueño esto? ¿Quién es él?
Clarisa me acunó, pero por encima de mi hombro, vi a la tía Egle de pie en el umbral de la puerta. No se acercó. Tenía las manos entrelazadas y susurró algo que solo yo, en el silencio de la noche, alcancé a distinguir:
—Ha comenzado. Él la ha encontrado.